LA
ÚLTIMA VISITA
En la madrugada
siempre recordaba su exagerada y sensual silueta era una extasiante droga que
me ensimismaba en el abismo de mis peores pecados, en la decadencia de mi
pensamiento, todas las noches la imaginaba escurriéndose en mis manos llenas de
pasión, incitándome a ser perfecto, a ser pueril bajo su amplia experiencia, es
que bajo esa infernal luz roja se
acentuaban sus descomunales senos, sus infinitas piernas, me fascinaba su
compañía, aunque fuera la única que
tenia, mi espantoso aspecto no la alejaba, no la estremecía, solo se encantaba
con cada una de mis preciosas monedas, así es como yo sabía que me amaba, que
me deseaba, veía mi reflejo en el oro que la adornaba, esa sedosa y lasciva
piel, siempre mostrándome un gesto halagador, encantador aunque siempre era el
mismo, su rostro nunca se inmutaba, era una ninfa de pocas, casi ninguna
palabra, me bastaba la melodía de sus alaridos cada vez que se perdía en mis
sórdidas fantasías, pero siempre me preguntaba ¿entre cuantos tengo que dividir
a su escultura?, la cantidad de labios invadiendo su cuerpo debía ser infinita,
incontable, al menos en las noches llenas de ginebra aquellas que su cabeza no
contaba, aquellas no impregnadas en ese desordenado diario, detestable olores
perfumando su perfecto cuerpo, no sabía cómo sacarme de la cabeza tanta
impotencia.
Quien más para
entender la miseria de mi existencia que aquella vulgar mujer de sonrisa simulada
pero encantadora, como me gustaba observarla, solamente poder hacerlo yo,
desnudarla con mi mente y hacerlo realidad con mis manos temblorosas, violentas
pero apasionadas, cada noche era igual, vivía como la última de una enorme
lista de madrugadas recitadas en el erótico y enfermo pensamiento que me invadía,
sin pensarlo un segundo más me había enamorado de aquella puta engalanada de
placer, mi sentimiento era puro, envolvente se había transformado en locura, en
un cuadro inmortalizado de sentimientos, porque así vivía solo para sentir todo
por ella, ya no me bastaba con su cuerpo, anhelaba capturar su alma, encerrarla
en mi enferma mirada tenerla cerca de mí y dentro de mi toda la vida, ser su
vida.
Ella
empezó a entretenerse con mi cordura, me evitaba, yo sabía que lo hacía por excitarme,
que no podía imaginarse en su lecho sin mi amor, sin mis sádicas caricias, en el
fondo era tan enferma como mis sueños comunes, pero incluso aquel circulo de
jugarretas me empezó a inquietar.
En
medio de la noche recogí todas mis fotografías junta a su lacerado cuerpo, bebí
el más solemne de mis licores, al fin había despertado de aquella seductora
pesadilla, no era correcto continuar viviendo en la decadencia, debía actuar
contra el caprichoso laberinto de la vida, no iba a permitir que siguiera burlándose
de nuestro amor, entonces decidí entrar a aquel burdel, entre los escandalosos
vestidos, las estridentes luces y los patéticos clientes de aquella madrugada, me perdí entre la niebla de su tabaco, al fin la encontraba, con esa dulce e
insinuosa expresión, tal como la recordaba, prefería inmortalizar su rostro en
mi mente así quería guardarla para siempre, con el sudor recorriendo mi frente,
con la palidez de mi espantoso rostro decidí mirarla a los ojos por primera
vez, no me había equivocado la amaba y con la mano temerosa tome un respiro y
hale del gatillo.


