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domingo, 29 de mayo de 2011

LUZ DEL DOMINGO XVIII

Jesús prohibió explícitamente el clero profesional... pero la Iglesia católica
hizo del sacerdote un asalariado «diferente al resto de los hombres
y especialmente elegido por Dios»

Los fieles católicos llevan siglos creyendo a pies juntillas la doctrina oficial de la Iglesia que presenta al sacerdote como a un hombre diferente a los demás —y mejor que los laicos—, «especialmente elegido por Dios» a través de su vocación, investido personal y permanentemente de sacro y exclusivo poder para oficiar los ritos y sacramentos, y llamado a ser el único mediador posible entre los humanos y Cristo. Pero esta doctrina, tal como sostienen muchos teólogos, entre ellos José Antonio Carmona, ni es de fe, ni tiene sus orígenes más allá del siglo XIII o finales del XII.
La Iglesia primitiva, tal como aparece en el Nuevo Testamento, no tiene sacerdotes. En ninguna de las listas de carismas y ministerios —Rom 12,6-7; I Cor 12,8-10 o Ef 4,7-11— aparece el sacerdocio; jamás se designa como tales a los responsables de las comunidades y menos aún se mencionan templos o santuarios a los que dichos individuos tuviesen que estar adscritos, así como tampoco se expresan leyes , rituales a cumplir ni liturgias para oficiar. Es justo la imagen opuesta a la consagrada por el sacerdocio del Antiguo Testamento; por eso los evangelistas sólo emplean el concepto de  sacerdote para referirse a los levitas de la tradición veterotes-tamentaria (Mc 1,44; 2,26 y Lc 1,5).
La Epístola a los Hebreos (atribuida tradicionalmente a san Pablo, pero cuya autoría está descartada, siendo Apolo, uno de sus colaboradores, el redactor más probable) es el único texto del Nuevo Testamento donde se aplicó a Cristo el concepto de sacerdote —hiereus—, pero se empleó para significar que el modelo de sacerdocio levítico ya no tenía sentido desde entonces. «Tú [Cristo] eres sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec» (Heb 5,6; 7, 15-19), no según el orden de Aarón. Otros versículos (Heb 5,9-10; 7,21-25) dejaron también sentado que Jesús vino a  abolir el sacerdocio levítico —que era tribal y de casta (personal sacro), dedicado al servicio del templo (higar sacro), para ofrecer sacrificios durante las fiestas religiosas (tiempo sacro)— y a establecer una fraternidad universal que rompiera la línea de poder que separaba lo sacro de lo profano.
No deja de ser trágico —por lo absurdo— que en los seminarios de la Iglesia católica, hasta la década de 1960, se haya justificado la figura del sacerdote, «como hombre separado de los demás», y la necesidad de los ritos en el versículo de Hebreos que dice: «Pues todo pontífice tomado de entre los hombres, en favor de los hombres es instituido para las cosas que miran a Dios, para ofrecer ofrendas y sacrificios por los pecados» (Heb 5,1).                                             
El texto reproducido está definiendo lo que era el sacerdocio judaico y se refiere al sumo sacerdote —no al sacerdote común— identificándolo como «tomado» —eso es «señalado» o «escogido»; no «apartado» o «separado» tal como lo tergiversa la Iglesia— de entre la comunidad humana, que era una forma clara de diferenciarlo del sacerdocio de Cristo «instituido no en virtud del precepto de una ley carnal, sino de un poder de vida indestructible» (Heb 7,16). El capítulo acaba derogando este tipo de sacerdocio cultual y estableciendo el «que no necesita, como los pontífices, ofrecer cada día víctimas (...) pues esto lo hizo una sola vez ofreciéndose a sí mismo» (Heb 7,27). Resulta patético que la Iglesia haya justificado el estatus de su clero y la necesidad de los ritos en un texto en el que se afirma precisamente lo contrario, en el que Jesús los declaró abolidos.
En textos neotestamentarios como el Apocalipsis (Ap 1,6; 5,10; 20,6) o la I Epístola de San Pedro (I Pe 2,5) el concepto de hiereus/sacerdote ya no se aplicó limitándolo a determinados ministros sacros de un culto sino que, por el contrario, se le hizo aparecer de modo claro como una potestad propia de todos los bautizados, eso es de cada uno de los miembros de ekklesía o comunidad de creyentes en Cristo.           
Tal como sostiene el teólogo católico Julio Lois, «Cristo, único sacerdote y mediador, no ha llegado a serlo por ritos externos, ni por ofrecimientos de sacrificios rituales, sino por la fidelidad de su vida. En efecto, fue su vida entera el "sacrificio" agradable al Padre y él mismo el sacerdote que la ofreció.Sacerdote y víctima. Se inaugura así una nueva figura sacerdotal, vinculada al sacrificio situado en un nivel personal, exis-tencial. Las nociones de templo, culto, sacrificio... han de ser seriamente reconsideradas para ser asumidas en la iglesia de Jesús. Al ministro cristiano sólo puede atribuírsele un ministerio sacerdotal, si se conecta con ese único sacerdocio de Cristo, y, por ello, y para evitar riesgos de sacralización o de "rejudaización", si se quiere seguir recurriendo a un léxico sacerdotal, parece más conveniente hablar de "ministerio sacerdotal" que de "sacerdocio ministerial" o "sacerdote" sin más».
El desarrollo histórico del cristianismo, sin embargo, fue dejando progresivamente en el olvido la voluntad de Jesús —recogida en textos del Nuevo Testamento como los citados— hasta pervertirla totalmente. Fue, sin duda, por necesidades de organización y coordinación, que todos los grupos cristianos, desde su origen, tuvieron que contar con algún tipo de organización y con personas —conocidas como «apóstoles», «profetas», «maestros» «pastores», «evangelistas» u otras denominaciones— que asumían un papel principal en las diferentes tareas a realizar.
En toda comunidad —ekklesía— derivada de los apóstoles, eso es de cariz judeocristiano, la presidencia del colectivo la retenía un colegio de presbíteros (según el modelo colegial de las sinagogas judías), pero no tardó en aparecer la figura del obispo o episcopoi —vigilante o supervisor— que, al menos durante la primera época, no fue un cargo con atributos diferentes respecto a los diáconos o administradores (Flp 1,1) y los presbíteros (Tit 1,5-7; Act 20,17 y 28; I Pe 5,1-2) y que, por supuesto, estaba aún muy lejos de parecerse al obispo monárquico en que finalmente se transformaría.
En otras comunidades, como las fundadas por Pablo, eran sus colaboradores —los designados genéricamante como synergountes y opioontes— quienes cuidaban de la marcha y necesidades organizacionales del grupo. De todas formas, en su origen, los cargos eclesiales tenían una connotación de servicio a la comunidad, de estar por debajo de ella y no al revés, tal como sucede desde hace siglos.
