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domingo, 1 de julio de 2012

LUZ DEL DOMINGO LVXIII


DIOS MATÓ POR PROPIA MANO A CIENTOS DE MILES Y EXIGIÓ QUE SU PUEBLO PERPETRASE ENORMES MATANZAS SIN PIEDAD Y SIN FIN

A lo largo de este libro han desfilado ejemplos más que sobrados acerca de la gran afición que el dios bíblico mostró por las carnicerías y exterminios masivos, ya fuesen perpetradas bajo la acción directa de su propia mano, o ejecutadas por hordas de su pueblo siguiendo literalmente sus exigencias y que, muy a menudo, en ocasión de los muchos ataques contra naciones vecinas, contó con la asesoría y colaboración militar del propio Dios a fin de masacrar más y mejor a las comunidades agredidas.
En este apartado ampliaremos ese perfil específico de las conductas divinas recordando, brevemente, unos pocos pasajes bíblicos que ejemplifican la querencia de Dios por las matanzas despiadadas y el gusto y eficiencia con que las cometían también los benditos varones al servicio de los planes divinos.
Para comenzar, nada mejor que fijarse en uno de los héroes más clásicos y celebrados de la literatura bíblica, Moisés, a quien, como ya vimos, Dios usó como instrumento para torturar y exterminar a un sinnúmero de egipcios inocentes, a fin de lograr fama (véase el apartado 8.2), o para masacrar a los amalecitas (véase el apartado 8.3).
En el relato que seguirá nos encontramos a Dios ordenándole a Moisés que torture y mate por empalamiento a unos cuantos de los suyos, por adorar a otro dios —causa por la que Dios ya había matado a veinticuatro mil—, y que extermine sin piedad a los medianitas. Así lo cuenta la palabra divina:
Israel se instaló en Sitim y el pueblo se entregó a la prostitución con las hijas de Moab. Ellas invitaron al pueblo a sacrificar a sus dioses: el pueblo comió y se postró ante los dioses de ellas. Israel se apegó al Baal de Fogor y se encendió la cólera de Yavé contra Israel. Yavé dijo entonces a Moisés: «Apresa a todos los cabecillas del pueblo y empálalos de cara al sol, ante Yavé; de ese modo se apartará de Israel la cólera de Yavé» [fue el mismísimo Dios, no un sanguinario cualquiera, quien ordenó una tortura y muerte tan horrible como la producida mediante empalamiento].
Moisés dijo a los jefes de Israel: «Que cada uno mate a aquellos de sus hombres que se prostituyeron con el Baal de Fogor». Justo en ese momento, un israelita introducía en su tienda a una moabita, a la vista de Moisés y de toda la comunidad que lloraba a la entrada de la Tienda de las Citas. Al ver eso, Finjas, hijo de Eleazar, hijo del sacerdote Aarón, tomó una lanza, siguió al israelita al interior de su tienda y los traspasó a los dos, al hombre y a la mujer, en pleno vientre. Inmediatamente cesó la plaga que se cernía sobre Israel: porque ya habían muerto por esa plaga veinticuatro mil de ellos [de nuevo vemos que Dios tenía el gatillo fácil; mientras se estaba discutiendo la jugada y su solución, el Altísimo ya había matado a veinticuatro mil, como para abrir boca; con tanta matanza en campo propio, el pueblo de Dios debía reproducirse más que los conejos... o no salen los números].
Yavé dijo a Moisés: «Finjas, hijo de Eleazar, hijo del sacerdote Aarón, alejó mi cólera de los israelitas cuando se mostró lleno de celo por mí en medio de ellos. Por eso le dirás que me comprometo a recompensarlo» (...) Yavé le dijo entonces a Moisés: «Ataca a los madianitas y acaba con ellos (...)» (Nm 25,1-17).
Pero Dios, aunque feliz tras su matanza injustificable y el asesinato del israelita que iba a sembrar su semillita en la mujer moabita, quería más sangre y ordenó acabar con los madianitas a sangre y fuego.
Yavé dijo a Moisés: «Que los hijos de Israel tomen ahora desquite de los madianitas, y luego irás a reunirte con tu pueblo». Moisés, pues, dijo al pueblo: «Que se armen algunos de ustedes para la guerra. Que vayan a pelear contra Madián y sean los instrumentos de la venganza de Yavé contra él. Enviarán a la guerra mil hombres de cada tribu de Israel». (...)
Pelearon contra Madián, como Yavé había mandado a Moisés, y mataron a todos los varones. Mataron también a los reyes de Madián: Eví, Requem, Sur, Jur y Rebá; eran los cinco reyes madianitas. Mataron también a espada a Balaam, hijo de Beor. Los hijos de Israel trajeron cautivas a las mujeres de Madián y a sus niños y recogieron sus animales, sus rebaños y todas sus pertenencias. Prendieron fuego a todos los pueblos en que vivían y a todos sus campamentos. Habiendo reunido todo el botín y los despojos, hombres y bestias, llevaron los cautivos y el botín ante Moisés, el sacerdote Eleazar y toda la comunidad de los hijos de Israel, en las estepas de Moab, que están cerca del Jordán, a la altura de Jericó (...)
