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domingo, 18 de noviembre de 2012

LUZ DEL DOMINGO LXXV

QUIEN FUE EN VERDAD JOSEPH SMITH

Joseph Smith como lo indiqué en la entrada anterior él fue prácticamente quien escribió el Libro de Mormón, ahora veamos quien fue este santo personaje.


Joseph Smith nació el 23 de diciembre de 1805, en Sharon, Vermont, Estados Unidos de América.
El padre de Joseph no tuvo éxito como agricultor en el estado de Vermont, trasladándose la familia a Palmyra, Nueva York en 1815, donde tampoco prosperaron los Smith. El Sr. Smith, padre, creía en la brujería dedicándose a la venta de adivinanzas o bendiciones. La Sra. Smith creía en visiones, apariciones y sueños (Información tomada de La nueva enciclopedia religiosa Schaff - Herzog, Tomo VIII, Páginas 9-19, edición de 1959. En adelante esta fuente se identifica por las siglas “SH”).

Al joven Joseph le gustaba buscar dineros y otros tesoros escondidos. Al intentar estafar a algunos ciudadanos mediante el uso de una “piedra adivinadora” la corte local le halló culpable de ser “una persona desordenada y un impostor”.

Joseph se casó en el año 1827.

Teniendo solo veintidós años de edad, este adulto joven atrevido anunció en el año 1827 que un ángel cuyo nombre era, según él, “Moroni”, le había aparecido en una visión informándole dónde encontrar tablas de oro inscritas en hieroglíficos “egipcios reformados”, juntamente con dos piedras cristalinas “Urim y Tumim” que harían factible descifrar el mensaje en las tablas. Smith inicia la traducción de las tablas aquel mismo año, sentado él detrás de una cortina, con su joven esposa Emma en el otro lado, haciendo el papel de secretaria que transcribía la traducción oral. Así, continuaron por dos años, tomando turnos con Emma otras tres copistas. En marzo del año 1830 se publicó la traducción completa bajo el título“El Libro de Mormón".

Mediante declaraciones juradas, copias de las cuales aparecieron en el Libro de Mormón, tres varones, Oliverio Cowdery, David Whitmer y Martín Harris, testificaron haber visto con sus propios ojos aquellas tablas de oro. Años después, los tres abandonaron a Smith, confesando haber cometido perjurio, pues, según ellos, las declaraciones que habían prestado eran falsas.

El primer seguidor del joven Joseph Smith era el agricultor Martín Harris quien había sido cuáquero, universalista, bautista, presbiteriano y, para colmo “lunático”, pues aseguraba haber viajado a la luna. Este mismo financió la primera edición del Libro de Mormón (SH, 12).

A los dos meses de la publicación del Libro de Mormón ya se contaban aproximadamente cuarenta personas que seguían a Joseph Smith, organizándose la primera iglesia.

El título oficial que tomó el modesto Joseph era: “Vidente, Traductor, Profeta, Apóstol de Jesucristo, Anciano de la Iglesia mediante la voluntad de Dios el Padre, y la gracia del Señor Jesucristo”. No era nada más que puro “neófito”, o peor, en asuntos espirituales, pero se arrogó el título “Anciano”, disparate que propagan los mormones hasta el día de hoy ya que sus evangelistas juveniles portan identificaciones que dicen “Anciano fulano de tal”. O se es “joven” o se es “anciano”. Solo en la organización de los mormones existe la extraña criatura “joven anciano”.

Joseph seguía recibiendo “revelaciones”, según él, que le comunicaron el carácter y las metas de la naciente iglesia.

Practicaba “sanidades” espectaculares. (¿Qué dicen ustedes al respecto, estimados pentecostales? Ochenta años antes de la explosión pentecostal a principios del Siglo XX, ¡ya sanaba Joseph Smith a estilo pentecostal! ¿Habrá algún parentesco espiritual entre los pentecostales y los mormones?)

Cinco meses después de organizada la primera iglesia, Joseph envió a tres varones en busca de la “nueva Jerusalén”, la cual, decía, se encontraba “en las fronteras de los lamanitas”, una tribu ficticia de indios malos.
Ungido sacerdote por los apóstoles. En el año 1829, Joseph anunció que los apóstoles Pedro, Juan y Santiago, acompañados por otros mensajeros, le habían visitado con el propósito de conferirle autoridad sacerdotal, poder que le capacitara para iniciar una nueva época del evangelio (Enciclopedia Collier’s, Tomo XIV, Página 157). (En muchos aspectos, el parecido entre los mormones y los pentecostales es asombroso: títulos pomposos de “apóstol”, “profeta”, “obispo vitalicio”; mensajeros celestiales que traen revelaciones nuevas, visiones, sanidades “espectaculares”.)

Joseph Smith tuvo al menos treinta esposas

Mujeriego, polígamo, ¿adúltero? De acuerdo con las investigaciones del Todd Compton, mormón fiel, Joseph Smith tuvo al menos treinta esposas. El título de su libro sobre la vida amorosa del "profeta" es (traducido al español) "Soledad sagrada: las esposas plurales de Joseph Smith" (Signature Books, 1997, 788 páginas). Para más información referente al contenido del libro  www.irr.org/mit/spanish/compton.sp.html.

¡Estafas, violencia, guerra mormona, Joseph para presidente, Joseph muerto en un motín! Leer, y llorar tan feo drama realizado en el nombre de Dios.

En el año 1831, los mormones se trasladaron a Kirtland, Ohio, donde muchos ciudadanos se armaron en su contra. En una ocasión, se arrimaron violentamente contra Joseph, sacándolo de su casa y cubriéndolo con brea y plumas. A pesar de tal oposición la iglesia mormona seguía creciendo. Construyeron un templo imponente. Establecieron un banco, circulando certificados bancarios (igual a dinero) con abandono. Enseguida, fracasó el banco. Los airados acreedores atacaron, suscitando contiendas, motines y fuegos. En el año 1838, Joseph, con algunos secuaces, huyeron al estado de Missoury , donde se había establecido una comunidad de mormones bajo el liderato de Edward Partridge.

“Guerra mormona” en Missoury. El día 4 de julio de 1838, en medio de una gran celebración, Joseph pronunció un discurso, concluyéndolo con la amenaza de vengarse contra sus enemigos. En aquel mismo año, para el día de las elecciones, irrumpió más violencia a causa de los mormones. El “profeta” gritó: “¡Seré un segundo Mahoma!” Estalló la “Guerra mormona” en el estado de Missoury, resultando encarcelado el “profeta” de la secta. Los “Santos guerreros de los últimos días” se fugaron a Nauvoo, en el estado de Illinois. ¿Conque “segundo Mahoma”? Esta exclamación descubre una mente muy alejada de Dios. Mahoma: falso profeta, guerrero. De cierto, Joseph era lo mismo en escala muy reducida.

“¡Joseph Smith para presidente de los Estados Unidos de América!” El flamante “profeta” muerto en un motín. Para el año 1840, había aproximadamente quince mil seguidores de Joseph concentrados en Nauvoo. Aquel pueblo fue transformado en ciudad teocrática autónoma, creciendo hasta ser la ciudad más grande del estado. Siempre humilde, Joseph se adjudicó el título de “Rey del reino de Dios”, y bajo su mandato se organizó la Legión Nauvoo, un cuerpo militar. Este nuevo “Rey del reino” megalomaniático se postuló para presidente de los Estados Unidos de América para las elecciones a celebrarse en el 1844. Sus opositores le acusaron de “polígamo y corrupto”. Él talionó, destruyendo su imprenta. La milicia del estado de Illinois intervino encarcelando al candidato Joseph Smith y su hermano de carne Hyrum. El día 27 de junio de 1844, se enfurecieron algunos ciudadanos contra los dos hermanos, matándolos a sangre fría. Joseph tenía treinta y nueve años de edad. (Datos corroborados en la Enciclopedia Británica, Tomo XIII, Paginas 760 y 760D, Edición de 1954).

“Iglesia mormona” significa “Iglesia que sigue al profeta Mormón”.

“Tal palo, ¡tal astilla!” Su biografía evidencia que Joseph Smith practicaba el engaño en gran escala. “La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días” fundada por él, con sede en Salt Lake City, Utah, pese a haber llegado a ser, en la actualidad, respetada y muy rica, no se ha librado de ese mal. Por ejemplo, mediante costosa propaganda en las emisoras principales de televisión esta iglesia regala ejemplares de la Biblia, pero continúa siguiendo el Libro de Mormón; obsequia un vídeo sobre Cristo, pero se somete a las “revelaciones” del profeta Mormón y del “profeta Joseph Smith”, las cuales no armonizan con las de Cristo. Propaganda engañosa. Artimañas muy astutas y efectivas para atraer y atrapar a las almas incautas que desconocen tanto la Biblia como el Libro de Mormón.

NO TE PIERDAS LAS SIGUIENTES ENTREGAS, DONDE SABREMOS LAS INCREÍBLES AVENTURAS DE JESÚS EN AMÉRICA, SÓLO EN EL LIBRO DE MORMÓN.

domingo, 11 de noviembre de 2012

LUZ DEL DOMINGO LXXIV


COMO SE TRADUJO EL LIBRO DE MORMÓN

Los miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días son conocidos mundialmente como los “mormones” porque uno de sus libros sagrados es el Libro de Mormón. 

Este libro fue escrito por Joseph Smith (o traducido según la versión de Smith) y publicado en 1830. La historia de este libro nos hará caer en cuenta la manera tan sencilla de crear una religión en base a la ingenuidad. 

Joseph Smith nació en Estados Unidos a en 1805, su versión de los hechos cuenta que a la edad de 15 años y confundido por la creciente ola de religiones que se venían, decidió orar para pedir a Dios que le diga a cuál de estas religiones debía unirse, ante lo cual, Dios y Jesucristo se le aparecieron  y le dijeron que ninguna de esas religiones era la verdadera, que Dios restauraría la Iglesia que Jesucristo formó originalmente y que él era la persona elegida para llevar a cabo tal empresa.

Llegó el día 21 del mes de septiembre de 1823, en este día tuvo una visita “angelical” de Moroni, un antiguo profeta “nefita” que le informó sobre la existencia de un antiguo escrito y de como debía traducirlo, los escritos estaban enterrados en una ladera conocida como Cumorah en New York.

EL libro habría sido escrito sobre planchas de oro (conocidas como planchas de nefi) por muchos profetas americanos y compilado por Mormón, padre de Moroni hace más de mil años antes de esa aparición, según el ángel, Smith aún no estaba listo para recibir los escritos, por lo que no se los entregó.

4 años más tarde casado ya Smith, y tal vez por los problemas económicos que acarreaba su familia o porque ya estaba “listo” encontró los escritos que el ángel le había indicado. Las órdenes que tenía Smith era la de mostrar las planchas, primero lo hizo a tres personas y luego a once, cosa rara era que estas tablas sólo eran visibles para el propio Joseph Smith.

BIEN, PONGAN ATENCIÓN A ESTA PARTE:

Entonces llegó el momento de traducir los escritos, según el propio Smith, estaban escritas en un egipcio mezclado con hebreo, por lo que para poder llevar a cabo la traducción (que para el caso de Smith un hombre poco educado sería imposible) usó unas piedras videntes (piedras mágicas de geólogo) que le ayudarían a traducir las lecturas, estas piedras se llamaban Urím y Tumím. Pero, ¿Cómo hacía la traducción? Fácilmente, Smith metía las piedras en un sombrero junto con las placas, luego metía la cabeza en el sombrero y según él podía leer en inglés los manuscritos. Es decir, ni que Google Traductor ni nada que se le parezca, este sistema de traducción está a años luz de lo que podemos hacer en la actualidad. En fin, Smith con la cabeza en el sombrero le dictaba a una persona llamada Oliver Cowdery amigo de Smith, quien escribió con su puño y letra todo lo que le dictaba Smith desde el sombrero, es interesante saber que sólo Smith podía usar estas piedras y traducir el escrito ya que Cowdery dijo alguna vez ver dentro del sombrero donde no pudo ver NADA. Además nunca se dijo como se usaban las piedras.



Hace falta ser muy ingenuo para creer firmemente lo que alguien te dice y desde un sombrero, peor aún si te dice una nueva historia de Jesús y con tantos detalles sólo con un par de piedras y metido dentro de un sombrero.

Según Smith, mientras se hacía la traducción se les apareció Juan el Bautista que les confirió el Sacerdocio Aarónico o sacerdocio menor y otros santos como Pedro, Santiago y Juan quienes le confirieron el sacerdocio de Melquisedec o sacerdocio mayor.

Sin embargo Cowdery no fue el primer escriba de Smith, al principio su esposa Emma lo ayudaba pero, luego fue Martin Harris quien es partícipe de algo muy interesante.

MARTIN HARRIS PERDIÓ LAS 116 PRIMERAS PÁGINAS DE LA TRADUCCIÓN DEL LIBRO DE MORMÓN

Durante la traducción inicial Smith permitía que Harris se llevara la traducción que iban haciendo. Harris le mostró estas hojas a su esposa para convencerles de lo que estaban “descubriendo” y convencerles que el apoyo financiero que hacía a Smith estaba siendo usado bien. Su esposa no era pues una mujer tan ingenua como quienes rodeaban a Smith. Y simplemente desapareció las hojas traducidas para probar a Smith, ya que si en realidad estaba traduciendo un texto antiguo podría hacerlo nuevamente. 

Harris informó a Smith sobre la pérdida de la traducción, esto obviamente molestó  a Smith. Smith luego de meditar, dijo que Dios le había dicho que no volviese a traducir esta parte  que era el llamado Libro de Lehi, sino que continuase con las planchas menores de Nefi las cuales curiosamente contaban la misma historia, ya que supuestamente la pérdida de estos manuscritos ya estaba prevista y por eso se escribieron otras planchas que contenían la misma historia.