«Al lado de estos ministerios fundamentales, las Iglesias del siglo III multiplicaron las funciones más modestas, mediante las cuales un buen número de fieles eran asociados a la vida de la comunidad: lectores, documentados desde el siglo II; subdiáconos; "acólitos", asimilados en Occidente a los subdiáconos; exorcistas; porteros; enterradores; y, en las ciudades importantes, catequistas. Estas funciones diversas no constituían una especie de cursus honorum sacerdotal, como más tarde ocurriría; se trataba más bien de confiar tareas concretas a personas cualificadas que las desempeñaban de manera permanente.»
En los primeros tiempos, sin embargo, la manera en que los creyentes cristianos concebían su relación con los responsables de sus comunidades variaba mucho de un lugar a otro. Así, por ejemplo, a finales del siglo I d.C., Clemente, obispo de Roma, en su I Epístola, tuvo que emplearse a fondo para intentar convencer a los fieles de Corinto no sólo de que no debían prescindir de sus dirigentes sino que, además, era obligación suya el mantenerlos; para sus propósitos, Clemente tuvo que recurrir al modelo de sacerdocio israelita bíblico —el prototipo levítico que Jesús, según el Nuevo Testamento, declaró abolido— para situar en él la raíz desde la que arrancaba la misión y justificación del clero cristiano. Por el contrario, un poco más tarde, hacia el año 110 d.C., otra carta, ésta de Ignacio, obispo de Antioquía, muestra que en aquella iglesia existía el cargo de obispo único y que éste estaba revestido de la máxima autoridad ante la asamblea de fieles y era acreedor de un respeto propio del mismo Dios.         
Desde esos días, sin embargo, fue fortaleciéndose la tendencia a constituir jerarquías eclesiásticas que, hacia finales del siglo II y comienzos del III d.C., acabaron por ser habituales en casi todos lados, estando conformadas por un obispo local y sus respectivos presbíteros o ancianos y diáconos. Los designados por la comunidad para servir en un cargo eclesial eran previamente ordinati a través de una imposición de manos (ordinatio) que les confería el título de ordo.                
El ordo, en realidad, era una institución del Imperio romano—que tenía tres títulos: el ordo senatorum (aplicado a senadores y gobernantes en general), el ordo equitum (usado para los caballeros y notables) y el ordo plebejus (que designaba al pueblo llano, a los plebeyos)— que los responsables cristianos del siglo III d.C. comenzaron a aplicarse a sí mismos para distinguir como ordo a los ministros —que cada vez eran menos minus-ter y más magister— frente al resto de la comunidad, denominada plebs. El concepto de ordo, que equiparaba a los ministros con notables y los situaba por encima de la ekklesía (asamblea de fieles), es absolutamente contrario al espíritu neotestamentario y fue propagado fundamentalmente por san Cipriano (200-258 d.C.), el obispo de Cartago que hizo decapitar Valeriano.
El paso siguiente fue sacralizar a los ministros; para ello, de la mano de san Cipriano, se les comenzó a denominar como "sacerdotes" según el concepto de sacerdocio hebreo del Antiguo Testamento. La consecuencia inmediata fue anular de hecho la revolución social y religiosa que en este aspecto había aportado el Nuevo Testamento y forzar que, en ade4 lante, los sacerdotes cristianos fuesen considerados personas sagradas, consagradas, eso es distintas y separadas del resto de los fieles. En general, el término sacerdote no se aplicó habitualmente a los ministros hasta después del concilio de Nicea (325) y no se impuso mayoritariamente hasta el siglo V; primero se empleó en referencia a los obispos y luego a los presbíteros.                                                                    
Pero tal como ya hemos apuntado, y contrariamente a lo que es creencia general entre la gran mayoría de los católicos, es una evidencia histórica irrefutable la afirmación del dominico y gran teólogo belga Edward Schillebeeckx en el sentido de que «no puede decirse que los obispos, presbíteros y diá-conos han sido instituidos por Cristo. Son una evolución. Es a partir de la segunda mitad del siglo segundo que tenemos el episcopado, el presbiteriado y el diaconado como existen hoy. (...) En los documentos del Vaticano II —ya lo había insinuado el concilio de Trento— no se dice ya que son una institución de Cristo. El concilio de Trento utilizó la expresión por disposición divina, es decir, que habían evolucionado históricamente por la acción de Dios. Trento corrigió la ex-presión por institución divina, prefiriendo la expresión por disposición divina. El Vaticano II ha elegido una tercera expresión: desde antiguo, es decir, desde la antigüedad, porqué de hecho la articulación jerárquica de la Iglesia ha evolucionado siguiendo leyes sociológicas».
Se requiere una desvergüenza formidable para mantener durante veinte siglos que el sacerdocio había sido instituido por Cristo —con el paso intermedio dado en el siglo XVI de considerarlo un «arreglo inspirado por Dios»— y, finalmente, sin sonrojo ninguno, reconocer que no fue más que una mera cuestión administrativa que devino costumbre; una confesión de engaño que, obviamente, pocos han llegado a conocer al margen de los teólogos, ya que la Iglesia católica, ante la masa de fieles, ha seguido arropando a su clero con el sello de la divinidad. En los primeros siglos del cristianismo, la eucaristía, eje litúrgico central de esta fe, podía ser presidida por cualquier varón —y también por mujeres— pero, progresivamente, a partir del siglo V, la costumbre fue cediendo la presidencia de la misa a un ministro profesional, de modo que el ministerio sacerdotal empezó a crecer sobre la estructura socio-administrativa que se denomina a sí misma sucesora de los apóstoles —pero que no se basa en la apostolicidad evangélica— en lugar de hacerlo a partir del acto sacramental básico (la eucaristía).
A pesar de todo, durante el primer milenio aún se mantuvo vigente el principio enunciado por san León Magno: «El que ha de presidir a todos, debe ser elegido por todos», es decir, que sólo la comunidad tenía potestad para elegir y/o deponer a sus líderes religiosos. En los días de san Cipriano de Cartago era comúnmente aceptado que cada comunidad cristiana tenía potestad por derecho divino para elegir a sus propios ministros y, en caso de que se comportaran de manera indigna, también estaban facultados para expulsarles, incluyendo a los mismísimos obispos.
