Estrenando nuevo cuchitril !!!

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domingo, 13 de febrero de 2011

LUZ DEL DOMINGO II

Quiénes fueron en realidad los cuatro evangelistas
y cuándo y cómo compusieron sus textos inspirados


Casi la mitad de los textos que conforman el Nuevo Testamento (el 44%) corresponden a los cuatro Evangelios canónicos — Mateo, Marcos, Lucas y Juan — que, básicamente, se ocupan de narrar la biografía, hechos y dichos de Jesús. Las contradicciones que existen entre ellos, incluso para reseñar algunos aspectos fundamentales de la vida de Jesús o de sus enseñanzas, llegan a ser tan notables, profundas y evidentes que sus traductores católicos no pueden menos que culpar a la «tradición oral» de «las diferencias muy frecuentes que se notan, sea en las modificaciones del plan general, sea en la agrupación de los sucesos o discursos, sea, finalmente, en el modo de componer la narración de cada relato. Mas por encima de todo esto se cierne la inteligencia de los autores sagrados, a quienes el Espíritu Santo inspiraba y guiaba en la ejecución de su obra, conforme a las miras especiales de cada uno y guardando su propio temperamento psicológico. De aquí resulta una variedad notable junto a una más que notable unidad, de cuya armonía proviene la admirable belleza de los evangelios».

Sin cuestionar la belleza de los evangelios, que es obvia para cualquier lector culto, ya sea éste creyente o ateo, católico o budista, no puede menos que señalarse como una majadería monumental el pretender atribuir al «temperamento psicológico» de los evangelistas el que, como veremos en su momento, éstos aporten visiones totalmente dispares acerca de cuestiones tan fundamentales como son la virginidad o no de María, los aspectos clave del nacimiento de Jesús, la consustancialidad o no de Jesús con Dios, la resurrección física o no de Jesús, el entorno de sus apariciones y la posibilidad o no de su ascensión subsiguiente y un largo etcétera.


El Evangelio de Mateo encabeza el canon del Nuevo Testamento católico y desde principios del siglo II se tiene a este apóstol por su autor. Leví, hijo de Alfeo, era un judío que trabajaba como recaudador de impuestos para el gobierno y al convertirse en enviado o apóstol pasó a llamarse Mateo. Es muy probable que fuese hermano de Santiago «el de Alfeo», también apóstol. La Iglesia católica defiende que la composición del texto tuvo lugar en la década del 50 al 60 d.C. o, como máximo, en una fecha cercana al año 70 d.C. pero la mayoría de expertos independientes sitúan su escritura hacia el 75-80 d.C. En el texto aparecen algunos datos que son de fecha relativamente tardía, tales como las referencias a la destrucción de Jerusalén en el año 70 d.C., al papel de la Iglesia y  de la disciplina eclesiástica y al retraso del Segundo Advenimiento y a los testimonios de persecución de las autoridades romanas.        
                                                       
De acuerdo a las fuentes tradicionales, las actividades proselitistas de los apóstoles se desarrollaron durante el reinado del emperador Claudio (41-54 d.C.) y desde su inicio los misioneros iban provistos de dos breves documentos, redactados en hebreo, que se atribuyen a Mateo. Uno consistía en una recopilación de pasajes del Antiguo Testamento a los que, según se pretendía, Jesús había dado cumplimiento y se dividía en cinco secciones, como el pentateuco de Moisés; el otro documento era una especie de antología de las enseñanzas de Jesús. El Evangelio de Mateo, tal como lo conocemos hoy, era llamado así porque, además del Evangelio de Marcos, utilizaba estas dos fuentes citadas y se dividía también en cinco libros con un prólogo y un epílogo. El Sermón de la Montaña refleja en buena parte el documento original que refería las enseñanzas de Jesús.