Es decir, Smith no pudo volver a traducir las 116 páginas perdidas  sino que tradujo la misma historia con otras palabras. Brillante forma de librarse de ese aprieto. Es decir, si yo fuese quien estaba inventando una historia y luego alguien perdiese la misma, y me pidiese que volviese a contarla con las mismas palabras es realmente evidente que no podría hacerlo ya que no recordaría textualmente lo que dije. Pero, sí puedo contarte la misma historia con nuevas palabras. Esto hizo Smith, acción que para una persona con un céntimo de razón sería evidencia clara de una mentira. Sin embargo Smith ya no permitió que Harris volviese a escribir las escrituras sino que ocupo su lugar Cowdery, a pesar de eso Harris continuó financiando el trabajo de Smith.

El Libro de Mormón fue publicado en 1830 en Palmira, New York, EE.UU. Donde Joseph Smith aseguraba que era solamente el traductor, y este libro ayudo a empezar la Iglesia de Jesucristo de Los Santos de los Últimos Días, o mejor dicho, los mormones.

Hasta aquí esta entrega, pero no es la única. No te pierdas las próximas entregas, de esta interesante historia, hay mucho que cavar en esta peculiar religión, abarcaremos quien fue en realidad Joseph Smith, de que trata El Libro de Mormón, en que creen los mormones, en esto especialmente les adelanto sobre la creencia de que Jesús vino a América después de la crucifixión y tuvo apóstoles en Centroamérica, siempre puedes enterarte de algo nuevo en un domingo.


LA VERDAD OS HARÁ LIBRES, LA MENTIRA CREYENTES: JUAN

domingo, 19 de agosto de 2012

LUZ DEL DOMINGO LXXIII

LA IGLESIA CATÓLICA: MADRE DE LA IGNORANCIA Y RETRASO. ACEPTA LA LEY DE LA GRAVEDAD DESPUÉS DE 400 AÑOS DE SU DESCUBRIMIENTO.
Resulta inverosímil entender que muchas personas a estas alturas de la vida, en una época donde la tecnología está a la orden del día, aun no acepten los principios científicos más básicos de la naturaleza y que han logrado los avances que ahora tenemos. 

La iglesia católica tuvo un poder inmensurable en la época medieval. Hablamos de un poder “concedido por Dios” que prácticamente gobernó el mundo occidental. Los papas como líderes de la iglesia y vicarios de Dios decidían que está bien y qué esta mal. Todo lo que pudiera contradecir las escrituras de la Biblia o poner en duda el poder de Dios o de la Iglesia debía ser castigado, castigos que iban desde cobros de mucho dinero, encierros y hasta la muerte en la hoguera. La Ciencia fue sin duda la enemiga principal de la Iglesia, ya que contradecía mucho lo que el santo oficio entendía como verdad divina. Fue así que hubo un retraso increíble en el desarrollo de la humanidad por culpa de la Iglesia Católica que perseguía a quien saliese con teorías extrañas sobre el universo, por lo que la ciencia no podía desarrollarse por miedo a la muerte, llevando a lo que se conoce como El Oscurantismo, la época más ignorante de la humanidad.

Finalmente, en los últimos días una noticia del Vaticano reabrió el interés de muchas personas para pensar en la relación de la Iglesia y la Ciencia. En su mensaje semanal desde la Basílica de San Pedro, su Santidad Benedicto XVI declaró que la Iglesia Católica se encuentra lista para aceptar como verdad científica la ley de la gravedad. 

“Es un paso a la modernidad que no podíamos seguir postergando. A partir de la promulgación de esta bula papal el reconocimiento de la fuerza de gravedad con un valor de 9.81 m/s2 saldrá de nuestra lista oficial de blasfemias” 

El Papa confirmó ante cientos de feligreses que ofrecerá una disculpa pública a Sir Isaac Newton además de remover su nombre del cuadro de herejes. 

Lo que para el Papa le parecerá un gran paso a la modernidad a mi me parece una muestra de su retrograda organización. Es impresionante tratar de entender que ellos acepten esta ley universal cuando han pasado más de 400 años de su descubrimiento y que la humanidad la ha observado y analizado por siglos hasta tener ahora por ejemplo la gravedad relativista de Einstein. Imagínense, sin entender la gravedad no se pudiese elevar aviones, cohetes al espacio, pero para la iglesia eso es algo nuevo que están listos a aceptar. 

JA JAJA como si fuese poco el Papa acepta la FUERZA de la gravedad con un valor de 9.81 m/s2 cuando ese valor no es el de ninguna fuerza, ese es el valor de la aceleración que adquiere un cuerpo en la Tierra al caer producida por la fuerza de gravedad, eso es diferente, pero en fin. Además una disculpa cuando Newton lleva muerto siglos, al igual que hicieron con Galileo, me parece tan estúpido como su religión. Claro, tal vez como ellos creen que hay otra vida dirán que los herejes ahora perdonados los recibirán en los cielos contentos de que se les haya dado ese perdón. Pero, como yo pienso, ya no hay más vida que esta, de qué vale un perdón cuando alguien ha muerto. 

Y es que la persecución de la Iglesia a la Ciencia se da porque la Iglesia no acepta que haya leyes naturales que puedan funcionar porque sí, y que no puedan ser violentadas al antojo de Dios (como esa historia en la que Dios detiene el Sol).

“Los sucesores cristianos de los griegos se opusieron a la noción de que el universo está regido por una ley natural indiferente y también rechazaron la idea de que los humanos no tienen un lugar privilegiado en el universo. Y aunque en el período medieval no hubo un sistema filosófico coherente único, un tema común fue que el universo es la casa de muñecas de Dios y que la religión era un tema mucho más digno de estudio que los fenómenos de la naturaleza. En efecto, en 1277 el obispo Tempier de París, siguiendo las instrucciones del papa Juan XXI, publicó una lista de 219 errores o herejías que debían ser condenados. Entre dichas herejías estaba la idea de que la naturaleza sigue leyes, porque ello entra en conflicto con la omnipotencia de Dios. Resulta interesante saber que el papa Juan XXI falleció por los efectos de la ley de la gravedad unos meses más tarde, al caerle encima el techo de su palacio.” 

“Isaac Newton(1643-1727) consiguió una aceptación amplia del concepto moderno de ley científica con sus tres leyes del movimiento y su ley de la gravedad, que dan razón de las órbitas de la Tierra, la Luna y los planetas y explican fenómenos como las marcas. El puñado de ecuaciones que creó y el elaborado marco matemático que hemos desarrollado a partir de ellas, son enseñados todavía y utilizados por los arquitectos para construir edificios, los ingenieros para diseñar coches, o los físicos para calcular cómo lanzar un cohete para que se pose en Marte. Como escribió el poeta Alexander Pope: Nature and Nature's laws lay hid in night: Godsaid, Let Newton be! and all was light. (La Naturaleza y sus leyes yacían en la oscuridad; Dios dijo: ¡Sea Newton!, y todo fue claridad.)” 

                                         Stephen Hawking y Leonard Mlodinow, “EL GRAN DISEÑO” (Pág. 25) 


Finalmente, en su comunicado el Papa nos da otra alentadora noticia, nos dice que la Iglesia está preparándose para aceptar la Teoría Heliocentrista (los planetas giran alrededor del Sol). No saben la alegría que me da esta noticia (CARTEL DE IRONÍA). A este paso van aceptar las leyes cuánticas cuando la humanidad casi haya desaparecido. Y así vive nuestro mundo en estos días, con una iglesia decadente y cada vez con menos adeptos. Porque basta tener un poquito de cerebro, o una neurona despierta para entender que no hay un Dios que guíe nuestro camino, y peor aún que las cosas escritas en la Biblia se deban aceptar literalmente, la razón y la fe al parecer no se llevan bien. Cada quien decide que aceptar. Por mi parte me quedo sin fe y le doy paso a la razón, al menos la gravedad es algo que veo a diario al contrario de Dios.

domingo, 29 de julio de 2012

LUZ DEL DOMINGO LXXII


EL DIOS CRISTIANO JUEGA A LOS DADOS CON EL UNIVERSO

El dios cristiano es un personaje terrible, que como hemos visto, anda continuamente disgustado con los hombres que el mismo ha creado; lo cual no deja de ser chistoso, porque pudiendo hacerlos buenos a todos y evitarse tantos disgustos, prefiere que sean malos con objeto sin duda de tener el gusto de castigarlos , como queda demostrado en la Biblia . Donde unas veces ahoga a la humanidad por medio de un supuesto Diluvio (GÉNESIS CAP. 7 VER. 11 y 12) , otras hace llover fuego abrazando ciudades con todos sus habitantes (GÉNESIS CAP.19. VER. 24 y 25), tan pronto tira peñascos desde el cielo aplastando a las gentes (JOSUE CAP.10. VER. 11), pero donde llega al colmo de la maldad, es cuando pretende castigar las faltas de los padres, en los hijos hasta en la cuarta generación, como si los tataranietos tuvieran culpa de lo que hicieron los tatarabuelos. Esa perlita la pueden leer en EXODO CAP. 20. VER. 5. Así se la pasa Jehová en todo el Viejo Testamento, cometiendo mil injusticias y crueldades por el estilo para tratar de gobernar por medio del terror, la matanza y el exterminio., demostrando ser un dios sanguinario que goza en imponer todo a sangre y fuego, haciendo perecer a justos y pecadores.

LA religión cristiana sostenía que no era la tierra la que giraba alrededor del sol, sino el sol alrededor de la tierra. Para ello mostraban la Biblia en JOSUE CAP. 10. VER. 12 y 13 , donde dice: "Sol, detente en gabaon; y tu luna, en el valle de ajalon. Y el sol se detuvo y la luna se paro, hasta que la gente se hubo vengado de sus enemigos. ¿no esta escrito esto en el libro de jaser? Y el sol se paro en medio del cielo, y no se apresuro a ponerse casi un dia entero". En nuestros días de grandes avances Científicos y Astronómicos , la religión cristiana no sobreviviría con semejantes conceptos; por ello se vio en la necesidad de decir que ese Versículo es una cita tomada de un libro poético llamado "EL LIBRO DEL JUSTO", y que los poetas hablan con su imaginación y no a la manera de los Historiadores o Científicos . Nosotros respondemos si fue acaso con la IMAGINACION que la religión cristiana QUEMO VIVO a GIORDANO BRUNO, acusado de HEREJE por decir que existían otros mundos. O fue acaso con la IMAGINACION que torturaron y encarcelaron de por vida a GALILEO GALILEI por demostrar Científicamente que era la tierra la que se movía alrededor del sol y no el sol alrededor de la tierra.

VEAMOS ahora cual fue el propósito fundamental que tuvo Jehová para detener el sol. ¿SERIA ACASO PARA EVITARLE UNA TRAGEDIA A LA HUMANIDAD? ¿EVITO CON ELLO NUEVOS SUFRIMIENTOS? ¿AYUDO AL MEJORAMIENTO Y PROGRESO DE LOS HOMBRES?. Sentimos desilusionar a nuestros lectores ya que el motivo real fue nada mas y nada menos que AYUDAR A JOSUE a que terminara de ASESINAR a los AMORREOS que se encontraban huyendo de las piedras que Jehová, en su inmenso amor, les lanzaba para aplastarlos como cucarachas por no haberse aliado a EL. Jehová no solamente asesino a los AMORREOS, también asesino a todos los habitantes de MACEDA, LIBNA, LAQUIS, GEZER, EGLON, HEBRON, DEBIR, NEGUEV, CADESBARNEA, GAZA, GOSEN, leer a JOSUE desde el CAP. 10 HASTA EL CAP. 12.

EL DIOS CRISTIANO NO REPRESENTA AL VERDADERO CREADOR DEL UNIVERSO

LA Justicia y Amor infinito del dios cristiano ha consistido ,como hemos visto, en ORDENAR a los Israelitas que INVADIERAN países habitados por gentes que ningún daño les habían hecho. Los Israelitas se lanzan sobre aquellos pueblos, y por orden expresa de su dios eterno, DEGUELLAN hombres, mujeres y niños por millones, con el sólo objeto de apoderarse de sus tierras, como si no hubiera sitio para ellos en todo el mundo que entonces se hallaba medio despoblado. (DEUTERONOMIO CAP. 20. VER.16) "De las CIUDADES DE ESTOS PUEBLOS QUE EL SEÑOR DIOS TE DA POR HEREDAD, NO DEJARAS ALGUNO CON VIDA". VERSÍCULO 17 "Empezaras por destruir a los hetheos, a los amorreos, a los cananeos, a los pherezeos, a los hebeos, y a los jebuseos, porque Así lo manda el señor, así lo manda tu dios Jehová".

Sacerdotes y pastores cristianos han dicho, ante semejante cúmulo de CRIMENES cometidos por su dios, que Jehová cambió de idea desde que Jesús nació . A ellos les contestamos que esa es la prueba más evidente de que su dios no representa al verdadero Creador Universal , Padre todo Amor y Vibración constante de Armonías que en su ser sin ser es INMUTABLE, por lo que no puede cambiar de opinión como lo hace tan frescamente el dios cristiano.

Existen muchas otras CONTRADICCIONES en el viejo testamento que omitimos por razones de espacio. Concluimos ésta primera parte diciendo que Jehová NO SIÉNDOLE posible hacerse obedecer de los hombres, se arrepiente. Vemos que entra en arreglos con ellos, que hace pactos, que los rompe, que hace otros nuevos, que los vuelve a romper, que igualmente, por miles de años no se ocupa de más hombres que los del pueblo de Israel, mientras que todos los cientos de millones de seres humanos que poblaban la tierra no sabían una palabra de ese dios Jehová.

RESULTADO: El dios de las escrituras es un DIOS IMPOTENTE, que goza al ANIQUILAR a sus enemigos. Es un DIOS VOLUBLE, que cambia continuamente de opinión ; es un DIOS CRUEL y VENGATIVO, que se vale de su PODER para hacer sufrir a los hombres pero no para hacerlos mejores; es un DIOS INJUSTO, que se concreta a la nación Judía con exclusión de las otras, a las que sus protegidos roban y asesinan por su orden.

domingo, 22 de julio de 2012

LUZ DEL DOMINGO LXXI



La historia de Noé... dos veces


Estos primeros libros de la Biblia muestran una forma de descomposición tan extraordinaria como la de cualquier otro libro del mundo. Imaginemos que se asignara a cuatro personas diferentes la tarea de escribir un libro sobre el mismo tema, para después tomar cada una de las versiones, desmembrarla y combinarla en una sola narración, larga y continua, para afirmar finalmente que toda esa narración había sido escrita por una sola persona. Imaginemos que después se entrega el libro a los detectives y se les pide que averigüen: 1) que el libro no fue escrito por una sola persona; 2) que fue escrito por cuatro; 3) quiénes fueron esas cuatro personas, y 4) quién combinó las historias que habían escrito.