Esta concepción que la primitiva Iglesia cristiana tenía de sí misma —ser «una comunidad de Jesús»— fue ampliamente ratificada durante los siglos siguientes. Así, por ejemplo, resulta fundamental recordar el canon sexto del concilio de Calcedonia (451) que fue bien claro al estipular que «nadie puede ser ordenado de manera absoluta —apolelymenos— ni sacerdote, ni diácono (...) si no se le ha asignado claramente una comunidad local». Eso significaba que cada comunidad cristiana elegía a uno de sus miembros para ejercer como pastor y sólo entonces podía ser ratificado oficialmente median-te la ordenación e imposición de manos; lo contrario, que un sacerdote les viniese impuesto desde el poder institucional como mediador sacro, resultaba absolutamente herético (un sello que, estricto sensu, debe ser aplicado hoy a las fábricas de curas que son los seminarios). En esos días el centro de la Iglesia aún estaba en la comunidad de fieles, pero a partir de los siglos XI y XII los creyentes quedaron absolutamente relegados. El papa Gregorio VII (1073-1085), influido por su pasado como monje de Cluny, reservó el nombramiento de I obispos al Papa y el de sacerdotes a los obispos.            
En el concilio III de Letrán (1179) —que también puso los cimientos de la Inquisición— el papa Alejandro III forzó una interpretación restringida del canon sexto de Calcedonia y cambió el original titulus ecclesiae —nadie puede ser ordenado si no es para una Iglesia concreta que así lo demande previamente— por el beneficium —nadie puede ser ordenado sin un beneficio (salario gestionado por la propia Iglesia) que garantice su sustento—. Con este paso, la Iglesia católica traicionó absolutamente el Evangelio y, al priorizar los criterios económicos y jurídicos sobre los teológicos, daba el paso decisivo para asegurarse la exclusividad en el nombramiento, formación y control del clero.
Poco después, en el concilio IV de Letrán (1215), el papa Inocencio III cerró el círculo al decretar que la eucaristía ya no podía ser celebrada por nadie que no fuese «un sacerdote válida y lícitamente ordenado». Habían nacido así los exclusivistas de lo sacro, y eso incidió muy negativamente en la mentalidad eclesial futura que, entre otros despropósitos, cosificó la eucaristía —despojándola de su verdadero sentido simbólico y comunitario, reduciendo a los fieles a ser meros espectadores y consumidores de un acto ritual que les resultaba ajeno— y añadió al sacerdocio una enfermiza —aunque muy útil para el control social— potestad sacro-mágica, que sirvió para enquistar hasta hoy su dominio abusivo sobre las masas de creyentes inmaduros y/o incultos. Otra consecuencia fue que el clero se llenó de vagos deseosos de vivir sin trabajar —ya que eran mantenidos y no debían ganarse el sustento por ellos mismos corno había hecho la gran mayoría de los sacerdotes anteriores— que abocaron a la Iglesia hasta la etapa de corrupción sin igual de los siglos XIV y XV, desencadenante de la Reforma protestante liderada por Lutero.
El famoso concilio de Trento (1545-1563), en su sección 23, refrendó definitivamente esta mistificación del sacerdocio como potestad sagrada, y la llamada escuela francesa de espiritualidad sacerdotal, en el siglo XVII, acabó de crear el concepto de casta del clero actual: sujetos sacros en exclusividad y forzados a vivir segregados del mundo laico. Este movimiento doctrinal, pretendiendo luchar contra los vicios del clero de su época, desarrolló un tipo de vida sacerdotal similar a la monacal (hábitos, horas canónicas, normas de vida estrictas, tonsura, segregación, etc.), e hizo, entre otras cosas, que el celibato del clero pasase a ser considerado como de derecho divino y, por tanto, obligatorio, dando la definitiva vuelta de tuerca al edicto del concilio III de Letrán que lo había considerado una simple medida disciplinar (paso ya muy importante de por sí porque rompía con la tradición dominante en la Iglesia del primer milenio, que tenía al celibato como una opción puramente personal).
El papa Paulo VI, en el concilio Vaticano II, quiso remediar el abuso histórico de la apropiación indebida y exclusiva del sacerdocio por parte del clero, cuando, en la Lumen Gentium, estableció que «todos los bautizados, por la regeneración y unción del Espíritu Santo, son consagrados como casa espiritual y sacerdocio santo. (...) El sacerdocio común de los creyentes y el sacerdocio ministerial o jerárquico, aunque difieren en esencia y no sólo en grado, sin embargo se ordenan el uno al otro, pues uno y otro participan, cada uno a su modo, del único sacerdocio de Cristo».
En síntesis —aunque sea entrar en una clave teológica muy sutil, pero fundamental para todo católico que quiera saber de verdad qué posición ocupa dentro de esta Iglesia autoritaria—, el sacerdocio común (propio de cada bautizado) pertenece a la koinonía o comunión de los fieles, siendo por ello una realidad sustancial, esencial, de la Iglesia de Cristo; mientras que el sacerdocio ministerial, como tal ministerio, pertenece a la diakonía o servicio de la comunidad, no a la esencia de la misma.
En este sentido, el Vaticano II restableció la esencia de que el sacerdocio común, consustancial a cada bautizado, es el fin, mientras que el sacerdocio ministerial es un medio para el común.  El dominio autoritario del sacerdocio ministerial durante el último milenio, tal como le queda claro a cualquier analista, ha sido la base de la tiránica deformación dogmática y estructural de la Iglesia, de la pérdida del sentido eclesial tanto entre el clero como entre los creyentes, y de los intolerables abusos que la institución católica ha ejercido sobre el conjunto de la sociedad en general y sobre el propio clero en particular. Pero tal como salta a la vista, el pontificado de Wojtyla y sus adláteres (Opus Dei y otros grupos altamente reaccionarios) ha luchado a muerte para sepultar de nuevo la realidad que afloró el Vaticano II y ha reinstaurado las falacias trentinas que mantienen todo el poder bajo las sotanas.
En el centro de la Iglesia, contrariamente a lo que marcan los Evangelios, sigue sin estar la figura de Jesús, ya que el puesto central permanece usurpado por el clero (papa, obispos y sacerdotes, cada uno en su respectivo ámbito de reinado eclesial).
La peor cruz de Jesús no fue la de su ejecución por los romanos, ni mucho menos; sin duda le resultaría mucho más trágica y dolorosa la cruz de un clero que tiene la desfachatez de presentarse como continuador de su obra y mediador suyo ante la humanidad.
Justo lo contrario de lo que sucede realmente. Ya a finales del siglo I Clemente distinguía el klerikós del laikós, pero no como dos estratos sociales separados sino como dos funciones dentro de una misma comunidad fraternal; la diferencia radicaba en que los clérigos habían asumido un minis-terio de servicio respecto a los laicos.