Moisés se enojó contra los jefes de las tropas, jefes de mil y jefes de cien que volvían del combate. Moisés les dijo: «¿Así, pues, han dejado con vida a las mujeres?». Precisamente ellas fueron las que, siguiendo el consejo de Balaam, indujeron a los hijos de Israel a que desobedecieran a Yavé (en el asunto de Baal-Peor); y una plaga azotó a la comunidad de Yavé. Maten, pues, a todos los niños, hombres, y a toda mujer que haya tenido relaciones con un hombre. Pero dejen con vida y tomen para ustedes todas las niñas que todavía no han tenido relaciones (Nm 31,1-18).
Dios extremó la crueldad matando al azar a veinticuatro mil de los suyos y ordenándole a su servidor asesinatos y exterminios brutales, pero Moisés no se quedó atrás en la carrera de la barbarie y ordenó asesinar a innumerables inocentes con tanta frialdad que relatos como el recién reproducido no desentonarían entre las pruebas de cargo del sumario judicial que, treinta y tres siglos después, llevaría hasta el cadalso a Adolf Eichmann.
Esta asociación terrible entre Dios y Moisés se hace patente en muchos otros pasajes bíblicos que, como el anterior, relatan masacres despiadadas. Así:
Entonces Yavé me habló [afirma Moisés]: «Ya ves que he comenzado a entregarte Sijón y su tierra; ustedes empezarán la conquista conquistando su tierra». Salió, pues, Sijón con toda su gente a presentarnos batalla en Yahas y Yavé, nuestro Dios, nos lo entregó y lo derrotamos junto con sus hijos y toda su gente.
En ese tiempo tomamos todas sus ciudades y las consagramos en anatema, matando a sus habitantes, hombres, mujeres y niños, sin perdonar vida alguna, salvo la de los animales, que fueron parte del botín como los despojos de las ciudades que ocupamos.
Desde Aroer, ciudad situada sobre la pendiente del torrente Arnón, y la ciudad que está abajo, hasta Galaad, no hubo aldea ni ciudad que no tomáramos: Yavé, nuestro Dios, nos las entregó todas (Dt 2,31-36).
Los mandatos de Dios que ordenan asesinar a quienes creen en otros dioses y exterminar completamente a los habitantes de las ciudades asaltadas, forman parte del código jurídico veterotestamentario que el Altísimo le impuso a Moisés —y a través de él a todo su pueblo—; algunos de esos mandatos inmorales ya se documentaron anteriormente en el apartado 2.1 de este libro.
Y Dios no bromeaba en absoluto cuando ordenaba matar a todo lo que se moviese por algún lugar concreto. Un ejemplo nos lo dio Saúl, que, recién elegido rey por voluntad divina, perdió el siempre eficaz favor de Dios cuando, tras ultimar un sacrosanto exterminio según sus designios, sólo asesinó a todo el pueblo amalecita, pero dejó sin degollar a su rey y a una parte de su ganado. Así lo cuenta, al menos, el 1 Libro de Samuel:
Samuel [el último de los jueces de Israel y el primero de sus profetas clásicos] dijo a Saúl: «Yavé me envió para consagrarte como rey de su pueblo Israel. Escucha ahora a Yavé. Esto dice Yavé de los ejércitos: "Quiero castigar a Amalec por lo que hizo a Israel cuando subía de vuelta de Egipto: le cerró el camino. Anda pues a castigar a Amalec y lanza el anatema sobre todo lo que le pertenece. No tendrás piedad de él, darás muerte a los hombres, a las mujeres, a los niños, a los bueyes y corderos, a los camellos y burros"» [vemos, pues, que Dios fue bien concienzudo a la hora de señalar a quienes debía asesinarse] (...)
Saúl aplastó a Amalec desde Javila hasta Sur que está al este de Egipto. Hizo prisionero a Agag, rey de los amalecitas y pasó a cuchillo a toda la población debido al anatema. Pero Saúl y su ejército no quisieron condenar al anatema a Agag y a lo mejor del ganado menor y mayor, los animales gordos y los corderos, en una palabra, todo lo que era bueno. Al contrario, exterminaron todo lo que, en el ganado, era malo y sin valor (...)
Cuando Samuel llegó donde estaba Saúl, éste le dijo: «Yavé te bendiga, he ejecutado las órdenes de Yavé». Pero Samuel le contestó: «¿Qué ruido es ese que siento de cabras y ovejas? ¿Qué ruido es ese que siento también de bueyes y burros?». Saúl respondió: «Los trajimos de los amalecitas. El pueblo separó lo mejor del ganado menor y del mayor para ofrecerlo en sacrificio a Yavé tu Dios [es decir, que no quiso matar lo mejor del ganado a lo tonto, sino que, tal como prescribía la Ley de Dios, querían inmolarlo ritualmente], pero todo lo demás fue condenado al anatema [entre «lo demás» estaba, claro, toda la gente; una minucia para Dios].