Para aquellos lectores que deseen obtener una mejor visión de la situación,  una historia bíblica del arca de Noé, tal y como aparece en el Génesis. La historia del diluvio es una combinación de la fuente J y la fuente P. 

Si se leen ambas fuentes desde el principio hasta el final y después se retrocede y se lee la otra, se podrán distinguir dos narraciones completas y continuas, cada una de las cuales posee su propio vocabulario y preocupaciones:

El diluvio — Génesis 6,5-8,22

GÉNESIS 6:
5 Viendo Yahvé que la maldad del hombre cundía en la Tierra, y que todos los pensamientos que ideaba su corazón eran puro mal de continuo, 
6 le pesó a Yahvé de haber hecho al hombre en la Tierra, y se indignó en su corazón.
7 Y dijo Yahvé: «Voy a exterminar de sobre la haz del suelo al hombre que he creado —desde el hombre hasta los ganados, las sierpes, y hasta las aves del cielo —, porque me pesa haberlos hecho».
8 Pero Noé halló gracia a los ojos de Yahvé.
9 ÉSTA ES LA HISTORIA DE NOÉ: NOÉ FUE EL VARÓN MÁS JUSTO Y CABAL DE SU TIEMPO. NOÉ ANDABA CON DIOS.
10 NOÉ ENGENDRÓ TRES HIJOS: SEM, CAM Y JAFET.
11 LA TIERRA ESTABA CORROMPIDA EN LA PRESENCIA DE DIOS: LA TIERRA SE LLENÓ DE VIOLENCIAS.
12 DIOS MIRÓ A LA TIERRA, Y HE AQUÍ QUE ESTABA VICIADA, PORQUE TODA CARNE TENÍA UNA CONDUCTA VICIOSA SOBRE LA TIERRA.
13 DIJO, PUES, DIOS A NOÉ: «HE DECIDIDO ACABAR CON TODA CARNE, PORQUE LA TIERRA ESTÁ LLENA DE VIOLENCIAS POR CULPA DE ELLOS. POR ESO, HE AQUÍ QUE VOY A EXTERMINARLOS DE LA TIERRA.
14 HAZTE UN ARCA DE MADERAS RESINOSAS. HACES EL ARCA DE CAÑIZO Y LA CALAFATEAS POR DENTRO Y POR FUERA CON BETÚN.
15 ASÍ ES COMO LA HARÁS: LONGITUD DEL ARCA, TRESCIENTOS CODOS; SU ANCHURA, CINCUENTA CODOS; Y SU ALTURA, TREINTA CODOS.
16 HACES AL ARCA UNA CUBIERTA Y A UN CODO LA REMATARÁS POR ENCIMA, PONES LA PUERTA DEL ARCA EN SU COSTADO, Y HACES UN PRIMER PISO, UN SEGUNDO Y UN TERCERO.
17 «POR MI PARTE, VOY A TRAER EL DILUVIO, LAS AGUAS SOBRE LA TIERRA, PARA EXTERMINAR TODA CARNE QUE TIENE HÁLITO DE VIDA BAJO EL CIELO: TODO CUANTO EXISTE EN LA TIERRA PERECERÁ.
18 PERO CONTIGO ESTABLECERÉ MI ALIANZA: ENTRARÁS EN EL ARCA TÚ Y TUS HIJOS, TU MUJER Y LAS MUJERES DE TUS HIJOS CONTIGO.
19 Y DE TODO SER VIVIENTE, DE TODA CARNE, METERÁS EN EL ARCA UNA PAREJA PARA QUE SOBREVIVAN CONTIGO. SERÁN MACHO Y HEMBRA.
20 DE CADA ESPECIE DE AVES, DE CADA ESPECIE DE GANADOS, DE CADA ESPECIE DE SIERPES DEL SUELO ENTRARÁN CONTIGO SENDAS PAREJAS PARA SOBREVIVIR.
21 TÚ MISMO PROCÚRATE TODA SUERTE DE VÍVERES Y HAZTE ACOPIO PARA QUE OS SIRVAN DE COMIDA A TI Y A ELLOS.»
22 ASÍ LO HIZO NOÉ Y EJECUTÓ TODO LO QUE LE HABÍA MANDADO DIOS.
GÉNESIS 7:
1 Yahvé dijo a Noé: «Entra en el arca tú y toda tu casa, porque tú eres el único justo que he visto en esta generación.
2 De todos los animales puros tomarás para ti siete parejas, el macho con su hembra, y de todos los animales que no son puros, una pareja, el macho con su hembra.
3 (Asimismo de las aves del cielo, siete parejas, machos y hembras) para que sobreviva la casta sobre la haz de toda la Tierra.
4 Porque dentro de siete días haré llover sobre la Tierra durante cuarenta días y cuarenta noches, y exterminaré de sobre la haz del suelo todos los seres que hice.»
5 Y Noé ejecutó todo lo que le había mandado Yahvé.
6 NOÉ CONTABA SEISCIENTOS AÑOS CUANDO
ACAECIÓ EL DILUVIO, LAS AGUAS, SOBRE LA TIERRA.
7 Noé entró en el arca, y con él sus hijos, su mujer y las mujeres de sus hijos, para salvarse de las aguas del diluvio.
8 (DE LOS ANIMALES PUROS, Y DE LOS ANIMALES QUE NO SON PUROS, Y DE LAS AVES, Y DE TODO LO QUE SERPEA POR EL SUELO,
9 SENDAS PAREJAS DE CADA ESPECIE ENTRARON CON NOÉ EN EL ARCA, MACHOS Y HEMBRAS, COMO HABÍA MANDADO DIOS A NOÉ.)
10 A la semana, las aguas del diluvio vinieron sobre la Tierra.
11 EL AÑO SEISCIENTOS DE LA VIDA DE NOÉ, EL MES SEGUNDO, EL DÍA DIECISIETE DEL MES, EN ESE DÍA SALTARON TODAS LAS FUENTES DEL GRAN ABISMO, Y LAS COMPUERTAS DEL CIELO SE ABRIERON,
12 y estuvo lloviendo sobre la Tierra cuarenta días y cuarenta noches.
13 EN AQUEL MISMO DÍA ENTRÓ NOÉ EN EL ARCA, COMO TAMBIÉN LOS HIJOS DE NOÉ, SEM, CAM Y JAFET, Y LA MUJER DE NOÉ, Y LAS TRES MUJERES DE SUS HIJOS;
14 Y CON ELLOS LOS ANIMALES DE CADA ESPECIE, LAS SIERPES DE CADA ESPECIE QUE REPTAN SOBRE LA TIERRA, Y LAS AVES DE CADA ESPECIE: TODA CLASE DE PÁJAROS Y SERES ALADOS;
15 ENTRARON CON NOÉ EN EL ARCA SENDAS PAREJAS DE TODA CARNE EN QUE HAY ALIENTO DE VIDA,
16 Y LOS QUE.IBAN ENTRANDO ERAN MACHO Y HEMBRA DE TODA CARNE, COMO DIOS SE LO HABÍA MANDADO. Y Yahvé cerró la puerta detrás de Noé.
17 El diluvio duró cuarenta días sobre la Tierra. Crecieron las aguas y levantaron el arca que se alzó de encima de la Tierra.
18 Subió el nivel de las aguas y crecieron mucho sobre la Tierra, mientras el arca flotaba sobre la superficie de las aguas.
19 Subió el nivel de las aguas mucho, muchísimo sobre la Tierra, y quedaron cubiertos los montes más altos que hay debajo del cielo.
20 Quince codos por encima subió el nivel de las aguas quedando cubiertos los montes.
21 PERECIÓ TODA CARNE: LO QUE REPTA POR LA TIERRA, JUNTO CON AVES, GANADOS, ANIMALES Y TODO LO QUE PULULA SOBRE LA TIERRA, Y TODA LA HUMANIDAD.
22 Todo cuanto respira hálito vital, todo cuanto existe en tierra firme, murió.
23 Yahvé exterminó todo ser que había sobre la haz del suelo, desde el hombre hasta los ganados, hasta las sierpes y hasta las aves del cielo: todos fueron exterminados de la Tierra, quedando sólo Noé y los que con él estaban en el arca.
24 LAS AGUAS INUNDARON LA TIERRA POR ESPACIO DE CIENTO CINCUENTA DÍAS.
GÉNESIS 8:
1 ACORDÓSE DIOS DE NOÉ Y DE TODOS LOS ANIMALES Y DE LOS GANADOS QUE CON ÉL ESTABAN EN EL ARCA. DIOS HIZO PASAR UN VIENTO SOBRE LA TIERRA Y LAS AGUAS DECRECIERON.
2 SE CERRARON LAS FUENTES DEL ABISMO Y LAS COMPUERTAS DEL CIELO, y cesó la lluvia del cielo.
4 Poco a poco retrocedieron las aguas sobre la Tierra. AL CABO DE CIENTO CINCUENTA DÍAS, LAS AGUAS HABÍAN MENGUADO, Y EN EL MES SÉPTIMO, EL DÍA DIECISIETE DEL MES, VARÓ EL ARCA SOBRE LOS MONTES DE ARARAT.
5 LAS AGUAS SIGUIERON MENGUANDO PAULATINAMENTE HASTA EL MES DÉCIMO, Y EL DÍA PRIMERO DEL DÉCIMO MES ASOMARON LAS CUMBRES DE LOS MONTES.
6 Al cabo de cuarenta días, abrió Noé la ventana que había hecho en el arca,
7 Y SOLTÓ AL CUERVO, EL CUAL ESTUVO SALIENDO Y RETORNANDO HASTA QUE SE SECARON LAS AGUAS SOBRE LA TIERRA.
8 Después soltó a la paloma, para ver si habían menguado ya las aguas de la superficie terrestre.
9 La paloma, no hallando donde posar el pie, tornó donde él, al arca, porque aún había agua sobre la superficie de la Tierra; y alargando él su mano, la asió y metióla consigo en el arca. Aún esperó otros siete días y volvió a soltar la paloma del arca.
10 La paloma vino al atardecer, y he aquí que traía en el pico un ramo verde de olivo, por donde conoció Noé que habían disminuido las aguas de encima de la Tierra.
11 Aún esperó otros siete días y soltó la paloma, que ya no volvió donde él.
12 EL AÑO SEISCIENTOS UNO DE LA VIDA DE NOÉ, EL DÍA PRIMERO DEL PRIMER MES, SE SECARON LAS AGUAS DE ENCIMA DE LA TIERRA. Noé retiró la cubierta del arca, miró y he aquí que estaba seca la superficie del suelo.
13 EN EL SEGUNDO MES, EL DÍA VEINTISIETE DEL MES, QUEDÓ SECA LA TIERRA.
14 HABLÓ ENTONCES DIOS A NOÉ EN ESTOS TÉRMINOS:
15 «SAL DEL ARCA TÚ, Y CONTIGO TU MUJER, TUS HIJOS Y LAS MUJERES DE TUS HIJOS.
16 SACA CONTIGO TODOS LOS ANIMALES DE TODA ESPECIE QUE TE ACOMPAÑAN, AVES, GANADOS Y TODAS LAS SIERPES QUE REPTAN SOBRE LA TIERRA. QUE PULULEN SOBRE LA TIERRA Y SEAN FECUNDOS Y SE MULTIPLIQUEN SOBRE LA TIERRA.»
17 SALIÓ, PUES, NOÉ, Y CON ÉL SUS HIJOS, SU MUJER Y LAS MUJERES DE SUS HIJOS.
18 TODOS LOS ANIMALES, TODOS LOS GANADOS, TODAS LAS AVES Y TODAS LAS SIERPES QUE REPTAN SOBRE LA TIERRA SALIERON POR FAMILIAS DEL ARCA.
19 Noé construyó un altar a Yahvé, y tomando de todos los animales puros y de todas las aves puras, ofreció holocaustos en el altar.


20 Al aspirar Yahvé el calmante aroma, dijo en su corazón:«Nunca más volveré a maldecir el suelo por causa del hombre, porque las trazas del corazón humano son malas desde su niñez, ni volveré a herir a todo ser viviente como lo he hecho. «Mientras dure la Tierra, sementera y siega, frío y calor, verano e invierno, día y noche, no cesarán>>

 Anotamos ahora cada versión por separado para leerlas de corrido

Versión J

Viendo Yahvé que la maldad del hombre cundía en la Tierra, y que todos los pensamientos que ideaba su corazón eran puro mal de continuo, le pesó a Yahvé de haber hecho al hombre en la Tierra, y se indignó en su corazón. Y dijo Yahvé: «Voy a exterminar de sobre la haz del suelo al hombre que he creado —desde el hombre hasta los ganados, las sierpes, y hasta las aves del cielo —, porque me pesa haberlos hecho».

Pero Noé halló gracia a los ojos de Yahvé. Yahvé dijo a Noé: «Entra en el arca tú y toda tu casa, porque tú
eres el único justo que he visto en esta generación. De todos los animales puros tomarás para ti siete parejas, el macho con su hembra, y de todos los animales que no son puros, una pareja, el macho con su hembra. (Asimismo de las aves del cielo, siete parejas, machos y hembras) para que sobreviva la casta sobre la haz de toda la Tierra. Porque dentro de siete días haré llover sobre la Tierra durante cuarenta días y cuarenta noches, y exterminaré de sobre la haz del suelo todos los seres que hice.»

Y Noé ejecutó todo lo que le había mandado Yahvé. Noé entró en el arca, y con él sus hijos, su mujer y las mujeres de sus hijos, para salvarse de las aguas del diluvio. A la semana, las aguas del diluvio vinieron sobre la Tierra. y estuvo lloviendo sobre la Tierra cuarenta días y cuarenta noches.