El origen más probable del Evangelio de Mateo, en su redacción actual, se remonta hacia el año 90 d.C. en Egipto, donde existía una numerosa población judía —especialmente en Alejandría— que desarrolló una importante cultura helénico-judía de lengua griega cuyo máximo exponente fue el filósofo y exégeta Filón de Alejandría (c. 20 a.C.-50 d.C.).

Mateo es «una curiosa mezcla de materiales y puntos de vista tanto judíos como no judíos. Su estilo literario varía, por supuesto, con relación a las fuentes utilizadas. Pero el tono marcadamente hebraico de muchos pasajes puede resultar engañoso; se requiere un examen muy atento del texto para determinar que el autor propiamente dicho de la obra que conocemos no era judío. Tampoco fue un mero compilador, sino que dejó su impronta personal en el libro, especialmente en la forma de tratar el material de Marcos y destacar los elementos milagrosos. En ocasiones duplica el número de personas curadas, por ejemplo" mencionando a dos endemoniados gadarenos y a dos ciegos de Jericó. También habla de dos asnos utilizados por Jesús para entrar en Jerusalén, por no entender el paralelismo poético del idioma hebreo»


El llamado Evangelio de Marcos fue escrito en realidad por un tal Juan de Jerusalén, de nombre latino Marcus (mencionado en Hechos 12,12, en I Pedro 5,13, etc). Fue ayudante de Pablo y Bernabé, a los que acompañó en su primera gira de predicación, pero, a causa de una disputa con Pablo (de quien no gustó que hablara del mesianismo de Jesús ante el pagano Sergio Paulo, gobernador de Chipre), posteriormente pasó a viajar con Pedro —que le llamaba «mi hijo» (I Pe 5,13)—, del que se convirtió en su intérprete de griego. El texto muy probablemente se conformó en Italia, lugar que pasa por ser el último campo misional de Pedro antes de su muerte. Según asegura la tradición eclesiástica, Marcos, tras el martirio de Pedro (¿en el año 64-65 d.C.?, o en el 67 d.C. según la cronología oficial católica), se fue a evangelizar en Egipto. El Evangelio actual debió escribirse entre los años 75-80 d.C.

Según relata Papías, obispo de Hierápolis, a principios del siglo II, Marcos «intérprete de Pedro, puso por escrito cuantas cosas recordaba de lo que Cristo había dicho y hecho, con exactitud, pero no con orden. No es que él hubiera oído al Señor..., pero siguió a Pedro, el cual hacía sus instrucciones según las necesidades de los oyentes; pero no narraba ordenadamente los discursos del Señor... De una cosa tenía cuidado: de no omitir nada de lo que había oído o de no fingir cosa falsa».

La gran importancia histórica de este Evangelio, el segundo dentro del canon católico, radica en el hecho de ser el documento más antiguo —de los canónicos— de cuantos refieren la vida y obras de Jesús, aunque, en cualquier caso, no debe olvidarse que su final fue cortado después de Mc 16,8 (se ignora cuánto texto falta y cuál era su contenido) y un copista posterior añadió el fragmento que relata la aparición de Jesús a María Magdalena y a los discípulos y el llamado «fin del Evangelio» (Mc 16,9-20); el añadido parece basarse en datos que figuran en Mateo y en los Hechos de Lucas.

Lucas o Lucano, el autor del tercer evangelio canónico y de los Hechos de los Apóstoles, nació en Alejandría y fue compañero inseparable de Pablo en sus tareas de apostolado. Pablo lo identifica como «colaborador» (Flm 24) y «médico amado» (Col 4,14). San Ireneo señala en uno de sus textos que «Lucas, compañero de Pablo, escribió en un libro lo que éste predicaba», pero aspectos del contenido del texto —referidos, por ejemplo, a los conflictos previos a la caída de Jerusalén (70 d.C.) y a las persecuciones de los cristianos o los datos claramente extraídos de textos como Contra Apión, del historiador judío Flavio Josefo— parecen sugerir claramente que Lucas no compuso su Evangelio hasta finales del siglo I d.C. —la Iglesia católica, en cambio, sostiene que fue alrededor del año 60 d.C. y que los Hechos fueron escritos entre el 61-63 d.C.—. Defender la redacción tardía de este texto tiene mayor sentido en la medida que, en esos días, los cristianos precisaban un documento como este Evangelio para ganarse la confianza del Gobierno romano, que les había perseguido implacablemente bajo el mandato del emperador Domiciano (81-96 d.C).