Entonces Samuel dijo a Saúl: «¡Basta! Voy a comunicarte lo que me dijo Yavé esta noche. (...) Yavé te había confiado una misión, te había dicho: "Anda, condena al anatema a los amalecitas; harás la guerra a esos pecadores hasta exterminarlos". ¿Por qué no hiciste caso a las palabras de Yavé? ¿Por qué te abalanzaste sobre el botín? ¿Por qué hiciste lo que es malo a los ojos de Yavé? [lo malo, a ojos de Dios, no fue asesinar a todo un pueblo, sino dejar vivo a su rey y ganado] (...) ¿Piensas acaso que a Yavé le gustan más los holocaustos y los sacrificios que la obediencia a su palabra? La obediencia vale más que el sacrificio, y la fidelidad, más que la grasa de los carneros (...)».
Entonces Samuel le dijo: «Hoy Yavé te ha arrancado la realeza de Israel, y se la ha dado a tu prójimo, que es mejor que tú [Dios, en sólo 29 versículos, nombró un rey, le ordenó asesinar a todo un pueblo, y se arrepintió rápidamente de su nombramiento cuando éste no degolló todo lo que debía, pero...]. El que es la Gloria de Israel no puede mentir ni arrepentirse» [¿y qué acababa de hacer Dios rechazando a Saúl como rey tras ser ungido por su voluntad?] (...)
Samuel se fue pues con Saúl y éste se postró delante de Yavé. Luego dijo Samuel: «Tráiganme a Agag, rey de Amalec» (...); cuando llegó temblando, Samuel le dijo: «Así como tu espada privó a las mujeres de sus hijos, así también tu madre será una mujer privada de su hijo». Y Samuel despedazó a Agag en presencia de Yavé, en Guilgal (1 Sm 15,1-33).
Dios, que a estas alturas de la Biblia, y gracias a Ana —esposa de Elcana y madre de Samuel—, comenzó a ser invocado con el más que exacto apelativo de «Yavé de los ejércitos» (1 Sm 1,11), hizo honor a su sobrenombre y aportó con gusto su capacidad de estratega y su divina e invencible violencia en cuanta batalla libró —y que casi siempre provocó— su pueblo, comenzando la cosa belicosa, tal como ya se dijo, desde el mismo momento en que los israelitas salieron de Egipto de la mano de Moisés.
Un relato muy glorificado, el de la conquista de Jericó, aporta una magnífica pincelada de color sobre el gusto divino por las masacres totales. Durante el asedio de esa ciudad, las hordas de Josué, siguiendo las órdenes y estrategia que Dios le dio a éste (Jos 6,2-5), traspasaron las murallas y masacraron todo lo que se movía:
Apenas oyó el pueblo el sonido de la trompeta, lanzó el gran grito de guerra y la muralla se derrumbó. El pueblo entró en la ciudad [Jericó], cada uno por el lugar que tenía al frente y se apoderaron de la ciudad. Siguiendo el anatema, se masacró a todo lo que vivía en la ciudad: hombres y mujeres, niños y viejos, incluso a los bueyes, corderos y burros (Jos 6,20-21).
Esta querencia por el asesinato masivo también la manifestó con creces el bueno del rey David —del que ya se ha mostrado en varios apartados su absoluta falta de escrúpulos y de ética, incluso para proveerse de esposas—,un monarca que, tres mil años antes de que lo hiciese Bush hijo, ya practicaba el genocidio preventivo bajo consejo de Dios:
David y sus hombres hicieron incursiones contra los guesuritas, los guergueseos y los amalecitas: esas tribus ocupan la región que se extiende desde Telam en dirección a Sur y al Egipto. David devastó el territorio; no dejaba a nadie con vida, ni hombre ni mujer; les quitaba las ovejas, los bueyes, los burros, los camellos y todas sus prendas de vestir (...) David no dejaba hombre ni mujer con vida, para no tener que llevarlos a Gat, pues decía: «No sea que hablen contra nosotros y nos denuncien a los filisteos». Así actuó David mientras vivió entre los filisteos (1 Sm 27,8-11).
Muy cauto ese varón de Dios que obró en todo momento según le indicó el Altísimo, tal como lo reconoció éste por propia voz al elogiarle su fidelidad:
Como mi servidor David, quien cumplía mis mandamientos, caminaba con todo su corazón siguiéndome, y hacía lo que es recto a mis ojos» (1 Re 14,8). Matar inocentes en masa y por si acaso, además de expoliar todos sus bienes, era bueno a los ojos de Dios. Vaya, pues que santa Lucía le conserve la vista.