viernes, 27 de mayo de 2011

VIERNES CUCHILLERO: JUGANDO AL AMOR

JUGANDO AL AMOR: ADI




Poco a poco dejamos de hablar
no se porque pero esa es la verdad
no se que historias pensabas tu de mi
nada mas lejos de la realidad

Si en algún momento te he hecho llorar
si mis palabras te hacen gritar
si en mis caricias tomas la verdad
con tus silencios no me quieras castigar

Aqui no hay una guerra que ganar
ni un culpable a quien juzgar
nada es facil cuando se trata de dos
siempre jugando al amor
siempre jugando al amor

Aunque en mis ropas huelas a traición
no te imagines cosas que no son
la vida es permanente a Dios
quemando la horas de los dos

Si en algún momento te he hecho llorar
si mis palabras te hacen dudar
nada es facil cuando se trata de dos
siempre jugando al amor
siempre jugando al amor
siempre jugando al amor

domingo, 22 de mayo de 2011

LUZ DEL DOMINGO XVII

Ni «católica» significa «universal» ni el Jesús de los
Evangelios pretendió que su mensaje tuviese ese carácter


Según el Catecismo de la Iglesia, «la palabra "católica" significa "universal" en el sentido de "según la totalidad" o "según la integralidad". La Iglesia es católica en un doble sentido: es católica porque Cristo está presente en ella. "Allí donde está Cristo Jesús, está la Iglesia católica" (san Ignacio de Antioquía, Smyrn. 8,2). (...) Es católica porque ha sido enviada por Cristo en misión a la totalidad del género humano (cf Mt 28,19)».
En primer lugar, si la Iglesia «es católica porque Cristo está presente en ella», ¿cómo deben interpretarse los versículos de Juan en los que el propio Jesús declaró «porque voy al Padre y no me veréis más» (Jn 16,10)? ¿Puede estar presente aquí, en la Iglesia, aquel que se despidió para no ser visto nunca más? Parece obvio que no puede estar presente —en el capítulo 10 rebatiremos extensamente el dogma católico de la «presencia real» de Jesús en la Iglesia— más que en el recuerdo, como sucede con nuestros seres queridos desaparecidos, y ello no supone ningún sello de universalidad.
Por otra parte, si la Iglesia, basándose en Mt 28,19, afirma ser «católica porque ha sido enviada por Cristo en misión a la totalidad del género humano», comete dos atropellos: basarse en un versículo que es una interpolación —éso es un añadido muy posterior al texto de Mateo original—, y, en especial, transformar el mandato de «id, pues; enseñad a todas las gentes...» en el de «id a que todos se asocien en una sola iglesia y crean lo que vosotros les enseñáis»; un comportamiento que parece más definitorio del imperialismo que del universalismo.
La famosa frase «fuera de la Iglesia [católica] no hay salvación», clásica bandera y lanza del proselitismo católico —hoy supuestamente atemperado por aparentes votos de ecumenismo—, ha sido una consecuencia directa de la prepotencia universalista de la Iglesia romana, pero en los Evangelios se proclamó algo bien diferente.
Jesús, según Mc 16,15-16, dijo a sus discípulos: «Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura. El que creyere y fuere bautizado, se salvará, mas el que no creyere se condenará.» El mandato contiene una obligación de ofrecimiento del evangelio o «buena nueva» a todos (id y predicad), pero no presenta ninguna obligación de pertenencia a nada ni a nadie — menos aún a una iglesia que Jesús no instituyó— para poder acceder a la «salvación».
Para Jesús, «el que creyere y fuere bautizado, se salvará», pero el contexto del versículo indica claramente que «creer» se refiere a la buena nueva que él había transmitido personalmente hasta el momento de su ejecución, no a dogmas católicos espurios o a individuos que, en el futuro, se arrogasen legitimidad en la interpretación de su mensaje; el «creer» viene connotado como un proceso experiencial, no como una imposición juridicista (que es el sentido que le ha dado la Iglesia
católica).
Durante los tres primeros siglos no hay un todo y una parte para los cristianos, puesto que dominaba la idea oriental de que no era cuestión de «formar parte» del cristianismo sino de «ser» cristiano; pero a finales del siglo IV, o ya en el V, el sentido jurídico se impuso al experiencial y comenzó a hablarse de «Iglesia Universal», de una entidad concreta que se contraponía al resto, de una parte que ya no era el todo... pero que aspiraba a conquistarlo por la fuerza.
El segundo requisito para salvarse, el ser bautizado, no implicaba más que someterse al ritual clásico de purificación mediante la inmersión en agua; el bautismo era la puerta de entrada a la nueva ekklesía o asamblea del pueblo de Israel reunido ante Dios, de la misma manera que la circuncisión de los varones lo había sido para la ekklesía anterior. Y el bautismo evangélico, evidentemente, no era entonces, ni lo es hoy, ningún patrimonio exclusivo de la Iglesia católica, por muy universal que se proclame.
En realidad, tal como ya comentamos en otro trabajo, el término griego cathós se refiere a la cultura del hombre in-tegral y jamás puede interpretarse, tal como lo ha hecho la Iglesia católica, en el sentido de universalidad de la estructura que se creó a partir del mensaje de Jesús. La palabra catholikós designa a la persona realizada en su profundidad y plenitud humana, a la persona evangélica según las Escrituras; pero ser «católico», de acuerdo a la deformación del término dada por la institución eclesial, no es más que constituirse en un seguidor burocratizado de una estructura humana denominada Iglesia católica y, por ello mismo, al tenerse como referente a una institución en lugar del mensaje de los Evangelios, ser católico designa un comportamiento estrictamente antievangélico.
Jesús, al contrario de lo que hace la Iglesia católica, jamás se arrogó ningún exclusivismo para sí mismo, tal como queda bien patente en el siguiente pasaje: «Díjole Juan: Maestro, hemos visto a uno que en tu nombre echaba los demonios y no es de nuestra compañía; se lo hemos prohibido. Jesús les dijo: No se lo prohibáis, pues ninguno que haga un milagro en mi nombre hablará luego mal de mí. El que no está contra nosotros, está con nosotros» (Mc 9,38-40). Y el mismo texto se reproduce en Lc 9,49-50.
Pero la Iglesia católica hace caso omiso de estos versículos de Marcos y Lucas (que, además, silencia) y se complace en afirmar que «Sólo la identidad divina de la persona de Jesús puede justificar una exigencia tan absoluta como ésta: "El que no está conmigo está contra mí" (Mt 12,30)», empleando la cita para atribuirse la exclusiva de la ortodoxia de la fe cristiana y del camino salvífico. Lo terrible, de nuevo, es que la Iglesia miente a sabiendas haciéndole decir a Jesús aquello que nunca quiso expresar. El versículo de Mateo dice: «El que no está conmigo está contra mí, y el que conmigo no recoge, desparrama» (Mt 12,30), pero estas palabras han sido manipuladas y sacadas de su contexto original para poder darles el significado que interesa a la Iglesia, que es justo el contrario del que afirmó Jesús en ese pasaje. Veamos:
En este relato de Mateo, Jesús es acusado por los fariseos de arrojar los demonios mediante el poder del «príncipe de los demonios», a lo que él contesta: «Y si yo arrojo a los demonios con el poder de Beelzebul, ¿con qué poder los arrojan vuestros hijos? Por eso serán ellos vuestros jueces. Mas si yo arrojo a los demonios con el Espíritu de Dios, entonces es que ha llegado a vosotros el reino de Dios. ¿Pues cómo podrá entrar uno en la casa de un fuerte y arrebatarle sus enseres si no logra primero sujetar al fuerte? Ya entonces podrá saquear su casa. El que no está conmigo está contra mí, y el que conmigo no recoge, desparrama. Por eso os digo: Cualquier pecado o blasfemia les será perdonado a los hombres, pero la blasfemia contra el Espíritu no les será perdonada. Quien hablare contra el Hijo del hombre será perdonado; pero quien hablare contra el Espíritu Santo no será perdonado ni en este siglo ni en el venidero» (Mt 12,27-32).
Con la lectura del pasaje completo cambia radicalmente la interpretación de Mt 12,30, ya que lo que Jesús afirmó es que todo lo que es bueno procede del Espíritu Santo —no de él (Jesús)—, al que él declara estar unido, y que, en consecuencia, quienes no «recogen» con el Espíritu —no con Jesús, que rehusa ponerse como centro de nada— se oponen a Dios —no a él— y «desparraman».
Dado que el Espíritu de Dios no es patrimonio de nadie, la conclusión no es la de que «el que no está conmigo está contra mí», base del exclusivismo de la Iglesia católica, sino justo la contraria, la de que «el que no está contra nosotros, está con nosotros», fuente de la universalidad del mensaje cristiano (y antítesis del universalismo particularista de la Iglesia católica).
Así que, ni «católica» significa «universal» ni el Jesús de los Evangelios pretendió que su mensaje tuviese ningún carácter personalista, exclusivista o de obligada imposición universal. Cuando Jesús, según Juan, afirmó que «la verdad os hará libres», no añadió a continuación, que sepamos, «pero os esclavizará a la voluntad de la Iglesia». La Iglesia católica, resulta obvio, no sigue a Jesús.