Y Yahvé cerró la puerta detrás de Noé. El diluvio duró cuarenta días sobre la Tierra. Crecieron las aguas y levantaron el arca que se alzó de encima de la Tierra. Subió el nivel de las aguas y crecieron mucho sobre la Tierra, mientras el arca flotaba sobre la superficie de las aguas. Subió el nivel de las aguas mucho, muchísimo sobre la Tierra, y quedaron cubiertos los montes más altos que hay debajo del cielo.

Quince codos por encima subió el nivel de las aguas quedando cubiertos los montes. Todo cuanto respira hálito vital, todo cuanto existe en tierra firme, murió. Yahvé exterminó todo ser que había sobre la haz del suelo, desde el hombre hasta los ganados, hasta las sierpes y hasta las aves del cielo: todos fueron exterminados de la Tierra, quedando sólo Noé y los que con él estaban en el arca. y cesó la lluvia del cielo.

Poco a poco retrocedieron las aguas sobre la Tierra. Al cabo de cuarenta días, abrió Noé la ventana que había hecho en el arca. Después soltó a la paloma, para ver si habían menguado ya las aguas de la superficie terrestre. La paloma, no hallando donde posar el pie, tornó donde él, al arca, porque aún había agua sobre la superficie de la Tierra; y alargando él su mano, la asió y metióla consigo en el arca. Aún esperó otros siete días y volvió a soltar la paloma del arca. La paloma vino al atardecer, y he aquí que traía en el pico un ramo verde de olivo, por donde conoció Noé que habían disminuido las aguas de encima de la Tierra.

Aún esperó otros siete días y soltó la paloma, que ya no volvió donde él. Noé retiró la cubierta del arca, miró y he aquí que estaba seca la superficie del suelo. Noé construyó un altar a Yahvé, y tomando de todos los animales puros y de todas las aves puras, ofreció holocaustos en el altar.

Al aspirar Yahvé el calmante aroma, dijo en su corazón:



Nunca más volveré a maldecir el suelo por causa del hombre, porque las trazas del corazón humano son malas desde su niñez, ni volveré a herir a todo ser viviente como lo he hecho.


«Mientras dure la Tierra, sementera y siega, frío y calor, verano e invierno, día y noche, no cesarán>>


Versión P

Ésta es la historia de Noé:
Noé fue el varón más justo y cabal de su tiempo. Noé andaba con Dios. Noé engendró tres hijos: Sem, Cam y Jafet. la tierra estaba corrompida en la presencia de Dios: la tierra se llenó de violencias.
Dios miró a la tierra, y he aquí que estaba viciada, porque toda carne tenía una conducta viciosa sobre la tierra. dijo, pues, Dios a Noé: «he decidido acabar con toda carne, porque la tierra está llena de violencias por culpa de ellos. Por eso, he aquí que voy a exterminarlos de la tierra. Hazte un arca de maderas resinosas. haces el arca de cañizo y la calafateas por dentro y por fuera con betún.

Así es como la harás: longitud del arca, trescientos codos; su anchura, cincuenta codos; y su altura, treinta codos, haces al arca una cubierta y a un codo la rematarás por encima, pones la puerta del arca en su costado, y haces un primer piso, un segundo y un tercero.

«Por mi parte, voy a traer el diluvio, las aguas sobre la tierra, para exterminar toda carne que tiene hálito de vida bajo el cielo: todo cuanto existe en la tierra perecerá. pero contigo estableceré mi alianza: entrarás en el arca tú y tus hijos, tu mujer y las mujeres de tus hijos contigo. Y de todo ser viviente, de toda carne, meterás en el arca una pareja para que sobrevivan contigo. serán macho y hembra. De cada especie de aves, de cada especie de ganados, de cada especie de sierpes del suelo entrarán contigo sendas parejas para sobrevivir. Tú mismo procúrate toda suerte de víveres y hazte acopio paraque os sirvan de comida a ti y a ellos.»

Así lo hizo Noé y ejecutó todo lo que le había mandado Dios. Noé contaba seiscientos años cuando acaeció el diluvio, las aguas, sobre la tierra. De los animales puros, y de los animales que no son puros, y de las aves, y de todo lo que serpea por el suelo, sendas parejas de cada especie entraron con Noé en el arca, machos y hembras, como había mandado Dios a Noé.

El año seiscientos de la vida de Noé, el mes segundo, el día diecisiete del mes, en ese día saltaron todas las fuentes del gran abismo, y las compuertas del cielo se abrieron, En aquel mismo día entró Noé en el arca, como también los hijos de Noé, Sem, Cam y Jafet, y la mujer de Noé, y las tres mujeres de sus hijos; y con ellos los animales de cada especie,  las sierpes de cada especie que reptan sobre la tierra, y las aves de cada especie: toda clase de pájaros y seres alados; entraron con Noé en el arca sendas parejas de toda carne en que hay aliento de vida y los que iban entrando eran macho y hembra de toda carne, como Dios se lo había mandado.

Pereció toda carne: lo que repta por la tierra, junto con aves, ganados, animales y todo lo que pulula sobre la tierra, y toda la humanidad. Las aguas inundaron la tierra por espacio de ciento cincuenta días.
Acordóse Dios de Noé y de todos los animales y de los ganados que con él estaban en el arca. Dios hizo pasar un viento sobre la tierra y las aguas decrecieron.

Se cerraron las fuentes del abismo y las compuertas del cielo. Al cabo de ciento cincuenta días, las aguas habían menguado, y en el mes séptimo, el día diecisiete del mes, varó el arca sobre los montes de Ararat.
Las aguas siguieron menguando paulatinamente hasta el mes décimo, y el día primero del décimo mes asomaron las cumbres de los montes.
Y cerraron las fuentes del abismo y las compuertas del cielo. Y soltó al cuervo, el cual estuvo saliendo y retornando hasta que se secaron las aguas sobre la tierra.

El año seiscientos uno de la vida de Noé, el día primero del primer mes, se secaron las aguas de encima de la tierra en el segundo mes, el día veintisiete del mes, quedó seca la tierra. Habló entonces Dios a Noé en estos términos: 

«Sal del arca tú, y contigo tu mujer, tus hijos y las mujeres de tus hijos. Saca contigo todos los animales de toda especie que te acompañan, aves, ganados y todas las sierpes que reptan sobre la tierra. que pululen sobre la tierra y sean fecundos y se multipliquen sobre la tierra.»

Salió, pues, Noé, y con él sus hijos, su mujer y las mujeres de sus hijos. Todos los animales, todos los ganados, todas las aves y todas las sierpes que reptan sobre la tierra salieron por familias del arca.

Cada uno con sus propias palabras

El propio hecho de que sea posible separar dos historias continuas como éstas ya es algo notable, y aporta una poderosa prueba en favor de la hipótesis. Sólo se tiene que intentar hacer lo mismo con cualquier otro libro para comprender lo impresionante que resulta este fenómeno. Pero no sólo se trata de la posibilidad de extraer dos historias. Lo más extraordinario es que cada historia emplea consistentemente su propio lenguaje. La historia P (la que aparece mayúsculas), siempre se refiere a la divinidad llamándola Elohim. La historia J, por el contrario, siempre le llama Yahvé. P se refiere al sexo de los animales llamándolos «macho y hembra» (Gn 6, 19; 7, 9; 7, 16). J emplea los términos «hombre y su mujer» (7,2), así como macho y hembra. P dice que todo «perecerá» (6,17; 7, 21), mientras J dice que todo «murió» (7, 22).

Pero las dos versiones no sólo difieren en cuanto a terminología, sino también en detalles de la historia que se narra. En P se toma una pareja de cada clase de animal. En J se toman siete parejas de animales puros y una pareja de animales impuros. (Aquí, el término «puro» se refiere a que es adecuado para el sacrificio. Así, los corderos son puros, mientras que los leones son impuros.) P dice que el diluvio duró un año (370 días). J dice que fueron cuarenta días y cuarenta noches. P dice que Noé envió un cuervo. J dice que una paloma. Evidentemente, P muestra una preocupación por las edades, las fechas y las medidas en codos, mientras que J no. 

Pero probablemente la diferencia más notable entre ambas versiones sea su forma distinta de representar a Dios. No se trata únicamente de que denominen a la divinidad con nombres distintos. J nos presenta una divinidad capaz de lamentar cosas que ha hecho (6, 6-7), lo que plantea interesantes cuestiones teológicas, como la de si un ser todopoderoso y sapientísimo lamentaría las acciones del pasado.

Nos presenta una divinidad capaz de «indignarse en su corazón» (6,6), que cierra personalmente el arca (7, 16), y que aspira el aroma del sacrificio de Noé (8, 21). En P, en cambio, falta prácticamente la cualidad antropomórfica que vemos en J. En P Dios es considerado más bien como un controlador trascendente del universo.

Las dos historias del diluvio se pueden separar y son completas en sí mismas. Cada una de ellas tiene su propio lenguaje, sus propios detalles, e incluso su propio concepto de Dios. Y ni siquiera todo esto nos da una imagen completa, porque el lenguaje, los detalles y el concepto de Dios de la historia del diluvio de J son consistentes con el lenguaje, los detalles y el concepto de Dios que aparece en otras historias de J. Los investigadores descubrieron que cada una de estas fuentes es una colección consistente de historias, poemas y leyes.

domingo, 15 de julio de 2012

LUZ DEL DOMINGO LXX


YAHVÉ Y ELOHÍM, LOS DOS DIOSES DEL ANTIGUO TESTAMENTO QUE CURIOSAMENTE FUE ESCRITO POR ÉL.

Más de dos mil quinientos años después de la caída de Israel en el 722 a.c, tres de los investigadores dedicados a descubrir quiénes escribieron la Biblia hicieron el mismo descubrimiento independientemente. Uno de ellos fue un ministro de la iglesia, otro un médico y el otro un profesor. El descubrimiento se debió a la combinación de dos pruebas: la existencia de dobletes y los nombres de Dios. 

Comprendieron que se encontraban ante dos versiones, cada una de ellas de un gran número de historias bíblicas: dos narraciones de la creación, dos narraciones de diversas historias sobre los patriarcas Abraham y Jacob, etcétera. Después, observaron que, con cierta frecuencia, una de las dos versiones de una historia se refería a Dios utilizando un nombre, mientras que la otra versión se refería a Dios empleando otro nombre distinto.

En el caso de la creación, por ejemplo, el primer capítulo de la Biblia narra una versión sobre cómo fue creado el mundo, mientras que el segundo capítulo de la Biblia se inicia con una versión diferente de lo que sucedió. Ambas narraciones se duplican entre sí en muy diversas formas, mientras que se contradicen entre sí en varios puntos. 

Por ejemplo, ambas describen los mismos acontecimientos siguiendo un orden diferente. En la primera versión, Dios crea primero las plantas, después los animales, y finalmente al hombre y a la mujer. En la segunda versión, Dios crea primero al hombre. Sólo después crea las plantas. A continuación, y para que el hombre no se sienta solo, Dios crea a los animales. Finalmente, y como el hombre no encuentra un compañero satisfactorio entre los animales, Dios crea a la mujer. 

Así pues, tenemos:

                                           Génesis 1                 Génesis 2
                                              plantas                    hombre
                                             animales                   plantas
                                      hombre y mujer             animales
                                                                             mujer

Las dos historias muestran imágenes diferentes de lo que ocurrió. Ahora bien, los tres investigadores observaron que la primera versión de la historia de la creación siempre se refiere al creador llamándole Dios (El o Elohim , lo que se hace un total de treinta y cinco veces. La segunda versión siempre se refiere a él llamándole por su nombre, Yahvé Dios, lo que hace un total de once veces. La primera versión nunca le llama Yahvé; la segunda versión nunca le llama Dios.

Más tarde, viene la historia del gran diluvio y del arca de Noé, que también puede separarse en dos versiones completas que a veces se duplican, mientras que en otras se contradicen entre sí. Una vez más, una de estas versiones siempre llama Dios a la divinidad, mientras que la otra siempre le llama Yahvé.

También hay dos versiones sobre la alianza entre la divinidad y Abraham. Y, una vez más, en una de ellas se nos presenta la divinidad como Yahvé, mientras que en la otra se nos presenta como Dios. Etcétera. Los investigadores se dieron cuenta de que no se encontraban simplemente ante un libro que se repetía mucho a sí mismo, ni tampoco con una serie de historias más o menos similares. Habían descubierto dos libros separados que alguien había partido y combinado después en uno solo.

La primera de las tres personas que hicieron este descubrimiento fue un ministro de la iglesia alemán, Henning Bernhard Witter, en 1711. El libro que escribió sobre el tema tuvo muy poco impacto y, de hecho, fue olvidado hasta que fue redescubierto dos siglos más tarde, en 1924. La segunda persona en comprender esta cuestión fue Jean Astruc, un profesor francés de medicina y médico de la corte de Luis XV. Publicó anónimamente sus hallazgos, cuando ya tenía setenta años, en Bruselas, y secretamente en París en 1753. Su
libro tampoco ejerció una gran impresión sobre nadie y pasó desapercibido. Algunos lo despreciaron, quizá porque había sido escrito por un doctor en medicina y no por un erudito bíblico.

Pero cuando la tercera persona en cuestión, que era un erudito, hizo el mismo descubrimiento y lo publicó en 1780, el mundo ya no pudo ignorar el hecho. Esta tercera persona fue Johann Gottfried Eichhorn, un conocido y respetado erudito alemán, hijo de un pastor. Al grupo de historias bíblicas que se referían a la divinidad llamándola como Dios, le puso el nombre de documento «E», por la inicial de la palabra hebrea con que se designa a Dios, que es El o Elohim. Al otro grupo de historias, al que se refiere a la divinidad llamándola Yahvé, le puso el nombre de documento «J» (por el nombre antiguo, y erróneo, de Jehová).

La idea de que la primera historia de la Biblia era una combinación de dos obras originalmente separadas, escritas por dos personas diferentes, sólo duró dieciocho años. Prácticamente antes de que nadie tuviera oportunidad de considerar las implicaciones de esta idea para la Biblia y para la religión, los investigadores descubrieron que, en realidad, los cinco primeros libros de la Biblia no eran obra de dos escritores..., sino de cuatro.