El dios de la Biblia —ese dios que jamás daba señales de vida cuando alguno de sus varones escogidos asesinaba a uno o a miles, robaba, saqueaba, o violaba a una mujer— siempre tenía el oído presto a las invocaciones que requerían de sus servicios bélicos, un oficio en el que, obviamente, «Yavé de los ejércitos» no tuvo rival.
Cuando, pongamos por caso, el rey Asa (o Asá) de Judá vio que tenía las de perder ante el ejército del etíope Zerac (o Zéraj), que le doblaba en número, recurrió a Dios y éste se avino inmediatamente a facilitar la muerte de un millón de. hombres —etíopes, claro- y el expolio desmedido de cuanta ciudad cayó bajo la espada de los hebreos.
Asá invocó a Yavé su Dios, y dijo: «Oh, Yavé, puedes ayudar al desvalido como al poderoso. ¡Ayúdanos, pues, Yavé Dios nuestro, porque en ti nos apoyamos, en tu nombre marchamos contra esta inmensa muchedumbre! Yavé, tú eres nuestro Dios: ¡No prevalezca contra ti hombre alguno!».
Yavé derrotó a los etíopes ante Asá y los hombres de Judá; y los etíopes se pusieron en fuga. Asá y la gente que estaba con él los persiguieron hasta Guerar y cayeron de los etíopes hasta no quedar uno vivo, pues fueron destrozados delante de Yavé y su campamento; y se recogió un botín inmenso. Se apoderaron de todas las ciudades, alrededor de Guerar, pues el terror de Yavé pesaba sobre ellos y saquearon las ciudades, pues había en ellas gran botín. Asimismo atacaron las tiendas donde se recogían los ganados, capturando gran cantidad de ovejas y camellos. Después se volvieron a Jerusalén (2 Cr 14,10-14).
De una tacada, Dios, por medio de Asa, liquidó a un millón de varones —según cuenta la crónica, claro, que las cifras bíblicas suelen ser tan fieles a la realidad como lo son sus estupendos relatos—, y suma y sigue.
Unos versículos más allá, Dios escuchó complaciente el SOS del rey Josafat, hijo de Asa, que cayó preso del pánico cuando se enteró de que «una gran muchedumbre de gente del otro lado del mar de Edom», hombres de Moab y de Amón, se aprestaba a presentarle batalla. El rey, falto de toda valentía pero sobrado de fe, le pidió a Dios que hiciese la guerra por él y éste, recurriendo a su conocida estrategia de convertir en idiotas a los enemigos, logró exterminar a todo el ejército sin que su pueblo tuviese siquiera que disparar una flecha.
Josafat tuvo miedo y consultó a Yavé, ordenando un ayuno a todo Judá. Los judíos se reunieron para suplicar a Yavé y, de todas las ciudades de Judá, llegaron para rogar a Yavé [para luchar no había quién, pero para rezar había cola].
Entonces Josafat se puso de pie en medio de la asamblea de Judá en Jerusalén, en la Casa de Yavé, delante del patio nuevo. Dijo: «Yavé, Dios de nuestros padres, ¿no eres tú Dios en el cielo y no dominas tú en todos los reinos de las naciones? En tu mano está el poder y la fortaleza sin que nadie pueda resistirte (...) Pero mira a los hijos de Amón, de Moab y del norte de Seír, adonde no dejaste entrar a Israel cuando salían de la tierra de Egipto, y por orden tuya Israel se apartó de ellos sin destruirlos. Ahora nos pagan viniendo a echarnos de la heredad que tú nos has dado. Oh, Dios nuestro, ¿no harás justicia con ellos? Pues nosotros no tenemos fuerza para hacer frente a esta gran multitud que viene contra nosotros y no sabemos qué hacer. Pero nuestros ojos se vuelven a ti». (...)
Entonces en medio de la asamblea vino el Espíritu de Yavé sobre Jazaziel [hijo de Zacarías, un oficial de Josafat comisionado para enseñar «la Ley»] (...) y dijo: «Atiende, pueblo de Judá entero y habitantes de Jerusalén, y tú, oh, rey Josafat. Esto les dice Yavé: No teman ni se asusten ante esta gran muchedumbre; porque esta guerra no es de ustedes, sino de Yavé [la cosa estaba clara para Dios, era «su» guerra; Dios contra un ejército humano; desigual e injusto].
»Bajen contra ellos mañana; ellos van a subir por la cuesta de Sis, de manera que los encontrarán al extremo del torrente, junto al desierto de Jeruel. No tendrán que pelear en este lugar sino que se quedarán quietos y verán la salvación de Yavé sobre ustedes, oh, Judá y Jerusalén. No teman ni se acobarden, salgan mañana al encuentro de ellos pues Yavé estará con ustedes» (...)