viernes, 20 de mayo de 2011

VIERNES CUCHILLERO: DAMA IMAGINARIA

DAMA IMAGINARIA: BAJO SUEÑOS




Cada dia que pienso mas en ti

Pregunte en donde estas tu

Si solo yo te encontrare

Y al final juntos los dos

Por que siento que el sol no hara calor

Si aun estas dentro de mi interior

Pienso que tu formas parte de mi

Y que algun dia yo podre compartir

La ilusion de darte todo este amor

Y al final juntos los dos (ohoho)



Sin tu amor, morire

Sin tu amor

Solo en el mundo estare

Sin tu amor, morire

Sin tu amor

Dama imaginaria morire......(ehehe)

Solamente te veo en mi ilusion
Y el llorar pensando en tu amor
Yo se bien que tu estas cerca de mi
Nuestro amor,jamas morira (ahahaha).....

domingo, 15 de mayo de 2011

LUZ DEL DOMINGO XVI

Jesús jamás instituyó —ni quiso hacerlo— ninguna nueva
religión o Iglesia, ni cristiana ni, menos aún, católica

Según los Evangelios, Jesús sólo citó la palabra «iglesia en dos ocasiones, y en ambas se refería a la comunidad de creyentes, jamás a una institución actual o futura; el equivalente semítico de la palabra ekklesía designa en este caso, al igual que en todo el Antiguo Testamento, la asamblea general del pueblo judío ante Dios, la kahal Yahveh. Pero la Iglesia católica sigue empeñada en mantener la falacia de poner a Cristo como el instaurador de su institución y de preceptos que no son sino necesidades jurídicas y económicas de una determinada estructura social, conformada a golpes de decreto con el paso de los siglos.
Si en algo están de acuerdo todos los expertos actuales e» que la hermenéutica bíblica garantiza absolutamente la tesis de que Jesús no instituyó prácticamente nada, pero, en cualquier caso, se cuidó muy especialmente de no proponer ni un solo modelo específico de Iglesia institucional. A esto debe añadirse que en los textos del Nuevo Testamento, redactados muchos años después de la muerte de Jesús, tampoco se ofrece un solo modelo organizacional sino que se cita una diversidad de posibilidades a la hora de estructurar una comunidad eclesial y sus ministerios sacramentales; de este modo surgieron las evidentes diferencias —y disputas— que se dieron entre los primeros modelos eclesiales que adoptaron los creyentes de Jerusalén, Antioquía, Corinto, Éfeso, Roma, Tesalónica, Colosas, etc.
Hacia la década de los años 60 las iglesias cristianas se habían multiplicado y extendido por todo el Imperio romano, Oriente Próximo y Egipto, pero cada comunidad funcionaba de una manera peculiar y distinta a las otras; en lugares como Roma, por ejemplo, la iglesia no era sino una especie de anexo exterior de la sinagoga donde se encontraban los cristianos para sus sesiones religiosas; estos primeros cristianos, en lo personal, seguían llevando el estilo de vida judío anterior a su conversión, por lo que gozaban de los especiales privilegios que los romanos concedían a los judíos en todo su imperio.
El poder romano todavía no había llegado al punto de ver en los cristianos una religión diferente a la judaica, pero la situación cambió radicalmente cuando Nerón, a mediados de la década, comenzó a perseguir con saña al cristianismo. Poco después, cuando los judíos —que acababan de perder la guerra contra los romanos y de ver destruido el Templo de Jerusalén— se reagruparon en torno a las sinagogas y aumentaron su rigor doctrinal, las relaciones que mantenían con los cristianos se crisparon rápidamente.
En cualquier caso, es muy indicativo el contenido de la Epístola de Santiago —escrita posiblemente entre los años 75 a 80 en círculos judeocristianos que usaron el nombre del ya ejecutado Santiago—, donde se hizo aparecer al cristianismo como una especie de judaismo liberal y, al tiempo, se presentó a las iglesias de la tradición paulina como una degeneración religiosa y se pasó por alto la cristología —el máximo punto de fricción entre judíos y cristianos— con el fin de re-agrupar en la sinagoga cristiana al máximo número posible de judíos desperdigados tras la destrucción del Templo. Se dejó así constancia de que la frontera entre judaismo y cristianismo aún no estaba bien establecida en esos días de grandes tribulaciones para unos y otros. Muchos años después de la crucifixión del mesías, el judaismo seguía aún presente en el corazón del cristianismo.
Puede parecer un absurdo mantener que Jesús no fue cris-tiano, pero éste es uno de los pocos datos que se saben de él con seguridad. Ya citamos, en un capítulo anterior, la opinión del profesor Étienne Trocmé, defendiendo que Jesús no fundó ninguna Iglesia sino que se limitó a intentar agrupar al «pueblo de Israel» bajo un nuevo marco, y las pruebas de ello las encontramos a porrillo a lo largo de todos los Evangelios. Recordemos, por ejemplo, la incuestionable profesión de fe judía que hizo Jesús en Mt 5,17-18, o la instrucción dada a sus apóstoles en el sentido de que se abstuviesen de predicar a los gentiles (no judíos) y se reservasen para «las ovejas perdidas de la casa de Israel» (Mt 10,5-7 y Mt 15,24-26).
Jesús fue un judío, como sus discípulos, y ni tan siquiera pretendió fundar una secta judía más entre las muchas que ya había en su época. El nazareno se esforzó por mejorar la práctica religiosa del judaismo entre su pueblo y ante la perspectiva crucial del inminente advenimiento del «reino de Dios» en la Tierra. Jesús no perdió ni un minuto organizando nada —ni secta, ni Iglesia— porque, tal como expresó con claridad meridiana, estaba convencido de que el mundo, tal como era conocido, iba a llegar a su fin antes de pasar una generación: «En verdad os digo que hay algunos de los que están aquí que no gustarán de la muerte antes que vean el reino de Dios» (Lc 9,27).
Esta creencia en la inminencia del Juicio Final y en el reem-plazo del mundo por el «reino de Dios» era compartida, de hecho, por buena parte de los judíos de esos días, que mantuvieron la vista puesta en ese cercano momento durante gran parte del siglo I. Así, el propio Pablo, en I Cor 10,11, fechó como contemporáneo el final anunciado cuando dijo que «Todas estas cosas les sucedieron a ellos en figura y fueron escritas para amonestarnos a nosotros, para quienes ha llegado el fin de los tiempos»; y Pedro advirtió en I Pe 4,7 que «El fin de todo está cercano. Sed, pues, discretos y sobrios (con vistas) a la oración». Pablo y Pedro, puntales básicos, aunque enfrentados, del cristianismo primitivo, no dudaron de la proximidad del fin, pero muchos de sus correligionarios, al ver pasar los años sin que nada sucediese, comenzaron a impacientarse.
A principios del siglo II, una epístola falsamente atribuida a Pedro intentó frenar el desánimo de los cristianos, provocado por el incumplimiento de la promesa de Jesús de venir de inmediato al mundo para presidir el día del fin —y por la mofa que los incrédulos hacían por ello—, afirmando: «Y ante todo debéis saber cómo en los postreros días vendrán, con sus burlas, escarnecedores, (...) y dicen: "¿Dónde está la promesa de su venida? Porque desde que murieron los padres, todo permanece igual desde el principio de la creación. (...) Carísimos, no se os oculte que delante de Dios un solo día es como mil años, y mil años como un solo día. No retrasa el Señor la promesa, como algunos creen; es que pacientemente os aguarda, no queriendo que nadie perezca, sino que todos vengan a penitencia. Pero vendrá el día del Señor como ladrón, y en él pasarán con estrépito los cielos, y los elementos, abrasados, se disolverán...» (II Pe 3,3-10). Con el descaro usual, este escrito neotestamentario vino a decir que no es que Jesús-Cristo se hubiese olvidado de cumplir su propia profecía sino que, debido a la diferente apreciación del tiempo que se da cuando uno está ante Dios o ante los hombres, había aplazado sine die el final para que, de paso, pudiesen salvarse cuantos más mejor ¡¡¡¿ ?!!!