Descubrieron que el documento E no tenía una sino dos fuentes. Las dos habían parecido iguales únicamente porque ambas llamaban a la divinidad Elohim, y no Yahvé. Pero, ahora, los investigadores observaron que dentro del grupo de historias que llamaban a la divinidad Elohim, también había dobletes. Y también había diferencias de estilo, de lenguaje y de intereses. 

En resumen, el mismo tipo de pruebas que condujeron al descubrimiento de los documentos J y E, condujeron ahora al descubrimiento de una tercera fuente, oculta hasta entonces en el documento E. Las diferencias de intereses resultaron ser intrigantes. Esta tercera serie de historias parecía interesarse particularmente por los sacerdotes. Contenía historias sobre sacerdotes, leyes sobre sacerdotes, cuestiones relacionadas con el ritual, el sacrificio, la quema de incienso y la pureza, y se preocupaba por otros temas como las fechas, los números y las medidas. En consecuencia, a esta fuente se la conoció como la sacerdotal, o documento P (Priest, sacerdote, en inglés).

Se descubrió igualmente que J, E y P se extendían a lo largo de los cuatro primeros libros del Pentateuco: Génesis, Éxodo, Levítico y Números. Sin embargo, no se observaba el menor rastro de ellas en el quinto libro, el Deuteronomio, a excepción de unas pocas líneas que aparecen en los últimos capítulos. El Deuteronomio aparece escrito en un estilo completamente diferente al utilizado en los otros cuatro libros del Pentateuco. 

Las diferencias son evidentes, incluso en la traducción. El vocabulario es diferente. Hay expresiones diferentes y recurrentes, así como frases predilectas que se repiten. Hay dobletes de secciones enteras de los cuatro primeros libros. Hay flagrantes contradicciones de detalle entre esta versión y las otras. Hasta es diferente una parte de las palabras de los diez mandamientos. Por todo ello, el Deuteronomio parecía ser una cuarta fuente independiente, a la que se denominó D.

El descubrimiento de que la Torah de Moisés era en realidad un conjunto de cuatro obras que habían estado previamente separadas, no creaba necesariamente una crisis. Después de todo, el Nuevo Testamento también empezaba con cuatro Evangelios —Mateo, Marcos, Lucas y Juan — , cada uno de los cuales contaba la historia a su manera. ¿Por qué entonces se produjo una reacción tan hostil, tanto entre los judíos como entre los cristianos, ante la idea de que el Antiguo Testamento (o Biblia hebrea) pudiera empezar igualmente con una especie de cuatro «evangelios»?

La diferencia consistía en que las cuatro fuentes de la Biblia hebrea se habían combinado de un modo muy intrincado, y, sobre todo, en el hecho de que durante aproximadamente dos mil años se había aceptado que fueron escritas por Moisés; los nuevos descubrimientos representaban una bofetada para una tradición antigua, aceptada y sagrada. Los investigadores bíblicos estaban descubriendo una envoltura finamente entretejida, y nadie sabía a dónde podían conducir tales investigaciones.

domingo, 8 de julio de 2012

LUZ DEL DOMINGO LXIX



LAS MALDICIONES DE DIOS A SU PUEBLO... ¡QUE TODAVÍA ESTÁN VIGENTES!

Una de las maneras eficaces para poder conocer la mentalidad de cualquier personaje es analizar la calidad de todo aquello que desea o postula para los demás. En el caso de Dios, este trabajo se simplifica bastante, ya que él mismo tuvo a bien dejarnos para la posteridad un par de listados que detallan los males que infligirá a su pueblo, por propia mano, en caso de que se aparten de la obediencia y sumisión totales a sus designios.
Cualquier lector (creyente), medianamente sensato, se sonreirá al darse cuenta de la dirección por la que le conducirá este apartado. Sin duda pensará que los textos que reproduciremos son una antigualla metafórica, trasnochada y caducada. Razón no le falta, ni mucho menos, pero resulta que quienes le marcan la ortodoxia de lo que debe creerse o no son muy claros y contundentes en este aspecto, tal como ya se dijo en el capítulo 1 y resumimos aquí:
«La santa madre Iglesia, fiel a la base de los apóstoles, reconoce que todos los libros del Antiguo y del Nuevo Testamento, en todas sus partes, son sagrados y canónicos, en cuanto que, escritos por inspiración del Espíritu Santo, tienen a Dios como autor (...) En la composición de los libros sagrados, Dios se valió de hombres elegidos, que usaban de todas sus facultades y talentos; de este modo, obrando Dios en ellos y por ellos, como verdaderos autores, pusieron por escrito todo y sólo lo que Dios quería (...) los libros sagrados enseñan sólidamente, fielmente y sin error la verdad que Dios hizo consignar en dichos libros para salvación nuestra (...) El Antiguo Testamento es una parte de la Sagrada Escritura de la que no se puede prescindir. Sus libros son libros divinamente inspirados y conservan un valor permanente (cf DV 14), porque la Antigua Alianza no ha sido revocada».
Si «la Antigua Alianza no ha sido revocada», resulta obvio que todavía siguen vigentes las condiciones que Dios, a modo de cláusulas resolutivas e indemnizatorias, impuso —y Moisés aceptó en nombre de todos— a fin de poder mantenerse apoyando y beneficiando a sus creyentes.
Esas cláusulas indemnizatorias, que penalizan el incumplimiento contractual con Dios mediante la imposición de todo tipo de sufrimientos —limitados a lo personal y terrenal, que Dios, al parecer, desconocía entonces la existencia de una vida eterna tras la muerte ¡y sus excelentes posibilidades para torturar sin límite!—, están a disposición de toda la parroquia en las páginas de dos libros bíblicos fundamentales, Levítico y Deuteronomio.
El catálogo minucioso de las maldiciones de Dios que, a través de su palabra eterna, nos dejó escrito en el Levítico (Lv 26,14-38) es el siguiente:
Pero si no me escuchan, si no cumplen todo eso; si desprecian mis normas y rechazan mis leyes; si no hacen caso de todos mis mandamientos y rompen mi alianza, entonces miren lo que haré yo con ustedes.
Mandaré sobre ustedes el terror, la peste y la fiebre; sus ojos se debilitarán y su salud irá en desmedro. Ustedes sembrarán en vano la semilla, pues se la comerán los enemigos.
Me volveré contra ustedes y serán derrotados ante el enemigo; ustedes no resistirán a sus adversarios y huirán sin que nadie los persiga.
Si ni aun así me obedecen, les devolveré siete veces más por sus pecados.
Quebrantaré su orgullosa fuerza; haré que el cielo sea de hierro para ustedes y la tierra de bronce.
Sus esfuerzos se perderán, su tierra no dará sus productos ni los árboles darán sus frutos.
Y si siguen enfrentándose conmigo en vez de escucharme, les devolveré siete veces más por sus pecados.
Soltaré contra ustedes la fiera salvaje, que les devorará sus hijos, exterminará los ganados y los reducirá a unos pocos, de modo que nadie ya ande por los caminos de su país.
Si aun con esto no cambian su actitud respecto a mí y siguen desafiándome, también yo me enfrentaré con ustedes y les devolveré yo mismo siete veces más por sus pecados; traeré sobre ustedes la espada vengadora de mi alianza. Se refugiarán entonces en sus ciudades, pero yo enviaré la peste en medio de ustedes y serán entregados en manos del enemigo.
Yo les quitaré el pan, hasta el punto que diez mujeres cocerán todo su pan en un solo horno, y se lo darán tan medido que no se podrán saciar.
Si con esto no me obedecen y siguen haciéndome la contra, yo me enfrentaré con ustedes con ira y les devolveré siete veces más por sus pecados: ¡ustedes llegarán a comer la carne de sus hijos e hijas!
Destruiré sus santuarios altos, demoleré sus monumentos, amontonaré sus cadáveres sobre los cadáveres de sus sucios ídolos y les tendré asco.
Reduciré a escombros sus ciudades y devastaré sus santuarios, no me agradará más el perfume de sus sacrificios.
Yo devastaré la tierra de tal modo que sus mismos enemigos quedarán admirados y asombrados cuando vengan a ocuparla.
A ustedes los desparramaré entre las ciudades y naciones; y los perseguiré con la espada. Sus tierras serán arruinadas y quedarán desiertas sus ciudades.
Entonces la tierra gozará de sus descansos sabáticos durante todo el tiempo que sea arruinada, mientras estén ustedes en tierra de enemigos. La tierra descansará y gozará sus sábados; y mientras esté abandonada, descansará por lo que no pudo descansar en sus sábados, cuando ustedes habitaban en ella.
A los que queden de ustedes les infundiré pánico en sus corazones en el país de sus enemigos; el ruido de una hoja que cae los hará huir como quien huye de la espada y caerán sin que nadie los persiga.
Se atropellarán unos a otros como delante de la espada, aunque nadie los persiga. No se podrán tener en pie ante el enemigo.
Perecerán en tierra de paganos y desaparecerán en el país de sus enemigos.
Los que de ustedes sobrevivan se pudrirán en país enemigo por causa de su maldad y por las maldades de sus padres unidas que se les pegaron (...) A pesar de todo, no los despreciaré cuando estén en tierra enemiga; no los aborreceré hasta su total exterminio ni anularé mi alianza con ellos, porque yo soy Yavé, su Dios (...)
Estas son las normas, leyes e instrucciones que Yavé estableció entre Él y los hijos de Israel en el monte Sinaí, por medio de Moisés (Lv 26,14-46).
El catálogo pormenorizado de las maldiciones de Dios que, mediante su palabra sagrada e inmutable, protocolizó el Deuteronomio (Dt 28,15-69) es el siguiente:
Pero si no obedeces la voz de Yavé, tu Dios, y no pones en práctica todos sus mandamientos y normas que hoy te prescribo, vendrán sobre ti todas estas maldiciones:
Maldito serás en la ciudad y en el campo. Maldita será tu canasta de frutos y tu reserva de pan. Maldito el fruto de tus entrañas y el fruto de tus tierras, los partos de tus vacas y las crías de tus ovejas. Maldito serás cuando salgas y maldito también cuando vuelvas.
Yavé mandará la desgracia, la derrota y el susto sobre todo lo que tus manos toquen, hasta que seas exterminado, y perecerás en poco tiempo por las malas acciones que cometiste, traicionando a Yavé.
Él hará que se te pegue la peste hasta que desaparezcas de este país que, hoy, pasa a ser tuyo. Yavé te castigará con tuberculosis, fiebre, inflamación, quemaduras, tizón y roya del trigo, que te perseguirán hasta que mueras. El cielo que te cubre se volverá de bronce, y la tierra que pisas, de hierro. En vez de lluvia, Yavé te mandará cenizas y polvo, que caerán del cielo hasta que te hayan barrido.
Yavé hará que seas derrotado por tus enemigos. Por un camino irás a pelear en su contra y por siete caminos huirás de ellos. Al verte se horrorizarán todos los pueblos de la tierra. Tu cadáver
servirá de comida a todas las aves del cielo y a todas las bestias de la tierra, sin que nadie las corra.
Te herirá Yavé con las úlceras y plagas de Egipto, con tumores, sarna y tiña, de las que no podrás sanar. Te castigará Yavé con la locura, la ceguera y la pérdida de los sentidos. Andarás a tientas en pleno mediodía, como anda el ciego en la oscuridad, y fracasarás en tus empresas. Siempre serás un hombre oprimido y despojado, sin que nadie salga en tu defensa.
Tendrás una prometida y otro hombre la hará suya. Edificarás una casa y no la podrás habitar. Plantarás una viña y no comerás sus uvas. Tu buey será sacrificado delante de ti y no comerás de él. Ante tus ojos te robarán tu burro y no te lo devolverán, tus ovejas serán entregadas a tus enemigos y nadie te defenderá. Tus hijos y tus hijas serán entregados a pueblos extranjeros y enfermarás con tanto mirar hacia ellos, pero no podrás hacer nada. El fruto de tus campos, todos tus esfuerzos, los comerá un pueblo que no conoces y tú no serás más que un explotado y oprimido toda la vida. Te volverás loco por lo que veas.
Yavé te herirá con úlceras malignísimas en las rodillas y en las piernas, de las que no podrás sanar, desde la planta de los pies hasta la coronilla de tu cabeza. Yavé te llevará a ti y al rey que tú hayas elegido a una nación que ni tú ni tus padres conocían, y allí servirás a otros dioses de piedra y de madera. Andarás perdido, siendo el juguete y la burla de todos los pueblos donde Yavé te llevará.
Echarás en tus campos mucha semilla y será muy poco lo que coseches, porque la langosta lo devorará. Plantarás una viña y la cultivarás, pero no beberás vino ni comerás uvas, porque los gusanos la roerán. Tendrás olivos por todo tu territorio, pero no te darán ni siquiera aceite con que ungirte, porque se caerán las aceitunas y se pudrirán. Tendrás hijos e hijas, pero no serán para ti, porque se los llevarán cautivos. Todos los árboles y frutos de tu tierra serán atacados por los insectos. El forastero que vive contigo se hará cada día más rico, y tú cada día serás más pobre. Él te prestará y tú tendrás que pedir prestado; él estará a la cabeza y tú a la cola.
Todas estas maldiciones caerán sobre ti, te perseguirán y oprimirán hasta que hayas sido eliminado, porque no escuchaste la voz de Yavé, tu Dios, ni guardaste sus mandamientos ni las normas que te ordenó. Se apegarán a ti y a tus descendientes para siempre y serán una señal asombrosa a la vista de todos.
Por no haber servido con gozo y alegría de corazón a Yavé, tu Dios, cuando nada te faltaba, servirás con hambre, sed, falta de ropa y toda clase de miseria a los enemigos que Yavé enviará contra ti. Ellos pondrán sobre tu cuello un yugo de hierro hasta que te destruyan del todo.
Yavé hará venir contra ti de un país remoto, como un vuelo de águila, a un pueblo cuya lengua no entenderás. Ese pueblo cruel no tendrá respeto por el anciano ni compasión del niño. Devorará las crías de tus ganados y los frutos de tus cosechas, para que así perezcas, pues no te dejará trigo, ni vino, ni aceite, ni las crías de tus vacas y de tus ovejas, hasta acabar contigo. Te asediarán en todas tus ciudades, hasta que caigan en todo tu país las murallas más altas y fortificadas en las que tú ponías tu confianza. Quedarás sitiado dentro de tus ciudades en todo el país que te da Yavé, tu Dios.
Te comerás el fruto de tus entrañas, la carne de tus hijas e hijos que te haya dado Yavé, en el asedio y angustia a que te reducirá tu enemigo. El hombre más refinado de tu pueblo se esconderá de su hermano e incluso de su esposa y de los hijos que le queden, negándose a compartir con ellos la carne de los hijos que se estará comiendo, porque nada le quedará durante el asedio y la angustia a que tu enemigo te reducirá en todas tus ciudades.
La mujer más tierna y delicada de tu pueblo, tan delicada y tierna que hacía ademanes para posar en tierra la planta de su pie, se esconderá del hombre que se acuesta con ella, e incluso de su hijo o de su hija, mientras come la placenta salida de su seno y a los hijos que dio a luz, por falta de todo otro alimento, cuando tu enemigo te sitie en tus ciudades y te reduzca a la más extrema miseria.
Si no guardas ni pones en práctica las palabras de esta Ley tales como están escritas en este libro, y no temes a ese Nombre
glorioso y terrible, a Yavé, tu Dios, él te castigará, a ti y a tus descendientes, con plagas asombrosas, plagas grandes y duraderas, enfermedades malignas e incurables.
Hará caer sobre ti todas las plagas de Egipto, a las que tanto miedo tenías; y se apegarán a ti. Más todavía, todas las enfermedades y plagas que no se mencionan en este libro de la Ley, te las mandará Yavé hasta aniquilarte.
Por no haber obedecido a la voz de Yavé, tu Dios, no quedarán más que unos pocos de ustedes, que eran tan numerosos como las estrellas del cielo. Sucederá, pues, que de la misma manera que Yavé se complacía en hacerles el bien y en multiplicarlos, así se complacerá en perseguirlos y destruirlos. Serán arrancados de la tierra en la que entran para conquistarla.
Yavé te dispersará entre todos los pueblos, de un extremo a otro de la tierra, y allí servirás a otros dioses, de madera y de piedra, que ni tú ni tus padres han conocido. En aquellas naciones no encontrarás paz ni estabilidad. Yavé te dará allí un corazón cobarde, atemorizado e inquieto de día y de noche. Tu vida estará ante ti como pendiente de un hilo y andarás asustado de noche y de día. Por la mañana dirás: «¡Ojalá fuera ya de noche!», y por la noche dirás: «¡Ojalá estuviéramos ya a la mañana!», a causa del miedo que estremecerá tu corazón, al contemplar lo que verán tus ojos.
Yavé te volverá a llevar a Egipto por tierra y por mar, a pesar de que te dijo: «No volverás a verlos». Allí ustedes querrán venderse a sus enemigos como esclavo y como sirvientas, pero no habrá comprador.
Estas son las palabras de la Alianza que Yavé mandó a Moisés ratificar con los hijos de Israel en el país de Moab, además de la que hizo con ellos en el Horeb (Dt 28,15-69).