Al día siguiente se levantaron temprano y salieron al desierto de Tecoa. Mientras iban saliendo, Josafat, puesto en pie, dijo: «Escuchen, Judá y habitantes de Jerusalén, tengan confianza en Yavé su Dios y estarán seguros, tengan confianza en sus profetas y triunfarán». Después, habiendo conversado con el pueblo, dispuso a los cantores de Yavé y a los salmistas que marcharían al frente de las tropas vestidos de ornamentos sagrados: «Alaben a Yavé porque es eterno su amor» [y oportuna su belicosidad... ya que Dios se encargó de ganar la guerra él solo].
En el momento en que comenzaron las aclamaciones y las alabanzas, Yavé preparó una trampa en que cayeron los hijos de Amón, los de Moab y los del monte Seír que habían venido para atacar a Judá. Pues los amonitas y los moabitas se echaron sobre los habitantes de los cerros de Seír para destruirlos y acabar con ellos; y cuando acabaron con ellos, se mataron unos a otros [la escena fue gloriosa: los israelitas rezaron y, al punto, Dios idiotizó a los enemigos y se mataron entre sí (excepto, quizá, el último que quedó con vida, que debió suicidarse)].
Cuando los de Judá llegaron a la cumbre desde donde se divisa el desierto, vieron todo el campo cubierto de cadáveres sin que uno solo hubiera quedado con vida. Entonces Josafat con todo su ejército llegaron para recoger los despojos y hallaron gran cantidad de ganado, vestidos y objetos preciosos. Fue tanto el botín, que tres días no fueron suficientes para juntarlo todo, y no sabían cómo llevarlo [los de Josafat, con la bendición de Dios, no sólo fueron unos perfectos cobardes, sino unos auténticos buitres, pero ¿qué varón piadoso dejaría de expoliar la riqueza de los muertos? Ninguno, al menos en la Biblia].
Al cuarto día se reunieron en el valle de Beraká. Por eso se llama aquel lugar valle de Beraká, que significa bendición, hasta el día de hoy, pues allí los bendijo Yavé. Después, todos los hombres de Judá y de Jerusalén, con Josafat al frente, regresaron con gran alegría a Jerusalén, porque Yavé los había colmado de gozo a expensas de sus enemigos (2 Cr 20,3-27).
Una «gran muchedumbre de gente» destripada en medio del desierto gracias a Dios y expoliada a causa de la voracidad de los hebreos de Josafat, y los del pueblo elegido felices como unas Pascuas, claro está... aunque Dios les reservará algunas masacres para consumo interno...
Después de esto, Josafat, rey de Judá, se alió con Ocozías, rey de Israel, que hacía el mal [esto es, que no desterró el culto de Baal de su reino]. Se asoció con él para construir barcos que hicieran viajes a Tarsis y fabricaron los barcos en Asiongaber [Esión Guéber]. Entonces Eliezer, hijo de Bodavías, de Maresá, profetizó contra Josafat, diciendo: «Porque te has aliado con Ocozías, Yavé ha destruido tus proyectos. En efecto, las naves fueron destrozadas y no llegaron a Tarsis» (2 Cr 20,35-37). Las tripulaciones de esos barcos hundidos sumaron más muertos inocentes a la cuenta personal de Dios; y el rey Ocozías y su estirpe fueron exterminados por Jehú, el traidor sanguinario que Dios eligió expresamente para aniquilar todo el linaje de la casa de Ajab (véase el apartado 9.3).
En otra campaña bélica contra Judá, en el año 701 a. C., en este caso comandada por Senaquerib, rey de Asur, los judíos, bajo el mando de su rey Ezequías, se aprestaron a defenderse del asedio contra la ciudad de Jerusalén con ánimo militar (2 Cr 32,2-8)
—todo lo contrario que el cobarde de Josafat y su gente—, pero Dios, presumiblemente irritado al serle cuestionada por Senaquerib su capacidad protectora, se tomó la guerra como cosa personal y liquidó sin más preámbulos toda la capacidad militar de los de Asur:
En esta situación, el rey Ezequías y el profeta Isaías, hijo de Amós, oraron y clamaron al cielo. Y Yavé envió un ángel [obsérvese que, a menudo, cuando un exterminio debía perpetrarse cuerpo a cuerpo, Dios encargaba la masacre a uno de sus ángeles... quizá por estética narrativa] que exterminó a todos los mejores guerreros de su ejército, a los príncipes y a los jefes que había en el campamento del rey de Asur. Éste volvió a su tierra con gran vergüenza y al entrar a la casa de su dios, allí mismo, sus propios hijos lo mataron a espada [la palabra de Dios no pierde jamás ocasión para humillar y convertir en bestias sanguinarias a los enemigos de su pueblo]. Así salvó Yavé a Ezequías y a los habitantes de Jerusalén de la mano de Senaquerib, rey de Asur, y de la mano de todos sus enemigos, y les dio paz por todos lados (2 Cr 32,20-22).