Tal como sostienen bastantes teólogos e historiadores de las religiones, resulta muy plausible que las primeras comunidades cristianas, al no poder justificar ya más el persistente retraso de la parusía —presencia o advenimiento; la segunda venida de Cristo al mundo para juzgar a los hombres—, desplazasen su punto de mira del futuro al presente y transformasen sus esperanzas escatológicas (acerca del fin, muerte y salvación) en soteriológicas (acerca de la redención), cambiando el rol hasta entonces atribuido a Jesús-Cristo, que requería su presencia física, por otro menos comprometido y que, por ser indemostrable hasta el fin de los tiempos, podía sostenerse con fe ante los incrédulos, eso es que Jesús-Cristo, con su pasión y muerte, redimió, liberó, a todo el género humano.
En todo caso, siendo tan intensa la creencia en la inminencia del Juicio Final y en todo cuanto le debe ir asociado, resulta obvio —y así consta en el Nuevo Testamento— que ni Jesús ni sus apóstoles estaban por la labor de fundar ninguna nueva religión o estrucura organizativa del tipo de una Iglesia, aunque, eso sí, promovieron con todas sus fuerzas el pío agolpamiento del pueblo de Israel en torno a la ekklesía, eso es la asamblea general del pueblo judío ante Dios. ¿De dónde salió, pues, la Iglesia? Puesto que no procede de Jesús ni de sus apóstoles, su origen hay que buscarlo en la evolución de un proceso histórico que desembocó en donde nadie había podido prever.
Dado que la Iglesia católica es el producto de circunstancias históricas y no de una fundación institucional emanada de la voluntad de Jesús —y expresada en el Nuevo Testamento—, a diferencia del resto del cristianismo, ésta antepone la autoridad de su Tradición a la de las Sagradas Escrituras. La justificación para tamaño despropósito la encontramos prolijamente enunciada en la Biblia católica de Nácar-Colunga (pp. 7-8) cuando, entre disquisiciones etéreas, nos dice que:
«La verdad revelada, alma y vida de la Iglesia, antes que en los libros fue escrita en la inteligencia y en el corazón de la misma [de la Iglesia católica]. Allí reside vivificada por el Espíritu Santo, libre de las mutaciones de los tiempos y de la fluctuación de las humanas opiniones. (...) Por eso el sentir de la Iglesia católica, la doctrina de los Padres y Doctores, que son sus portavoces y testigos; la voz del mismo pueblo fiel, unido a sus pastores y formando con ellos el cuerpo social de la Iglesia, son el criterio supremo, según el cual se han juzgado siempre las controversias acerca de los puntos doctrinales, así teóricos como prácticos; y así decretó el Concilio Triden-tino que en la exposición de la Sagrada Escritura, en las cosas de fe y costumbres, a nadie es lícito apartarse del sentir de los Padres y de la Iglesia.»
Lo anterior significa que la Iglesia católica puede interpretar como «negro» aquello que Jesús, sus apóstoles o un texto Sagrado muestran expresamente como «blanco» y que, tal como es su costumbre —según ya hemos demostrado sobradamente hasta este punto—, despreciando la realidad original, impone dogmáticamente su criterio interesado a todos los católicos.
No es nada baladí recordar que los cristianos de las primeras generaciones eran judíos de lengua semítica y que, tres siglos después, en el concilio de Nicea, verdadero origen del catolicismo, los obispos ya sólo hablaban griego y un poco de latín. La anécdota habla por sí sola si conocemos que el contexto sociocultural hebreo estaba en las antípodas del helénico, razón por la cual el cristianismo que elaboraron los gentiles y judíos helenizados se apartó en casi todo lo fundamental del judeo-cristianismo que, desde Jerusalén, de la mano de Santiago, el hermano de Jesús, y del apóstol Pedro, intentó propagar el mensaje del nazareno tras su ejecución. Ganaron los griegos y, como ya hemos dejado sentado, el mito de Jesús alcanzó cotas insospechadas al fundir en su crisol las creencias paganas más ilustres.
Puesto que no cabe aquí entrar en detalles sobre el interesantísimo —y, con frecuencia, poco honorable— proceso sociopolítico que condujo a la formación de la Iglesia católica y la dotó de un poder sin igual, sí mencionaremos, al menos, las tres fases de una secuencia histórica que llevó desde el judeo-cristianismo de Jerusalén hasta el catolicismo romano.
La primera fase, que podemos situar entre los años 30 o 36 a 125, fue de expansión y llevó a la progresiva separación entre cristianismo y judaismo. La segunda fase, entre los años 125 a 250, vio cómo la pequeña secta judeocristiana fue transformándose en una Iglesia relativamente numerosa, formada por masas incultas y profundamente mediocres que a menudo mezclaban la base cristiana con los restos paganos de un helenismo en declive; es la época de las grandes herejías (gnosticismo, marcionismo, montañismo, etc.), de apologistas como Orígenes y Clemente de Alejandría, y del nacimiento de la ortodoxia.
Durante la tercera fase, entre los años 250 al 325, la Iglesia estuvo básicamente ocupada en definir sus relaciones con el poder, ya le fuera contrario o favorable, y se produjo una involuntaria transformación del cristianismo en un factor político de primer orden. Las grandes persecuciones romanas para erradicar el cristianismo del Imperio, que comenzaron en el año 249, no sólo no lograron su propósito sino que, a partir del 310, con la llegada de la pax de Constantino, este emperador emprendió el embargo del aparato eclesiástico por parte del Estado.
«Hacia el 300, la delantera que las Iglesias de Oriente, sobre todo las de Egipto, Siria y Asia Menor, sacaban a las Iglesias de Occidente, excepción hecha de las de África del Norte, continuaba siendo considerable. Mientras en Occidente los cristianos estaban aún muy claramente en minoría, en algunos lugares de Oriente eran mayoría, y en los demás constituían minorías considerables, cuyo peso social y político tenía un carácter determinante. Por lo demás, el cristianismo continuaba siendo un fenómeno principalmente urbano, a pesar del peso que en algunas Iglesias comenzaban a tener ya los campesinos. Sus adeptos seguían siendo en general de condición modesta, pero la burguesía de las ciudades, cada vez más alejada de los asuntos públicos por el reforzamiento del absolutismo y la preeminencia del ejército, comenzaba ya a volverse hacia el cristianismo. La misma corte imperial y la alta administración se abrían progresivamente al cristianismo. En una palabra, el golpe definitivo que Decio y Valeriano habían pretendido asestar a la nueva religión no había servido absolutamente para nada.