En época tan conflictiva, el Evangelio de Lucas procuró dar la imagen menos desfavorable posible de los perseguidores romanos, intentó suavizar los choques crecientes que se daban entre bandos ya escasamente reconciliables —judeo-cristianos y grecocristianos, seguidores de Jesús y de Juan Bautista, o discípulos de Pablo y de Pedro— e intentó frenar el estallido de sectarismo cristiano que se produjo tras la caída de Jerusalén cuando no se materializó el esperado e inminente Segundo Advenimiento del mesías Jesús.

Lucas, tanto en el Evangelio como en los Hechos, que son su segunda parte, abordó la historia de los orígenes del cristianismo, pero lo hizo con una suerte muy dispar. Gracias a su atenta lectura de las obras del historiador Flavio Josefo, Lucas pudo importar buena parte de los datos fundamentales que le serían necesarios para ambientar el contexto histórico en el que apareció y se desarrolló el cristianismo pero Lucas se vio obligado a recurrir al Antiguo Testamento en busca de ayuda. Le sirvieron, a todas luces, los relatos del nacimiento de Sansón y de Samuel (en el texto griego de los Setenta), y aun la autobiografía de Josefo, a propósito de un incidente de la infancia.

»Lucas estaba enteramente dispuesto a apropiarse de cualquier dato que pudiera contribuir al logro de su objetivo, lo que en su época no se consideraba en modo alguno censurable. Así, puesto que se esperaba que el Mesías vendría de Belén a Judea, Lucas tenía que mostrar que Jesús había nacido allí, aunque el hogar de sus padres se encontrara en Galilea. O no conoció o pasó por alto el relato de Mateo.

Se las ingenió, por ejemplo, para sacar partido del primer censo romano de Judea, referido por Josefo y tan aborrecido por los judíos, haciendo viajar a José con su esposa embarazada desde Galilea hasta Belén, la ciudad de David, a fin de efectuar la inscripción. Poco le importó a Lucas que este censo hubiera tenido realmente lugar en el 6-7 d.C. y no durante el reinado de Herodes, muerto en el año 4 a.C. En esencia, lo que Lucas trata de comunicar es ante todo un sentido de realismo, la convicción de que los misterios que son parte integrante del patrimonio cristiano no pertenecen al ámbito de la fábula. Su segundo propósito es el de reconciliar entre sí elementos dispares y conflictivos. Un caso típico a este respecto es su singular
presentación de la madre de Jesús y la de Juan el Bautista como primas, de modo que sus respectivos hijos estén emparentados y tengan casi la misma edad».   
                                                                            
Con tal de lograr su propósito narrativo, Lucas introdujo con frecuencia fragmentos sobre hechos y dichos de Jesús fuera de su contexto original. Compárese, por ejemplo, Lc 10,25-29 con Mt 22,34-40 y Mc 12,28-34; en los tres pasajes se le pregunta a Jesús acerca de cuál es el mayor o primer precepto, pero mientras Mateo y Marcos ponen la cuestión en boca de un fariseo y un escriba, respectivamente, en un momento en el que Jesús ya está ejerciendo su ministerio en Jerusalén, Lucas, por el contrario, se la atribuye a un doctor de la Ley, ¡mientras Jesús aún va de camino hacia Jerusalén! Otra estrategia, pero para el mismo fin, se evidencia cuando el evangelista introdujo una larga parrafada de material doctrinal entre Lc 11 y Lc 18 que interrumpe el estilo de su propia narración, pero que había que meter a cualquier precio aunque ése no fuese un lugar adecuado para ello.