Pero en el 587 a. C., poco más de un siglo después de la cruenta y desigual guerra librada por Dios al exterminar al ejército de Asur en favor del rey judío Ezequías, la voluntad divina cambió radicalmente de bando y se volvió en contra de su pueblo, haciendo que desapareciese el reino de Judá, que fue pasado a espada y expoliado por las tropas de Nabucodonosor, que también esclavizó a los supervivientes, incluido su último monarca Sedecías.
[Sedecías] Hizo el mal a los ojos de Yavé, su Dios, y no se humilló ante el profeta Jeremías que le hablaba en nombre de Yavé. También él se rebeló contra el rey Nabucodonosor que le había hecho jurar por Dios; se porfió y se obstinó en su corazón, en vez de volverse a Yavé, su Dios de Israel. Del mismo modo todos los jefes, los sacerdotes y el pueblo multiplicaron sus infidelidades, según todas las costumbres abominables de las naciones paganas, y mancharon la Casa de Yavé, que él se había consagrado en Jerusalén.
Yavé, el Dios de sus padres, les enviaba desde el principio avisos por medio de mensajeros, porque tenía compasión de su pueblo y de su Morada. Pero ellos maltrataron a los mensajeros de Dios, despreciaron sus palabras y se burlaron de sus profetas, hasta que estalló la ira de Yavé contra su pueblo y ya no hubo remedio.
Entonces hizo subir contra ellos al rey de los caldeos, que mató a espada a los mejores hasta dentro de su santuario, sin perdonar a joven ni a virgen, a viejo ni a canoso; a todos los entregó Dios en su mano [al Altísimo le daba igual que la masacre fuese en pueblo ajeno o en el propio, la cuestión era que, obedeciendo a su sagrada voluntad, se pasase a espada a todo bicho viviente].
Todos los objetos de la Casa de Dios, grandes y pequeños, los tesoros de la Casa de Yavé y los tesoros del rey y de sus jefes, todo se lo llevó a Babilonia. Incendiaron la Casa de Dios y derribaron las murallas de Jerusalén, prendieron fuego a todos sus palacios y destruyeron todos los objetos preciosos. Y a los que escaparon de la espada, los llevó prisioneros a Babilonia, donde fueron esclavos de él y de sus hijos hasta que se estableciera el reino de los persas. Así se cumplió la palabra de Yavé, por boca de Jeremías: «Hasta que el país haya pagado sus sábados, quedará desolado y descansará todos los días hasta que se cumplan los setenta años» (2 Cr 36,12-21).
La muy celebrada intervención personal y directa de Dios en las masacres, exterminios, carnicerías y expolios que, a mayor gloria de su pueblo y como prueba de su supremacía divina, quedó acreditada a lo largo de los primeros y fundamentales libros de la Biblia, no cayó en saco roto, y los profetas, en sus visiones —que a menudo tienen estructuras delirantes—, le siguieron asignando al Altísimo un rol de verdugo sin piedad.
Entre las muchas parrafadas terribles sobre castigos divinos, proferidas por los profetas bíblicos, nos quedaremos, como ejemplo de estilo, con la visión que proclamó haber tenido Ezequiel:
El año sexto, el día quinto del sexto mes, estaba sentado en mi casa y los ancianos de Judá estaban sentados frente a mí. Entonces la mano de Yavé se posó sobre mí. Miré, era una forma humana; por debajo de la cintura no era más que fuego, y de la cintura para arriba era como un metal incandescente. Extendió lo que podía ser una mano y me agarró por los cabellos: inmediatamente el Espíritu me levantó entre el cielo y la tierra. Me llevó a Jerusalén en una visión divina hasta la entrada de la puerta que mira al norte, allí donde está el ídolo que provoca los celos del Señor (...)
Me dijo: «¿Hijo de hombre, has visto todos los horrores que comete aquí la casa de Israel para echarme de mi Santuario? Pero todavía verás algo peor aún» (...) Entonces me dijo: «Viste, hijo de hombre, ¿no les basta a la casa de Judá con hacer aquí tantas cosas escandalosas? ¿Van a seguir enojándome? Pero esta vez se les pasó la medida, voy a actuar con furor, no los perdonaré y mi ojo será inclemente» (Ez 8,1-18).
Gritó con todas sus fuerzas en mis oídos: «¡Castigos de la ciudad, acérquense! ¡Que cada uno lleve en la mano su instrumento de muerte!». Aparecen entonces seis hombres desde el lado de la Puerta Alta, que mira al norte: cada cual lleva en la mano un instrumento de muerte, y en medio de ellos veo a un hombre con un traje de lino (...) e inmediatamente la Gloria del Dios de Israel, que hasta entonces descansaba sobre los querubines, se eleva en dirección a la puerta del Templo. Llama al hombre con traje de lino, que lleva en su cintura una tablilla de escriba, y le dice: «Recorre Jerusalén, marca con una cruz en la frente a los hombres que se lamentan y que gimen por todas esas prácticas escandalosas que se realizan en esta ciudad».