Este Dios, que se deleitó perpetrando personalmente y/o dejando cometer lo que en este libro hemos recordado —siguiendo fiel mente las propias palabras del Altísimo fijadas en la Biblia— y que no se priva de anunciar a su parroquia que «se complacerá en perseguirlos y destruirlos» (Dt 28,63), mediante los sufrimientos —terrenales, que no post mórtem— más rebuscados, en caso de desobedecerle, ha sido y sigue siendo el faro que ilumina a buena parte de la humanidad.
Da que pensar, ¿verdad?
El día 10 de septiembre de 2007, en la conferencia que el Dalai Lama ofreció en Barcelona, le escuché afirmar que «todas las religiones y todas las filosofías religiosas presentan el mismo mensaje: amor y compasión».
Tendré que volver a releer la Biblia, no sea que se me haya pasado por alto el mensaje de amor y compasión que, tal como afirmó el Dalai Lama, debe aflorar de unas páginas que fueron y son el crisol de las tres religiones monoteístas más importantes de la historia humana.




domingo, 1 de julio de 2012

LUZ DEL DOMINGO LVXIII


DIOS MATÓ POR PROPIA MANO A CIENTOS DE MILES Y EXIGIÓ QUE SU PUEBLO PERPETRASE ENORMES MATANZAS SIN PIEDAD Y SIN FIN

A lo largo de este libro han desfilado ejemplos más que sobrados acerca de la gran afición que el dios bíblico mostró por las carnicerías y exterminios masivos, ya fuesen perpetradas bajo la acción directa de su propia mano, o ejecutadas por hordas de su pueblo siguiendo literalmente sus exigencias y que, muy a menudo, en ocasión de los muchos ataques contra naciones vecinas, contó con la asesoría y colaboración militar del propio Dios a fin de masacrar más y mejor a las comunidades agredidas.
En este apartado ampliaremos ese perfil específico de las conductas divinas recordando, brevemente, unos pocos pasajes bíblicos que ejemplifican la querencia de Dios por las matanzas despiadadas y el gusto y eficiencia con que las cometían también los benditos varones al servicio de los planes divinos.
Para comenzar, nada mejor que fijarse en uno de los héroes más clásicos y celebrados de la literatura bíblica, Moisés, a quien, como ya vimos, Dios usó como instrumento para torturar y exterminar a un sinnúmero de egipcios inocentes, a fin de lograr fama (véase el apartado 8.2), o para masacrar a los amalecitas (véase el apartado 8.3).
En el relato que seguirá nos encontramos a Dios ordenándole a Moisés que torture y mate por empalamiento a unos cuantos de los suyos, por adorar a otro dios —causa por la que Dios ya había matado a veinticuatro mil—, y que extermine sin piedad a los medianitas. Así lo cuenta la palabra divina:
Israel se instaló en Sitim y el pueblo se entregó a la prostitución con las hijas de Moab. Ellas invitaron al pueblo a sacrificar a sus dioses: el pueblo comió y se postró ante los dioses de ellas. Israel se apegó al Baal de Fogor y se encendió la cólera de Yavé contra Israel. Yavé dijo entonces a Moisés: «Apresa a todos los cabecillas del pueblo y empálalos de cara al sol, ante Yavé; de ese modo se apartará de Israel la cólera de Yavé» [fue el mismísimo Dios, no un sanguinario cualquiera, quien ordenó una tortura y muerte tan horrible como la producida mediante empalamiento].
Moisés dijo a los jefes de Israel: «Que cada uno mate a aquellos de sus hombres que se prostituyeron con el Baal de Fogor». Justo en ese momento, un israelita introducía en su tienda a una moabita, a la vista de Moisés y de toda la comunidad que lloraba a la entrada de la Tienda de las Citas. Al ver eso, Finjas, hijo de Eleazar, hijo del sacerdote Aarón, tomó una lanza, siguió al israelita al interior de su tienda y los traspasó a los dos, al hombre y a la mujer, en pleno vientre. Inmediatamente cesó la plaga que se cernía sobre Israel: porque ya habían muerto por esa plaga veinticuatro mil de ellos [de nuevo vemos que Dios tenía el gatillo fácil; mientras se estaba discutiendo la jugada y su solución, el Altísimo ya había matado a veinticuatro mil, como para abrir boca; con tanta matanza en campo propio, el pueblo de Dios debía reproducirse más que los conejos... o no salen los números].
Yavé dijo a Moisés: «Finjas, hijo de Eleazar, hijo del sacerdote Aarón, alejó mi cólera de los israelitas cuando se mostró lleno de celo por mí en medio de ellos. Por eso le dirás que me comprometo a recompensarlo» (...) Yavé le dijo entonces a Moisés: «Ataca a los madianitas y acaba con ellos (...)» (Nm 25,1-17).
Pero Dios, aunque feliz tras su matanza injustificable y el asesinato del israelita que iba a sembrar su semillita en la mujer moabita, quería más sangre y ordenó acabar con los madianitas a sangre y fuego.
Yavé dijo a Moisés: «Que los hijos de Israel tomen ahora desquite de los madianitas, y luego irás a reunirte con tu pueblo». Moisés, pues, dijo al pueblo: «Que se armen algunos de ustedes para la guerra. Que vayan a pelear contra Madián y sean los instrumentos de la venganza de Yavé contra él. Enviarán a la guerra mil hombres de cada tribu de Israel». (...)
Pelearon contra Madián, como Yavé había mandado a Moisés, y mataron a todos los varones. Mataron también a los reyes de Madián: Eví, Requem, Sur, Jur y Rebá; eran los cinco reyes madianitas. Mataron también a espada a Balaam, hijo de Beor. Los hijos de Israel trajeron cautivas a las mujeres de Madián y a sus niños y recogieron sus animales, sus rebaños y todas sus pertenencias. Prendieron fuego a todos los pueblos en que vivían y a todos sus campamentos. Habiendo reunido todo el botín y los despojos, hombres y bestias, llevaron los cautivos y el botín ante Moisés, el sacerdote Eleazar y toda la comunidad de los hijos de Israel, en las estepas de Moab, que están cerca del Jordán, a la altura de Jericó (...)
Moisés se enojó contra los jefes de las tropas, jefes de mil y jefes de cien que volvían del combate. Moisés les dijo: «¿Así, pues, han dejado con vida a las mujeres?». Precisamente ellas fueron las que, siguiendo el consejo de Balaam, indujeron a los hijos de Israel a que desobedecieran a Yavé (en el asunto de Baal-Peor); y una plaga azotó a la comunidad de Yavé. Maten, pues, a todos los niños, hombres, y a toda mujer que haya tenido relaciones con un hombre. Pero dejen con vida y tomen para ustedes todas las niñas que todavía no han tenido relaciones (Nm 31,1-18).
Dios extremó la crueldad matando al azar a veinticuatro mil de los suyos y ordenándole a su servidor asesinatos y exterminios brutales, pero Moisés no se quedó atrás en la carrera de la barbarie y ordenó asesinar a innumerables inocentes con tanta frialdad que relatos como el recién reproducido no desentonarían entre las pruebas de cargo del sumario judicial que, treinta y tres siglos después, llevaría hasta el cadalso a Adolf Eichmann.
Esta asociación terrible entre Dios y Moisés se hace patente en muchos otros pasajes bíblicos que, como el anterior, relatan masacres despiadadas. Así:
Entonces Yavé me habló [afirma Moisés]: «Ya ves que he comenzado a entregarte Sijón y su tierra; ustedes empezarán la conquista conquistando su tierra». Salió, pues, Sijón con toda su gente a presentarnos batalla en Yahas y Yavé, nuestro Dios, nos lo entregó y lo derrotamos junto con sus hijos y toda su gente.
En ese tiempo tomamos todas sus ciudades y las consagramos en anatema, matando a sus habitantes, hombres, mujeres y niños, sin perdonar vida alguna, salvo la de los animales, que fueron parte del botín como los despojos de las ciudades que ocupamos.
Desde Aroer, ciudad situada sobre la pendiente del torrente Arnón, y la ciudad que está abajo, hasta Galaad, no hubo aldea ni ciudad que no tomáramos: Yavé, nuestro Dios, nos las entregó todas (Dt 2,31-36).
Los mandatos de Dios que ordenan asesinar a quienes creen en otros dioses y exterminar completamente a los habitantes de las ciudades asaltadas, forman parte del código jurídico veterotestamentario que el Altísimo le impuso a Moisés —y a través de él a todo su pueblo—; algunos de esos mandatos inmorales ya se documentaron anteriormente en el apartado 2.1 de este libro.
Y Dios no bromeaba en absoluto cuando ordenaba matar a todo lo que se moviese por algún lugar concreto. Un ejemplo nos lo dio Saúl, que, recién elegido rey por voluntad divina, perdió el siempre eficaz favor de Dios cuando, tras ultimar un sacrosanto exterminio según sus designios, sólo asesinó a todo el pueblo amalecita, pero dejó sin degollar a su rey y a una parte de su ganado. Así lo cuenta, al menos, el 1 Libro de Samuel:
Samuel [el último de los jueces de Israel y el primero de sus profetas clásicos] dijo a Saúl: «Yavé me envió para consagrarte como rey de su pueblo Israel. Escucha ahora a Yavé. Esto dice Yavé de los ejércitos: "Quiero castigar a Amalec por lo que hizo a Israel cuando subía de vuelta de Egipto: le cerró el camino. Anda pues a castigar a Amalec y lanza el anatema sobre todo lo que le pertenece. No tendrás piedad de él, darás muerte a los hombres, a las mujeres, a los niños, a los bueyes y corderos, a los camellos y burros"» [vemos, pues, que Dios fue bien concienzudo a la hora de señalar a quienes debía asesinarse] (...)
Saúl aplastó a Amalec desde Javila hasta Sur que está al este de Egipto. Hizo prisionero a Agag, rey de los amalecitas y pasó a cuchillo a toda la población debido al anatema. Pero Saúl y su ejército no quisieron condenar al anatema a Agag y a lo mejor del ganado menor y mayor, los animales gordos y los corderos, en una palabra, todo lo que era bueno. Al contrario, exterminaron todo lo que, en el ganado, era malo y sin valor (...)
Cuando Samuel llegó donde estaba Saúl, éste le dijo: «Yavé te bendiga, he ejecutado las órdenes de Yavé». Pero Samuel le contestó: «¿Qué ruido es ese que siento de cabras y ovejas? ¿Qué ruido es ese que siento también de bueyes y burros?». Saúl respondió: «Los trajimos de los amalecitas. El pueblo separó lo mejor del ganado menor y del mayor para ofrecerlo en sacrificio a Yavé tu Dios [es decir, que no quiso matar lo mejor del ganado a lo tonto, sino que, tal como prescribía la Ley de Dios, querían inmolarlo ritualmente], pero todo lo demás fue condenado al anatema [entre «lo demás» estaba, claro, toda la gente; una minucia para Dios].
Entonces Samuel dijo a Saúl: «¡Basta! Voy a comunicarte lo que me dijo Yavé esta noche. (...) Yavé te había confiado una misión, te había dicho: "Anda, condena al anatema a los amalecitas; harás la guerra a esos pecadores hasta exterminarlos". ¿Por qué no hiciste caso a las palabras de Yavé? ¿Por qué te abalanzaste sobre el botín? ¿Por qué hiciste lo que es malo a los ojos de Yavé? [lo malo, a ojos de Dios, no fue asesinar a todo un pueblo, sino dejar vivo a su rey y ganado] (...) ¿Piensas acaso que a Yavé le gustan más los holocaustos y los sacrificios que la obediencia a su palabra? La obediencia vale más que el sacrificio, y la fidelidad, más que la grasa de los carneros (...)».
Entonces Samuel le dijo: «Hoy Yavé te ha arrancado la realeza de Israel, y se la ha dado a tu prójimo, que es mejor que tú [Dios, en sólo 29 versículos, nombró un rey, le ordenó asesinar a todo un pueblo, y se arrepintió rápidamente de su nombramiento cuando éste no degolló todo lo que debía, pero...]. El que es la Gloria de Israel no puede mentir ni arrepentirse» [¿y qué acababa de hacer Dios rechazando a Saúl como rey tras ser ungido por su voluntad?] (...)
Samuel se fue pues con Saúl y éste se postró delante de Yavé. Luego dijo Samuel: «Tráiganme a Agag, rey de Amalec» (...); cuando llegó temblando, Samuel le dijo: «Así como tu espada privó a las mujeres de sus hijos, así también tu madre será una mujer privada de su hijo». Y Samuel despedazó a Agag en presencia de Yavé, en Guilgal (1 Sm 15,1-33).
Dios, que a estas alturas de la Biblia, y gracias a Ana —esposa de Elcana y madre de Samuel—, comenzó a ser invocado con el más que exacto apelativo de «Yavé de los ejércitos» (1 Sm 1,11), hizo honor a su sobrenombre y aportó con gusto su capacidad de estratega y su divina e invencible violencia en cuanta batalla libró —y que casi siempre provocó— su pueblo, comenzando la cosa belicosa, tal como ya se dijo, desde el mismo momento en que los israelitas salieron de Egipto de la mano de Moisés.
Un relato muy glorificado, el de la conquista de Jericó, aporta una magnífica pincelada de color sobre el gusto divino por las masacres totales. Durante el asedio de esa ciudad, las hordas de Josué, siguiendo las órdenes y estrategia que Dios le dio a éste (Jos 6,2-5), traspasaron las murallas y masacraron todo lo que se movía:
Apenas oyó el pueblo el sonido de la trompeta, lanzó el gran grito de guerra y la muralla se derrumbó. El pueblo entró en la ciudad [Jericó], cada uno por el lugar que tenía al frente y se apoderaron de la ciudad. Siguiendo el anatema, se masacró a todo lo que vivía en la ciudad: hombres y mujeres, niños y viejos, incluso a los bueyes, corderos y burros (Jos 6,20-21).
Esta querencia por el asesinato masivo también la manifestó con creces el bueno del rey David —del que ya se ha mostrado en varios apartados su absoluta falta de escrúpulos y de ética, incluso para proveerse de esposas—,un monarca que, tres mil años antes de que lo hiciese Bush hijo, ya practicaba el genocidio preventivo bajo consejo de Dios:
David y sus hombres hicieron incursiones contra los guesuritas, los guergueseos y los amalecitas: esas tribus ocupan la región que se extiende desde Telam en dirección a Sur y al Egipto. David devastó el territorio; no dejaba a nadie con vida, ni hombre ni mujer; les quitaba las ovejas, los bueyes, los burros, los camellos y todas sus prendas de vestir (...) David no dejaba hombre ni mujer con vida, para no tener que llevarlos a Gat, pues decía: «No sea que hablen contra nosotros y nos denuncien a los filisteos». Así actuó David mientras vivió entre los filisteos (1 Sm 27,8-11).
Muy cauto ese varón de Dios que obró en todo momento según le indicó el Altísimo, tal como lo reconoció éste por propia voz al elogiarle su fidelidad:
Como mi servidor David, quien cumplía mis mandamientos, caminaba con todo su corazón siguiéndome, y hacía lo que es recto a mis ojos» (1 Re 14,8). Matar inocentes en masa y por si acaso, además de expoliar todos sus bienes, era bueno a los ojos de Dios. Vaya, pues que santa Lucía le conserve la vista.
El dios de la Biblia —ese dios que jamás daba señales de vida cuando alguno de sus varones escogidos asesinaba a uno o a miles, robaba, saqueaba, o violaba a una mujer— siempre tenía el oído presto a las invocaciones que requerían de sus servicios bélicos, un oficio en el que, obviamente, «Yavé de los ejércitos» no tuvo rival.
Cuando, pongamos por caso, el rey Asa (o Asá) de Judá vio que tenía las de perder ante el ejército del etíope Zerac (o Zéraj), que le doblaba en número, recurrió a Dios y éste se avino inmediatamente a facilitar la muerte de un millón de. hombres —etíopes, claro- y el expolio desmedido de cuanta ciudad cayó bajo la espada de los hebreos.
Asá invocó a Yavé su Dios, y dijo: «Oh, Yavé, puedes ayudar al desvalido como al poderoso. ¡Ayúdanos, pues, Yavé Dios nuestro, porque en ti nos apoyamos, en tu nombre marchamos contra esta inmensa muchedumbre! Yavé, tú eres nuestro Dios: ¡No prevalezca contra ti hombre alguno!».
Yavé derrotó a los etíopes ante Asá y los hombres de Judá; y los etíopes se pusieron en fuga. Asá y la gente que estaba con él los persiguieron hasta Guerar y cayeron de los etíopes hasta no quedar uno vivo, pues fueron destrozados delante de Yavé y su campamento; y se recogió un botín inmenso. Se apoderaron de todas las ciudades, alrededor de Guerar, pues el terror de Yavé pesaba sobre ellos y saquearon las ciudades, pues había en ellas gran botín. Asimismo atacaron las tiendas donde se recogían los ganados, capturando gran cantidad de ovejas y camellos. Después se volvieron a Jerusalén (2 Cr 14,10-14).
De una tacada, Dios, por medio de Asa, liquidó a un millón de varones —según cuenta la crónica, claro, que las cifras bíblicas suelen ser tan fieles a la realidad como lo son sus estupendos relatos—, y suma y sigue.
Unos versículos más allá, Dios escuchó complaciente el SOS del rey Josafat, hijo de Asa, que cayó preso del pánico cuando se enteró de que «una gran muchedumbre de gente del otro lado del mar de Edom», hombres de Moab y de Amón, se aprestaba a presentarle batalla. El rey, falto de toda valentía pero sobrado de fe, le pidió a Dios que hiciese la guerra por él y éste, recurriendo a su conocida estrategia de convertir en idiotas a los enemigos, logró exterminar a todo el ejército sin que su pueblo tuviese siquiera que disparar una flecha.
Josafat tuvo miedo y consultó a Yavé, ordenando un ayuno a todo Judá. Los judíos se reunieron para suplicar a Yavé y, de todas las ciudades de Judá, llegaron para rogar a Yavé [para luchar no había quién, pero para rezar había cola].
Entonces Josafat se puso de pie en medio de la asamblea de Judá en Jerusalén, en la Casa de Yavé, delante del patio nuevo. Dijo: «Yavé, Dios de nuestros padres, ¿no eres tú Dios en el cielo y no dominas tú en todos los reinos de las naciones? En tu mano está el poder y la fortaleza sin que nadie pueda resistirte (...) Pero mira a los hijos de Amón, de Moab y del norte de Seír, adonde no dejaste entrar a Israel cuando salían de la tierra de Egipto, y por orden tuya Israel se apartó de ellos sin destruirlos. Ahora nos pagan viniendo a echarnos de la heredad que tú nos has dado. Oh, Dios nuestro, ¿no harás justicia con ellos? Pues nosotros no tenemos fuerza para hacer frente a esta gran multitud que viene contra nosotros y no sabemos qué hacer. Pero nuestros ojos se vuelven a ti». (...)
Entonces en medio de la asamblea vino el Espíritu de Yavé sobre Jazaziel [hijo de Zacarías, un oficial de Josafat comisionado para enseñar «la Ley»] (...) y dijo: «Atiende, pueblo de Judá entero y habitantes de Jerusalén, y tú, oh, rey Josafat. Esto les dice Yavé: No teman ni se asusten ante esta gran muchedumbre; porque esta guerra no es de ustedes, sino de Yavé [la cosa estaba clara para Dios, era «su» guerra; Dios contra un ejército humano; desigual e injusto].
»Bajen contra ellos mañana; ellos van a subir por la cuesta de Sis, de manera que los encontrarán al extremo del torrente, junto al desierto de Jeruel. No tendrán que pelear en este lugar sino que se quedarán quietos y verán la salvación de Yavé sobre ustedes, oh, Judá y Jerusalén. No teman ni se acobarden, salgan mañana al encuentro de ellos pues Yavé estará con ustedes» (...)
Al día siguiente se levantaron temprano y salieron al desierto de Tecoa. Mientras iban saliendo, Josafat, puesto en pie, dijo: «Escuchen, Judá y habitantes de Jerusalén, tengan confianza en Yavé su Dios y estarán seguros, tengan confianza en sus profetas y triunfarán». Después, habiendo conversado con el pueblo, dispuso a los cantores de Yavé y a los salmistas que marcharían al frente de las tropas vestidos de ornamentos sagrados: «Alaben a Yavé porque es eterno su amor» [y oportuna su belicosidad... ya que Dios se encargó de ganar la guerra él solo].
En el momento en que comenzaron las aclamaciones y las alabanzas, Yavé preparó una trampa en que cayeron los hijos de Amón, los de Moab y los del monte Seír que habían venido para atacar a Judá. Pues los amonitas y los moabitas se echaron sobre los habitantes de los cerros de Seír para destruirlos y acabar con ellos; y cuando acabaron con ellos, se mataron unos a otros [la escena fue gloriosa: los israelitas rezaron y, al punto, Dios idiotizó a los enemigos y se mataron entre sí (excepto, quizá, el último que quedó con vida, que debió suicidarse)].
Cuando los de Judá llegaron a la cumbre desde donde se divisa el desierto, vieron todo el campo cubierto de cadáveres sin que uno solo hubiera quedado con vida. Entonces Josafat con todo su ejército llegaron para recoger los despojos y hallaron gran cantidad de ganado, vestidos y objetos preciosos. Fue tanto el botín, que tres días no fueron suficientes para juntarlo todo, y no sabían cómo llevarlo [los de Josafat, con la bendición de Dios, no sólo fueron unos perfectos cobardes, sino unos auténticos buitres, pero ¿qué varón piadoso dejaría de expoliar la riqueza de los muertos? Ninguno, al menos en la Biblia].
Al cuarto día se reunieron en el valle de Beraká. Por eso se llama aquel lugar valle de Beraká, que significa bendición, hasta el día de hoy, pues allí los bendijo Yavé. Después, todos los hombres de Judá y de Jerusalén, con Josafat al frente, regresaron con gran alegría a Jerusalén, porque Yavé los había colmado de gozo a expensas de sus enemigos (2 Cr 20,3-27).
Una «gran muchedumbre de gente» destripada en medio del desierto gracias a Dios y expoliada a causa de la voracidad de los hebreos de Josafat, y los del pueblo elegido felices como unas Pascuas, claro está... aunque Dios les reservará algunas masacres para consumo interno...
Después de esto, Josafat, rey de Judá, se alió con Ocozías, rey de Israel, que hacía el mal [esto es, que no desterró el culto de Baal de su reino]. Se asoció con él para construir barcos que hicieran viajes a Tarsis y fabricaron los barcos en Asiongaber [Esión Guéber]. Entonces Eliezer, hijo de Bodavías, de Maresá, profetizó contra Josafat, diciendo: «Porque te has aliado con Ocozías, Yavé ha destruido tus proyectos. En efecto, las naves fueron destrozadas y no llegaron a Tarsis» (2 Cr 20,35-37). Las tripulaciones de esos barcos hundidos sumaron más muertos inocentes a la cuenta personal de Dios; y el rey Ocozías y su estirpe fueron exterminados por Jehú, el traidor sanguinario que Dios eligió expresamente para aniquilar todo el linaje de la casa de Ajab (véase el apartado 9.3).
En otra campaña bélica contra Judá, en el año 701 a. C., en este caso comandada por Senaquerib, rey de Asur, los judíos, bajo el mando de su rey Ezequías, se aprestaron a defenderse del asedio contra la ciudad de Jerusalén con ánimo militar (2 Cr 32,2-8)
—todo lo contrario que el cobarde de Josafat y su gente—, pero Dios, presumiblemente irritado al serle cuestionada por Senaquerib su capacidad protectora, se tomó la guerra como cosa personal y liquidó sin más preámbulos toda la capacidad militar de los de Asur:
En esta situación, el rey Ezequías y el profeta Isaías, hijo de Amós, oraron y clamaron al cielo. Y Yavé envió un ángel [obsérvese que, a menudo, cuando un exterminio debía perpetrarse cuerpo a cuerpo, Dios encargaba la masacre a uno de sus ángeles... quizá por estética narrativa] que exterminó a todos los mejores guerreros de su ejército, a los príncipes y a los jefes que había en el campamento del rey de Asur. Éste volvió a su tierra con gran vergüenza y al entrar a la casa de su dios, allí mismo, sus propios hijos lo mataron a espada [la palabra de Dios no pierde jamás ocasión para humillar y convertir en bestias sanguinarias a los enemigos de su pueblo]. Así salvó Yavé a Ezequías y a los habitantes de Jerusalén de la mano de Senaquerib, rey de Asur, y de la mano de todos sus enemigos, y les dio paz por todos lados (2 Cr 32,20-22).
Pero en el 587 a. C., poco más de un siglo después de la cruenta y desigual guerra librada por Dios al exterminar al ejército de Asur en favor del rey judío Ezequías, la voluntad divina cambió radicalmente de bando y se volvió en contra de su pueblo, haciendo que desapareciese el reino de Judá, que fue pasado a espada y expoliado por las tropas de Nabucodonosor, que también esclavizó a los supervivientes, incluido su último monarca Sedecías.
[Sedecías] Hizo el mal a los ojos de Yavé, su Dios, y no se humilló ante el profeta Jeremías que le hablaba en nombre de Yavé. También él se rebeló contra el rey Nabucodonosor que le había hecho jurar por Dios; se porfió y se obstinó en su corazón, en vez de volverse a Yavé, su Dios de Israel. Del mismo modo todos los jefes, los sacerdotes y el pueblo multiplicaron sus infidelidades, según todas las costumbres abominables de las naciones paganas, y mancharon la Casa de Yavé, que él se había consagrado en Jerusalén.
Yavé, el Dios de sus padres, les enviaba desde el principio avisos por medio de mensajeros, porque tenía compasión de su pueblo y de su Morada. Pero ellos maltrataron a los mensajeros de Dios, despreciaron sus palabras y se burlaron de sus profetas, hasta que estalló la ira de Yavé contra su pueblo y ya no hubo remedio.
Entonces hizo subir contra ellos al rey de los caldeos, que mató a espada a los mejores hasta dentro de su santuario, sin perdonar a joven ni a virgen, a viejo ni a canoso; a todos los entregó Dios en su mano [al Altísimo le daba igual que la masacre fuese en pueblo ajeno o en el propio, la cuestión era que, obedeciendo a su sagrada voluntad, se pasase a espada a todo bicho viviente].