Mientras cuenta el viaje de Jesús hacia Jerusalén, Lucas situó primero a Jesús en Betania, pueblo vecino de Jerusalén (Lc 10,39), luego le hizo recorrer «ciudades y aldeas, enseñando y siguiendo su camino hacia Jerusalén» (Lc 13,22), a continuación le alejó de su destino ya alcanzado para situarlo en los dominios de Herodes Antipas, en Maqueronte, a muchos kilómetros al este de Jerusalén y más al sur (Lc 13,31-33)...; poco después le hizo desandar a Jesús lo mucho andado al afirmar «Yendo hacia Jerusalén atravesaba por entre Samaría y la Galilea...» (Lc 17,11-12), es decir, se le hizo volver una enorme distancia hacia el norte, en dirección contraria a Jerusalén —donde ya estaba— con tal de poder narrar la curación de un leproso (Lc 17,11-19) que Marcos, la fuente de la que copió, había situado en Galilea (Mc 1,40-42); con una breve mirada a un mapa de la época (lo hay en cualquier Biblia) puede comprobarse cuán disparatada es la narración de Lucas.          
                                                                     
En Lc 19,41-44 («El llanto sobre Jerusalén») se le atribuye a Jesús una profecía que fue narrada según lo ya descrito por el historiador Flavio Josefo tras la caída de Jerusalén (recordemos que este evangelio se escribió mucho después de este hecho). Al describir el juicio de Jesús ante Pilato, presentó a este último como un pusilánime que desconocía la propia ley romana de la que era garante (Lc 23,3-4) —el delito de declararse «rey de los judíos», del que el mismo Jesús se había hecho convicto, era de alta traición contra el César y se castigaba con la pena capital—, lo cual no sólo era absurdo sino absolutamente imposible en un representante imperial. No debe pasar desapercibido, tampoco, que la descripción de Lucas acerca de la aparición y ascensión de Jesús (Lc 24,36-53) es muy similar al ya existente mito romano sobre la aparición y ascensión de Rómulo tras su muerte (recogido por Plutarco en sus Vidas paralelas).      
    
En fin, tal como acreditan decenas de aspectos similares a los citados, en este Evangelio es evidente que la inspiración divina se había tomado unas merecidas vacaciones después de ver cómo la ciudad santa de su pueblo elegido había sido arrasada por los romanos.

En los Hechos de los Apóstoles Lucas describió la organización y el desarrollo de la Iglesia primitiva en Jerusalén y continuó con su estrategia de disimular los graves conflictos que enfrentaban a los cristianos judíos y no judíos. El texto no habla de todos los apóstoles ya que le cedió casi todo el protagonismo de su narración a Pablo y, de los doce, sólo Pedro adquiere alguna relevancia. Hechos es un documento de cristianismo paulino o «normativo» que resulta muy parcial ya que sólo defiende las posturas de Pablo, satanizando a todos cuantos se le enfrentan, incluido Santiago «el hermano del Señor».

A pesar de las grandes lagunas históricas que el texto cultiva expresamente y del empeño en difuminar las creencias mesiánicas de los seguidores judíos de Jesús, el escrito muestra de forma palmaria el hecho de que el cristianismo, en sus inicios, no fue ninguna nueva religión sino un movimiento o secta judaica mesiánica encabezada por Jacobo (Santiago), el hermano de Jesús que fue ejecutado por Anano hacia el año 62 d.C., una realidad que se ha visto plenamente demostrada en uno de los descubrimientos arqueológicos más importantes de la historia: el de los llamados Manuscritos de Qumran, una colección de textos de la comunidad esenia encontrados en 1947 en una cueva cercana al mar Muerto. Sobre estos manuscritos esenios, que describen la organización y creencias de las primeras comunidades cristianas y, especialmente, sobre el contenido paulino de los Hechos, volveremos más adelante.