Luego, dice a los otros, de manera que yo lo entienda: «Recorran la ciudad detrás de él y maten. No perdonen a nadie, que su ojo no tenga piedad. Viejos, jóvenes, muchachas, niños y mujeres, mátenlos hasta acabar con ellos. Pero no tocarán a los que tienen la cruz. Comenzarán por mi Santuario». Comienzan pues con la gente que se encontraba delante del Templo. Porque les había dicho: «Llenen los patios de cadáveres, el Templo quedará manchado con ellos; luego salgan y maten en la ciudad» (Ez 9,1-7).
El dios bíblico no podía dejar de ser terrible, cruel y despiadado ni dentro de una visión onírica: «No perdonen a nadie... mátenlos hasta acabar con ellos... llenen los patios de cadáveres...», dijo Ezequiel que le oyó ordenar a Dios; cosa que debe de ser cierta, ya que, tal como obliga a creer la Iglesia: «Todos los libros del Antiguo y del Nuevo Testamento, en todas sus partes, son sagrados y canónicos, en cuanto que, escritos por inspiración del Espíritu Santo, tienen a Dios como autor».
Canónicos y de autoría divina son también —aunque sólo para católicos y ortodoxos— los dos libros de Macabeos, que relatan, básicamente, las heroicidades de una familia de machos judíos, preñados de fe y de nacionalismo, guerreando contra unos y otros. También entre esos versículos enardecidos se hizo aparecer a Dios como autor de muchas y sacras matanzas. Así, por ejemplo:
Al mismo tiempo, los idumeos que poseían fortalezas bien ubicadas no dejaban de molestar a los judíos (...) Macabeo y sus hombres hicieron rogativas públicas. Le pidieron a Dios que se pusiera de su lado y luego se lanzaron al ataque de las fortalezas de los idumeos. En medio de un violento combate se adueñaron de esas posiciones, después de haber hecho retroceder a todos los que combatían en las murallas. Luego degollaron a cuantos caían en sus manos, matando al menos a veinte mil [eso sí que era degollar al por mayor].
Nueve mil se habían refugiado en dos torres bien fortificadas y provistas de todo lo necesario para resistir un sitio. Macabeo dejó allí a Simón y a José, como también a Zaqueo y a sus compañeros, en número suficiente para mantener el asedio y él partió a combatir a donde era más urgente. Pero los hombres de Simón, por amor al dinero, se dejaron sobornar por algunos de los que estaban en las torres; dejaron escapar un cierto número por setenta mil dracmas. En cuanto se enteró Macabeo (...) Mandó ejecutar a esos traidores y se apoderó luego de las dos torres. Tuvo pleno éxito con las armas en la mano y dio muerte en esas dos fortalezas a más de veinte mil hombres [obsérvese que la palabra de Dios acababa de decir que eran nueve mil los refugiados en esas dos torres; en esa época, la reproducción debía de ser vertiginosa].
Mientras tanto Timoteo, que había sido vencido anteriormente por los judíos, regresó. Había reclutado numerosas tropas extranjeras, entre ellas una numerosa caballería que venía de Asia, y pensaba apoderarse de Judea por las armas. Cuando se aproximaba, Macabeo y sus hombres se vistieron de saco para suplicarle a Dios y se echaron polvo en la cabeza. Se postraron al pie del altar, pidiendo al Señor que les demostrara su bondad, haciéndose el enemigo de sus enemigos y el adversario de sus adversarios, tal como la Ley lo dice. Terminada su oración, tomaron sus armas y avanzaron bastante lejos de la ciudad. Cuando llegaron cerca del enemigo, tomaron posiciones (...)
En lo mejor de la refriega, los enemigos vieron que venían del cielo cinco hombres magníficamente montados en caballos con riendas de oro, que avanzaban al frente de los judíos. Pusieron a Macabeo en medio de ellos, y protegiéndolo con sus armaduras lo volvían invulnerable [todo esto era cosa de Dios, obviamente, que volvía a cabalgar y guerrear con los suyos]. Al mismo tiempo lanzaban a los enemigos flechas y rayos, y éstos, enceguecidos y aterrorizados, salían huyendo para todas partes. Murieron veinte mil quinientos y seiscientos de caballería [y ya llevamos más de sesenta mil cadáveres en tan sólo quince versículos de nada].
Timoteo (...) se refugió en una plaza llamada Gazara, una importante fortaleza (...) Llenos de entusiasmo, Macabeo y sus hombres sitiaron la fortaleza (...) Al inicio del quinto día, veinte jóvenes del ejército de Macabeo, furiosos por esas blasfemias, se lanzaron contra la muralla con gran valentía y golpearon salvajemente. a todos los que cayeron en sus manos. Los otros atacaron también a los sitiados tomándolos por la espalda y prendieron fuego a las torres; encendieron hogueras, donde fueron quemados vivos los que habían blasfemado. Otros rompieron las puertas y le abrieron un boquete al resto del ejército, que se apoderó de la ciudad. A Timoteo, que se había escondido en una cisterna, lo degollaron junto con su hermano Quereas y Apolofane. Cuando terminaron, bendijeron al Señor con himnos y cantos de acción de gracias, porque acababa de conceder a Israel un gran favor al otorgarle la victoria (2 Mac 10,15-38).