Todos los objetos de la Casa de Dios, grandes y pequeños, los tesoros de la Casa de Yavé y los tesoros del rey y de sus jefes, todo se lo llevó a Babilonia. Incendiaron la Casa de Dios y derribaron las murallas de Jerusalén, prendieron fuego a todos sus palacios y destruyeron todos los objetos preciosos. Y a los que escaparon de la espada, los llevó prisioneros a Babilonia, donde fueron esclavos de él y de sus hijos hasta que se estableciera el reino de los persas. Así se cumplió la palabra de Yavé, por boca de Jeremías: «Hasta que el país haya pagado sus sábados, quedará desolado y descansará todos los días hasta que se cumplan los setenta años» (2 Cr 36,12-21).
La muy celebrada intervención personal y directa de Dios en las masacres, exterminios, carnicerías y expolios que, a mayor gloria de su pueblo y como prueba de su supremacía divina, quedó acreditada a lo largo de los primeros y fundamentales libros de la Biblia, no cayó en saco roto, y los profetas, en sus visiones —que a menudo tienen estructuras delirantes—, le siguieron asignando al Altísimo un rol de verdugo sin piedad.
Entre las muchas parrafadas terribles sobre castigos divinos, proferidas por los profetas bíblicos, nos quedaremos, como ejemplo de estilo, con la visión que proclamó haber tenido Ezequiel:
El año sexto, el día quinto del sexto mes, estaba sentado en mi casa y los ancianos de Judá estaban sentados frente a mí. Entonces la mano de Yavé se posó sobre mí. Miré, era una forma humana; por debajo de la cintura no era más que fuego, y de la cintura para arriba era como un metal incandescente. Extendió lo que podía ser una mano y me agarró por los cabellos: inmediatamente el Espíritu me levantó entre el cielo y la tierra. Me llevó a Jerusalén en una visión divina hasta la entrada de la puerta que mira al norte, allí donde está el ídolo que provoca los celos del Señor (...)
Me dijo: «¿Hijo de hombre, has visto todos los horrores que comete aquí la casa de Israel para echarme de mi Santuario? Pero todavía verás algo peor aún» (...) Entonces me dijo: «Viste, hijo de hombre, ¿no les basta a la casa de Judá con hacer aquí tantas cosas escandalosas? ¿Van a seguir enojándome? Pero esta vez se les pasó la medida, voy a actuar con furor, no los perdonaré y mi ojo será inclemente» (Ez 8,1-18).
Gritó con todas sus fuerzas en mis oídos: «¡Castigos de la ciudad, acérquense! ¡Que cada uno lleve en la mano su instrumento de muerte!». Aparecen entonces seis hombres desde el lado de la Puerta Alta, que mira al norte: cada cual lleva en la mano un instrumento de muerte, y en medio de ellos veo a un hombre con un traje de lino (...) e inmediatamente la Gloria del Dios de Israel, que hasta entonces descansaba sobre los querubines, se eleva en dirección a la puerta del Templo. Llama al hombre con traje de lino, que lleva en su cintura una tablilla de escriba, y le dice: «Recorre Jerusalén, marca con una cruz en la frente a los hombres que se lamentan y que gimen por todas esas prácticas escandalosas que se realizan en esta ciudad».
Luego, dice a los otros, de manera que yo lo entienda: «Recorran la ciudad detrás de él y maten. No perdonen a nadie, que su ojo no tenga piedad. Viejos, jóvenes, muchachas, niños y mujeres, mátenlos hasta acabar con ellos. Pero no tocarán a los que tienen la cruz. Comenzarán por mi Santuario». Comienzan pues con la gente que se encontraba delante del Templo. Porque les había dicho: «Llenen los patios de cadáveres, el Templo quedará manchado con ellos; luego salgan y maten en la ciudad» (Ez 9,1-7).
El dios bíblico no podía dejar de ser terrible, cruel y despiadado ni dentro de una visión onírica: «No perdonen a nadie... mátenlos hasta acabar con ellos... llenen los patios de cadáveres...», dijo Ezequiel que le oyó ordenar a Dios; cosa que debe de ser cierta, ya que, tal como obliga a creer la Iglesia: «Todos los libros del Antiguo y del Nuevo Testamento, en todas sus partes, son sagrados y canónicos, en cuanto que, escritos por inspiración del Espíritu Santo, tienen a Dios como autor».
Canónicos y de autoría divina son también —aunque sólo para católicos y ortodoxos— los dos libros de Macabeos, que relatan, básicamente, las heroicidades de una familia de machos judíos, preñados de fe y de nacionalismo, guerreando contra unos y otros. También entre esos versículos enardecidos se hizo aparecer a Dios como autor de muchas y sacras matanzas. Así, por ejemplo:
Al mismo tiempo, los idumeos que poseían fortalezas bien ubicadas no dejaban de molestar a los judíos (...) Macabeo y sus hombres hicieron rogativas públicas. Le pidieron a Dios que se pusiera de su lado y luego se lanzaron al ataque de las fortalezas de los idumeos. En medio de un violento combate se adueñaron de esas posiciones, después de haber hecho retroceder a todos los que combatían en las murallas. Luego degollaron a cuantos caían en sus manos, matando al menos a veinte mil [eso sí que era degollar al por mayor].
Nueve mil se habían refugiado en dos torres bien fortificadas y provistas de todo lo necesario para resistir un sitio. Macabeo dejó allí a Simón y a José, como también a Zaqueo y a sus compañeros, en número suficiente para mantener el asedio y él partió a combatir a donde era más urgente. Pero los hombres de Simón, por amor al dinero, se dejaron sobornar por algunos de los que estaban en las torres; dejaron escapar un cierto número por setenta mil dracmas. En cuanto se enteró Macabeo (...) Mandó ejecutar a esos traidores y se apoderó luego de las dos torres. Tuvo pleno éxito con las armas en la mano y dio muerte en esas dos fortalezas a más de veinte mil hombres [obsérvese que la palabra de Dios acababa de decir que eran nueve mil los refugiados en esas dos torres; en esa época, la reproducción debía de ser vertiginosa].
Mientras tanto Timoteo, que había sido vencido anteriormente por los judíos, regresó. Había reclutado numerosas tropas extranjeras, entre ellas una numerosa caballería que venía de Asia, y pensaba apoderarse de Judea por las armas. Cuando se aproximaba, Macabeo y sus hombres se vistieron de saco para suplicarle a Dios y se echaron polvo en la cabeza. Se postraron al pie del altar, pidiendo al Señor que les demostrara su bondad, haciéndose el enemigo de sus enemigos y el adversario de sus adversarios, tal como la Ley lo dice. Terminada su oración, tomaron sus armas y avanzaron bastante lejos de la ciudad. Cuando llegaron cerca del enemigo, tomaron posiciones (...)
En lo mejor de la refriega, los enemigos vieron que venían del cielo cinco hombres magníficamente montados en caballos con riendas de oro, que avanzaban al frente de los judíos. Pusieron a Macabeo en medio de ellos, y protegiéndolo con sus armaduras lo volvían invulnerable [todo esto era cosa de Dios, obviamente, que volvía a cabalgar y guerrear con los suyos]. Al mismo tiempo lanzaban a los enemigos flechas y rayos, y éstos, enceguecidos y aterrorizados, salían huyendo para todas partes. Murieron veinte mil quinientos y seiscientos de caballería [y ya llevamos más de sesenta mil cadáveres en tan sólo quince versículos de nada].
Timoteo (...) se refugió en una plaza llamada Gazara, una importante fortaleza (...) Llenos de entusiasmo, Macabeo y sus hombres sitiaron la fortaleza (...) Al inicio del quinto día, veinte jóvenes del ejército de Macabeo, furiosos por esas blasfemias, se lanzaron contra la muralla con gran valentía y golpearon salvajemente. a todos los que cayeron en sus manos. Los otros atacaron también a los sitiados tomándolos por la espalda y prendieron fuego a las torres; encendieron hogueras, donde fueron quemados vivos los que habían blasfemado. Otros rompieron las puertas y le abrieron un boquete al resto del ejército, que se apoderó de la ciudad. A Timoteo, que se había escondido en una cisterna, lo degollaron junto con su hermano Quereas y Apolofane. Cuando terminaron, bendijeron al Señor con himnos y cantos de acción de gracias, porque acababa de conceder a Israel un gran favor al otorgarle la victoria (2 Mac 10,15-38).
Tras un reiterativo y nada religioso paseo por un sinfín de guerras, masacres y degüellos variopintos, la épica bíblica de los hermanos Macabeo, que dejó a Judea como los chorros del oro y en posición de firmes ante Dios, se puso la guinda cuando
Judas [Macabeo] mandó colgar en la ciudadela la cabeza de Nicanor como una prueba evidente para todos de la ayuda del Señor (2 Mac 15,35).
Con el general sirio Nicanor —al que odiaban y que etiquetaron como «ese tres veces criminal de Nicanor, que había convocado a mil mercaderes para efectuar la venta de los judíos» (2 Mac 8,34)— se habían liado a palos versículo sí y otro también, aunque Dios estuvo en todo momento dando el callo junto a Macabeo y su gente:
Efectuó [Judas Macabeo] la lectura del Libro Santo, y dando como consigna «Auxilio de Dios», encabezó el primer destacamento y atacó a Nicanor. El Dueño del universo fue a ayudarlo: mataron a más de nueve mil enemigos, hirieron y mutilaron a la mayor parte de los hombres de Nicanor y los hicieron huir. Juntaron el dinero de los que habían ido a comprarlos [a los judíos, a quienes Nicanor quería vender como esclavos] y persiguieron bastante lejos al enemigo, pero debieron detenerse porque les faltó tiempo. Como empezaba la víspera del sábado, dejaron de perseguirlos (2 Mac 8,23-26).
Pero Nicanor, malo entre los malos, resurgiría de las cenizas con un ejército todavía más espectacular, cosa que obligó a Judas Macabeo a implorar la colaboración militar de Dios para dar la batalla final:
Macabeo vio delante de sí a esa muchedumbre, la variedad de sus armas y el terrible aspecto de sus elefantes. Entonces alzó sus manos al Cielo e invocó al Señor que realiza prodigios, pues sabía muy bien que no son las armas, sino su voluntad, la que consigue la victoria a los que son dignos. Pronunció esta oración: «Tú, Soberano, enviaste a tu ángel en tiempos de Ezequías, rey de Judá, e hizo perecer a más de ciento ochenta y cinco mil hombres en el ejército de Senaquerib. Ahora, pues, Soberano de los Cielos, envía a tu buen ángel delante de nosotros para que siembre el pánico y el terror. ¡Que tus poderosos golpes dejen aterrorizados a los que atacan a tu pueblo santo profiriendo blasfemias!». Así acabó su oración.
La gente de Nicanor avanzó al son de trompetas y cuernos; Judas y sus hombres, por su parte, entraron al combate con invocaciones y plegarias. Combatían con sus manos, pero con todo su corazón oraban a Dios; entusiasmados por la manifestación de Dios [aquí no se cuenta cómo se manifestó, pero estuvo en el frente, sí, señor], derribaron a no menos de treinta y cinco mil hombres. Cuando terminó la batalla y volvían todos felices, reconocieron a Nicanor, que estaba caído con su armadura (2 Mac 15,21-28).
Después de tanta guerra, con las retinas del lector todavía rebosantes de cadáveres, cobrados como piezas de caza y expuestos para mayor gloria de Dios y de su pueblo, el redactor de Macabeos dio por finalizada su contribución a la historia de la humanidad:
Si la composición ha sido buena y acertada, eso era lo que quería. Si ha sido pobre y mediocre, era todo lo que pude hacer. Así como no es bueno tomar vino solo o agua pura, siendo que el vino mezclado con agua es agradable y da mucho gusto, así también la bella disposición del relato encanta a los oídos de los que leen la obra. Aquí pongo punto final (2 Mac 15,38-39).
Beber agua pura es malo, pero exterminar en masa y degollar con entusiasmo es gloria bendita y «una prueba evidente para todos de la ayuda del Señor» (2 Mac 15,35).
Corría el año del Señor de 164 a. C. —fecha de la nueva consagración del altar del templo de Jerusalén— y, afortunadamente, el estilo de literatura y de dios que harían fortuna de cara al Nuevo Testamento iban a ser sustancialmente diferentes... aunque la mentalidad fanática, xenófoba, violenta y genocida que imprimió Dios en el Antiguo Testamento no ha desaparecido jamás del horizonte cotidiano de una buena parte de quienes dicen ser sus fieles seguidores. Quizá porque esas conductas terribles son profundamente humanas, tan humanas como lo es ese Dios veterotestamentario que acabamos de explorar a través de su palabra sagrada, eterna e inmutable.


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