El Evangelio de Juan, el cuarto de los canónicos, es, quizás, el texto más entrañable y querido por los creyentes católicos debido al fuerte contenido emocional con que impregna todo lo referente a Jesús. La tradición atribuye su redacción al apóstol Juan, el hijo de Zebedeo, al que se identifica con «el amado de Jesús» que en la última cena «estaba recostado en el seno de Jesús» (Jn 13,23), pero los análisis de contenido y estructura de los textos joánicos, realizados por expertos independientes, han descartado tal autoría.

A juicio de cualquier profano en la materia, resulta imposible que un pescador de carácter violento e inculto como era el apóstol Juan pueda escribir unos textos tan brillantes e intelectuales como los joánicos (por mucha inspiración divina que se le quiera adjudicar).

«Gran parte del Evangelio consta de discursos de Jesús. Cuando éstos se prologan, aparecen tratados al modo griego, es decir, con preguntas o comentarios intercalados por los oyentes (en el presente caso los judíos o los discípulos), que llevan así adelante el discurso. Si se comparan estas "charlas" y otros dichos de Jesús con su manera de expresarse en los demás Evangelios, es obvio que no está hablando el mismo hombre.         
                                                             
»El Jesús de los Evangelios sinópticos (Mateo, Marcos y Lucas) habla a la manera judía, en cuanto a temas y construcción, como puede notarse en el Sermón de la Montaña. El Jesús del Evangelio de Juan, en cambio, emplea la más de las veces un lenguaje totalmente distinto, el de un no judío, y a menudo un estilo pretenciosamente extranjero. Al referirse a la Ley dada a Moisés, dice "vuestra Ley", en lugar de "nuestra Ley", y declara: "Todos los que vinieron antes de mí fueron ladrones y salteadores." Incluso alude a Dios identificándolo consigo mismo, al decir "Yo y mi Padre somos uno."      
                                   
»Es evidente que todo ese material relativo a Jesús fue compuesto por un griego cristiano, y, si comparamos el lenguaje y estilo, hay buenas razones para estimar que a él se debe también la redacción de la Primera Carta de Juan (Juan el Anciano). Este Juan aún vivía hacia el año 140 d.C., en la región de Asia Menor, y Papías de Hierápolis lo menciona como a alguien capacitado para relatar cosas dichas y hechas por Jesús. Esta fecha es claramente demasiado tardía para que siguiera en vida cualquier discípulo inmediato de Jesús. ¿A qué reminiscencias, pues, tuvo acceso este Juan?        
      
»La respuesta es que un discípulo directo de Jesús, como sabemos, estuvo viviendo en Éfeso hasta principios del siglo II, y allí Juan el Anciano pudo haberse encontrado con él. Este discípulo se llamaba también Juan. En su Historia eclesiástica, Eusebio comenta que en Éfeso se hallaban las tumbas de los dos Juanes.
La información le venía de una carta escrita por Polícrates, obispo de Éfeso, a Víctor de Roma. Polícrates hacía esta importante declaración: "Por lo demás, Juan, que descansó en el seno de nuestro Señor y fue sacerdote, llevando la insignia sacerdotal, testigo y maestro, reposa también en Éfeso."

»El "discípulo querido" se revela así como sacerdote judío, lo cual es coherente con lo que se dice en el cuarto Evangelio, donde deja entrever su oficio sacerdotal en los recuerdos que forman parte del texto. Sus referencias al ritual judío y al culto del templo son exactas, como también cuando habla de los sacerdotes que no entran en el pretorio de Pilato para evitar la impureza. Él mismo no penetrará en el sepulcro donde Jesús había sido depositado hasta que sepa que no hay ya allí ningún cadáver. Pertenecía a una distinguida familia sacerdotal judía y lo conocía personalmente el sumo pontífice. Poseía una casa en Jerusalén, y después de la crucifixión hospedó en ella a la madre de Jesús. Naturalmente conoce bien la topografía de Jerusalén, y asimismo introduce y explica palabras arameas. Hay que deducir que la casa de Juan el Sacerdote, con su amplia estancia superior, sirvió de escenario a la Cena Pascual o "Última Cena", donde el "discípulo querido", como dueño de la casa, ocupó el puesto de honor junto al de Jesús y pudo así apoyarse en el pecho del Mesías, como relata el Evangelio. Asistieron, pues, a la Cena, catorce personas.