Tras un reiterativo y nada religioso paseo por un sinfín de guerras, masacres y degüellos variopintos, la épica bíblica de los hermanos Macabeo, que dejó a Judea como los chorros del oro y en posición de firmes ante Dios, se puso la guinda cuando
Judas [Macabeo] mandó colgar en la ciudadela la cabeza de Nicanor como una prueba evidente para todos de la ayuda del Señor (2 Mac 15,35).
Con el general sirio Nicanor —al que odiaban y que etiquetaron como «ese tres veces criminal de Nicanor, que había convocado a mil mercaderes para efectuar la venta de los judíos» (2 Mac 8,34)— se habían liado a palos versículo sí y otro también, aunque Dios estuvo en todo momento dando el callo junto a Macabeo y su gente:
Efectuó [Judas Macabeo] la lectura del Libro Santo, y dando como consigna «Auxilio de Dios», encabezó el primer destacamento y atacó a Nicanor. El Dueño del universo fue a ayudarlo: mataron a más de nueve mil enemigos, hirieron y mutilaron a la mayor parte de los hombres de Nicanor y los hicieron huir. Juntaron el dinero de los que habían ido a comprarlos [a los judíos, a quienes Nicanor quería vender como esclavos] y persiguieron bastante lejos al enemigo, pero debieron detenerse porque les faltó tiempo. Como empezaba la víspera del sábado, dejaron de perseguirlos (2 Mac 8,23-26).
Pero Nicanor, malo entre los malos, resurgiría de las cenizas con un ejército todavía más espectacular, cosa que obligó a Judas Macabeo a implorar la colaboración militar de Dios para dar la batalla final:
Macabeo vio delante de sí a esa muchedumbre, la variedad de sus armas y el terrible aspecto de sus elefantes. Entonces alzó sus manos al Cielo e invocó al Señor que realiza prodigios, pues sabía muy bien que no son las armas, sino su voluntad, la que consigue la victoria a los que son dignos. Pronunció esta oración: «Tú, Soberano, enviaste a tu ángel en tiempos de Ezequías, rey de Judá, e hizo perecer a más de ciento ochenta y cinco mil hombres en el ejército de Senaquerib. Ahora, pues, Soberano de los Cielos, envía a tu buen ángel delante de nosotros para que siembre el pánico y el terror. ¡Que tus poderosos golpes dejen aterrorizados a los que atacan a tu pueblo santo profiriendo blasfemias!». Así acabó su oración.
La gente de Nicanor avanzó al son de trompetas y cuernos; Judas y sus hombres, por su parte, entraron al combate con invocaciones y plegarias. Combatían con sus manos, pero con todo su corazón oraban a Dios; entusiasmados por la manifestación de Dios [aquí no se cuenta cómo se manifestó, pero estuvo en el frente, sí, señor], derribaron a no menos de treinta y cinco mil hombres. Cuando terminó la batalla y volvían todos felices, reconocieron a Nicanor, que estaba caído con su armadura (2 Mac 15,21-28).
Después de tanta guerra, con las retinas del lector todavía rebosantes de cadáveres, cobrados como piezas de caza y expuestos para mayor gloria de Dios y de su pueblo, el redactor de Macabeos dio por finalizada su contribución a la historia de la humanidad:
Si la composición ha sido buena y acertada, eso era lo que quería. Si ha sido pobre y mediocre, era todo lo que pude hacer. Así como no es bueno tomar vino solo o agua pura, siendo que el vino mezclado con agua es agradable y da mucho gusto, así también la bella disposición del relato encanta a los oídos de los que leen la obra. Aquí pongo punto final (2 Mac 15,38-39).
Beber agua pura es malo, pero exterminar en masa y degollar con entusiasmo es gloria bendita y «una prueba evidente para todos de la ayuda del Señor» (2 Mac 15,35).
Corría el año del Señor de 164 a. C. —fecha de la nueva consagración del altar del templo de Jerusalén— y, afortunadamente, el estilo de literatura y de dios que harían fortuna de cara al Nuevo Testamento iban a ser sustancialmente diferentes... aunque la mentalidad fanática, xenófoba, violenta y genocida que imprimió Dios en el Antiguo Testamento no ha desaparecido jamás del horizonte cotidiano de una buena parte de quienes dicen ser sus fieles seguidores. Quizá porque esas conductas terribles son profundamente humanas, tan humanas como lo es ese Dios veterotestamentario que acabamos de explorar a través de su palabra sagrada, eterna e inmutable.


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