»Cada vez más numerosas, y con adherentes generosos y a veces ricos, las iglesias cristianas de la segunda mitad del siglo ni habían acumulado un cierto capital y disponían de rentas considerables, que distribuían de manera generosa entre los miembros necesitados de su comunidad. Después del 260 obtuvieron la devolución de los bienes inmuebles confiscados durante la persecución, y a partir de entonces velaron por la preservación de estos bienes, que necesitaban para asegurar el culto y el mantenimiento de sus ministros y cuyo estatuto legal, a pesar de la tolerancia, continuaba siendo precario. Por consiguiente, las iglesias estaban obligadas a llevarse lo mejor posible con las autoridades, y no tenían ya la magnífica independencia de los siglos I y II, abriendo así las puertas al acercamiento entre la Iglesia y el Estado.»                
El golpe de suerte fundamental para el futuro de las Iglesias cristianas se produjo con el debilitamiento del Imperio romano a partir de la eclosión de la crisis interna que afloró el 1 de mayo del 305 con la abdicación simultánea de Dioclecia-no y Maximiano, hecho que llevó al poder, como augustos, a Constancio Cloro y Galerio. Entre los años 306 y 311 los gobernantes romanos estuvieron tan ocupados peleándose entre sí que no tuvieron tiempo de proseguir la campaña de exterminio contra los cristianos que puso en marcha Diocleciano y, finalmente, en abril del 311, Galerio firmó un edicto concediendo al cristianismo el estatuto, aún restrictivo, de religio licita. Un año después, Constantino, tras someter con  su ejército a Italia y África, ordenó que fueran restituidos a ¡las iglesias todos los bienes confiscados y que se les entregara una contribución del Tesoro imperial.
Pero el emperador Constantino no se limitó a ser generoso. En esos días había una feroz disputa dentro de la Iglesia cristiana del norte de África entre la llamada Iglesia de los santos, dirigida por Mayorino (al que sucedió Donato), y la Iglesia católica, presidida por Mensurio (al que sucedió Ceci-liano). Los primeros, que denominaban traditores a los católicos, les acusaban de colusión con los perseguidores romanos mientras que ellos habían sido resistentes sin tacha (no habían entregado textos sagrados a los romanos, como sí hizo Mensurio, y habían preferido el martirio antes que convertirse en lapsi o apóstatas, tal como hicieron muchos). A partir del 313 ambas facciones, dirigidas ya por Donato y Ceciliano, se volvieron irreconciliables y se produjo la escisión en dos iglesias. Cuando el emperador Constantino entregó cuantiosos bienes a la Iglesia dirigida por Ceciliano hizo mucho más que marginar a la Iglesia de Donato, en realidad se adentró en un ambicioso proyecto político destinado a configurar el ámbito eclesial según sus necesidades personales e imperiales, con lo que transformó para siempre la relación entre las iglesias cristianas y aupó al poder a la católica.                              
Desde un principio, Constantino se arrogó el poder de cuestionar las decisiones conciliares que no convenían a su gobierno y se dotó de la facultad de convocar él mismo, a su antojo, los concilios generales de los obispos. Tamaño insulto y desprecio a la jerarquía católica no levantó, sin embargo, protesta ninguna; la razón hay que buscarla en la generosidad de sus donaciones y en el trato a cuerpo de rey que hacía dispensar a los obispos convocados a sus concilios. De esta manera el emperador compró voluntades, apoyos, decretos conciliares a medida y hasta toda una Iglesia, la católica, cuyos serviciales jerarcas comenzaron a acumular rápidamente poder y riquezas sin límite, el famoso Patrimonium Petri.
Constantino, a partir del 315-316, cristianizó —según la visión católica, claro está— las leyes de su imperio, promoviendo protección para los más desvalidos y, al tiempo, rigorizando el derecho matrimonial (la obsesión del clero católico hasta hoy día); en el año 318 reconoció oficialmente la jurisdicción episcopal; en el 321 autorizó a las iglesias a recibir herencias; en el 320 o 321 declaró festivo el domingo, hasta entonces celebrado como día del Sol —recuérdese todo lo citado acerca de la mítica solar asociada al Jesús-Cristo—; donó a la Iglesia católica grandes fincas y edificios por todo el imperio y ordenó construir decenas de lujosas iglesias que financió con el dinero público, etc.
La interrelación entre Constantino y la Iglesia católica empezó a ser tan íntima que los obispos pronto asumieron atribuciones estatales. Tal como refiere Karlheinz Deschner, «en los juicios, el testimonio de un obispo tenía más fuerza que el de los "ciudadanos distinguidos" (honoratiores) y era inatacable; pero hubo más, los obispados adquirieron jurisdicción propia en causas civiles (audientia episcopalis). Es decir, cualquiera que tuviese un litigio podía dirigirse al obispado, cuya sentencia sería "santa y venerable", según decretó Constantino. El obispo estaba facultado para sentenciar incluso en contra del deseo expreso de una de las partes, y además el fallo era inapelable, limitándose el Estado a la ejecución del mismo con el poder del brazo secular; procede observar aquí hasta qué punto eso es contrario a las enseñanzas de Jesús, adversario de procesos y juramentos de todas clases, quien dijo no haber venido para ser juez de los hombres y que dejó mandado que cuando alguien quisiera quitarle a uno el vestido mediante un pleito, se le regalase también el manto».
Por otra parte, claro está, el emperador no dejó ni un instante de asumir el pleno control de las cuestiones eclesiales. Así, cuando el imperio cristiano empezó a verse sacudido por la disputa suscitada por el arrianismo —que, como ya vimos en el capítulo 6, intentaba evitar la confusión del Dios Padre con el Jesús-Cristo—, Constantino, en sintonía con su consejero eclesiástico, el obispo Osio de Córdoba, al igual que había hecho al convocar el concilio de Arles (314) para zanjar la querella entre católicos y donatistas, hizo reunir a cerca de trescientos obispos, en el año 325, en Nicea (localidad próxima a Nicomedia), para debatir la doctrina de Arrio.          
«A las fórmulas demasiado audaces de Arrio en algunos de sus escritos populares —según expone, con exactitud histórica, discreta ironía y palabras harto amables para la Iglesia, el profesor Étienne Trocmé—, los obispos de todas las tendencias quisieron oponer algo distinto de las profesiones de fe tradicionales, a las que algunos habían creído al principio poder atenerse. El concilio emprendió, pues, la elaboración, sobre la base de la profesión bautismal de Cesárea de Palestina, de un "símbolo" que enunciara la cristología ortodoxa. A los títulos de "Dios de Dios, luz de luz", se añadió en particular el de "consustancial al Padre" (homoousios), que había sido en el pasado la expresión del "monarquianismo" de Sabelio y de todos los que borraban la distinción entre Cristo y su Padre. Esta sorprendente adición, que fue sin duda sugerida por Osio de Córdoba, no fue aceptada sino por la personal insistencia de Constantino, a quien el concilio no podía negar nada.                                                                 