»La tradición refiere que el "discípulo querido" vivió posteriormente en Éfeso hasta una edad muy avanzada (Cfr. Jn 21,22-23), y allí lo persuadieron a que dictara sus memorias acerca de Jesús. Éstas parecen haber pasado a constituir el cuarto Evangelio, jalonadas por una serie de indicaciones para establecer que Jesús es el Mesías (...) Tenemos así la prueba de que el Evangelio de Juan, tal como lo conocemos, es un documento de composición heterogénea. Su base son las memorias de Juan el Sacerdote, quien aparece inicialmente como discípulo de Juan el Bautista, lo que lo vincula con los esenios. El que Juan el Sacerdote fuera un estudiante provecto de mística judía ayuda a explicar el atractivo de su obra     * para "el Anciano" griego. El Evangelio encierra en sus partes narrativas muchos elementos característicos del autor de la Revelación, mientras ésta, en sus Mensajes a las Siete Comunidades y otros lugares, contiene mucho material típico del autor de la mayoría del texto del presente Evangelio.* Si leemos atentamente el texto del Evangelio —que fue compuesto muy tardíamente, hacia finales de la primera década del siglo II—, vemos que, efectivamente, tanto en Jn 19,35 como en Jn 21,24, el redactor del texto, el griego Juan el Anciano, se diferencia claramente a sí mismo de la persona que es la fuente de su historia y testigo de los hechos anotados, eso es el judío Juan el Sacerdote. Más tarde, en I Jn 1,1, por ejemplo, la personalidad del redactor pretende amalgamarse a la del relator bajo el subterfugio de emplear el primero una narración en primera persona del plural, pero eso no evita el poder distinguir entre uno y otro.

En lo tocante al Apocalipsis o Revelación (que éste es su significado), cabe destacar que es un libro que pertenece a un género específico de escritos judíos, denominados apocalípticos, que aparecieron con fuerza hacia el 160 a.C. y se caracterizan por lo florido de sus visiones y de la simbología empleada en las narraciones. Los místicos judíos se inspiraron en la simbología babilónica y persa para concretar sus visiones, pero ampliaron y adaptaron esos símbolos para poder emplearlos en su peculiar contexto monoteísta y mesiánico. Este tipo de literatura era empleada con frecuencia para dar fuerza dramática a hechos ya acaecidos o en curso y para arropar el lenguaje profético sobre sucesos aún por venir.

«La. Revelación (o Apocalipsis) de Jesucristo es un modelo tan excelente de la literatura en cuestión que su autor sólo puede haber sido un especialista , familiarizado además íntimamente con el templo y sus misterios y versado en la interpretación escatológica del Cántico de Moisés (Dt 32). Dicho autor piensa en hebreo, y los sonidos de ciertas palabras hebreas entran en sus visiones. El griego en que escribe no es muy literario. Si el nombre de Juan, con el que el libro designa al vidente y narrador, no es un seudónimo, puede muy bien atribuirse a Juan el Sacerdote, el "discípulo querido" de Jesús (...) discípulo del predicador profético de los Últimos Tiempos, Juan el Bautista, lo que hace ya muy probable su asociación con los grupos místico-proféticos judíos, como el de los esenios. El cuarto Evangelio sugiere también que pertenecía a una familia sacerdotal, (...) es ciertamente poco verosímil que alguien que no fuera sacerdote supiese tanto de todo lo relativo al templo de Jerusalén como el autor de la Revelación.»
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