»Cuando llegó la hora de firmar el texto así redactado, el emperador hizo saber que todos los clérigos que se negaran a ello serían inmediatamente desterrados por las autoridades imperiales. Sólo Arrio y sus partidarios egipcios, suficientemente comprometidos, se resistieron a este extraordinario chantaje, teniendo que ponerse en camino inmediatamente hacia las lejanas ciudades de las provincias danubianas. Por mor de la unanimidad, respeto al emperador o simple cobardía, los demás asistentes se vincularon a la decisión, incluso aquellos que consideraban el homoousios como una fórmula herética.
»El concilio se disolvió el 19 de junio del 325, después de un gran banquete ofrecido por Constantino en honor de los obispos asistentes, que causó a éstos honda impresión: algunos de ellos llegaron incluso a preguntarse si no estaban ya en el reino de Dios. El emperador añadió al banquete un discurso exhortando a los obispos a la unidad, a la modestia y al celo misionero, así como regalos para cada uno de ellos y cartas en las que se ordenaba a los funcionarios imperiales distribuir cada año trigo a los pobres y clérigos de las diversas iglesias.
»Los obispos partieron, pues, anonadados, entusiastas y más sumisos que nunca. Constantino los había ganado definitivamente para su causa y podía sentirse satisfecho del resultado obtenido con el concilio. La unidad de las iglesias católicas había tomado por vez primera forma visible y los cismáticos quedaban invitados a asociarse a esta unidad en condiciones humillantes. Las escasas malas personas que habían rechazado la profesión de fe común habían tomado ya el camino del destierro. Todo esto era en gran parte obra suya, lo que le permitía en adelante intervenir de manera directa en los asuntos eclesiásticos para coordinar y reforzar la acción de los obispos.
»Los obispos más perspicaces se dieron cuenta, nada más volver a sus casas, de que al haber cedido tan fácilmente a la imperiosa seducción ejercida por Constantino habían cambiado la libre iniciativa de que anteriormente disponían por la sombra de cooperación con el Estado. De este modo, poco después de la disolución del Concilio, los obispos Eusebio de Nicomedia, Maris de Calcedonia y Teognis de Nicea hicieron saber públicamente que sólo habían firmado la profesión de fe por temor al emperador y que deseaban retractarse. Constantino los expidió sin más a la Galia, exigiendo de las iglesias de Nicomedia y Nicea la elección de nuevos obispos, en lo que fue obedecido sin tardanza. El obispo Teodoro de Laodicea, en Siria, sospechoso de querer imitar a sus tres colegas rebeldes, recibió del emperador una carta brutal en la que lo invitaba a meditar sobre la triste suerte de Eusebio y Teognis, lo que lo hizo contenerse y no levantar la voz. De este modo, a partir del otoño del 325, Constantino comenzó a hacer de policía de la fe en el interior del cuerpo episcopal. Los obispos que comenzaron a asustarse de ello y a comunicarse discretamente sus aprensiones fueron entonces numerosos.
Para la historia quedó el recuerdo vergonzoso de un concilio, el de Nicea, en el que una caterva de obispos cobardes y vendidos a la voluntad arbitraria del emperador Constantino dejaron que éste definiera e impusiera algunos de los dogmas más fundamentales de la Iglesia católica, como son el de la consustancialidad entre Padre e Hijo y el credo trinitario. Constituido en teólogo por la gracia de sí mismo, Constantino diseñó a su antojo lo que los católicos deberían creer por siempre acerca de la persona de Jesús. El Credo que rezan todos los católicos, por tanto, no procede de la inspiración con la que el Espíritu Santo iluminó a los prelados conciliares sino de la nada santa coacción que ejerció el brutal emperador romano sobre hombres que Jesús hubiese despreciado. El ejemplo del nazareno dando la vida por sus ideas debía parecerles una ingenuidad detestable a unos obispos que no dudaron en ahogar su fe y conciencia con tal de poder seguir llenándose la panza.                                                       
Con una jerarquía eclesial tan servil, el emperador Constantino no tuvo el menor problema en utilizar la Iglesia católica a su antojo, sin límite alguno, tanto para forzar la unificación de su imperio bajo una sola religión, como para uso y disfrute de su megalomanía personal, ya que no en balde se refería a sí mismo como «obispo para asuntos exteriores» (episkopos tôn ektos) de la Iglesia; se hizo denominar «salvador designado por Dios» y «enviado del Señor», es decir, apóstol; ordenó que se le rindieran honores como representante de Cristo (vicarios Christi) y que se le diera el trato de «nuestra divinidad» (nostrum numen) junto al sacratissimus que posteriormente ostentarían también algunos emperadores cristianos; mandó tener a su palacio por templo (domus divina) y a su residencia privada por sacrum cubiculum; y, a su muerte, hizo que le enterraran como el decimotercer apóstol. En resumen, Constantino hizo cuanto le convino con la  Iglesia católica y sus creencias, era el amo, y los obispos, a  cambio, callaron, otorgaron... y se enriquecieron mientras.  fortalecían su poder temporal.
El que fuera tenido por la Iglesia católica comp'«caudillo amado de Dios», «obispo de todos, nombrado por Dios» a «ejemplo de vida en el temor de Dios, que ilumina a toda la humanidad», fue en realidad un emperador que frecuentaba las prácticas paganas, cruel y sanguinario, responsable de las masacres de poblaciones enteras, de juegos de circo en los que hacía destrozar a cientos de enemigos por fieras u osos hambrientos, que degolló a su propio hijo Crispo, estranguló a su esposa y asesinó a su suegro y a su cuñado... un auténtico princeps christianus, vamos.
Su madre, que la Iglesia católica convirtió en «Santa Elena», pasó por princesa británica pero en realidad había sido una pagana que trabajó como tabernera (stabularia) en los Balcanes, vivió en concubinato con Constancio Cloro —padre de Constantino, un pagano que comenzó su carrera militar como protector o guardaespaldas imperial— y luego cohabitó en situación de bigamia cuando Constancio se casó con la emperatriz Teodora. La aristocracia romana conocía a Constantino como «el hijo de la concubina» y el mismísimo san Ambrosio escribió que Jesucristo había elevado del fango al trono a santa Elena.
Sin embargo, un hombre tan fascinante, poderoso y malvado como lo fue Constantino no podía morir sin dejarle un guiño cruel a la historia, no podía «ascender a los cielos» (tal como le representaron algunas monedas acuñadas tras su deceso) sin antes mofarse hasta la humillación de los obispos que trató como títeres y de la Iglesia católica que él mismo había puesto a andar; por eso, cuando cayó enfermo, «primero buscó remedio en los baños calientes de Constantinopla, y luego en las reliquias de Luciano, patrono protector del arrianismo y discípulo que fue del propio Arrío. Por último recibió en su finca, Archyrona de Nicomedia, las aguas del bautismo, pese a su deseo de tomarlas a orillas del Jordán como Nuestro Señor.
»En aquel entonces (y hasta el año 400 aproximadamente) era costumbre habitual aplazar el bautismo hasta las últimas, sobre todo entre príncipes responsables de mil batallas y condenas a muerte. Como sugiere Voltaire, "creían haber encontrado la fórmula para vivir como criminales y morir como santos". Después del bautismo, que fue administrado por otro correligionario de Luciano llamado Eusebio, Constantino falleció el 22 de mayo del año 337. Así las cosas, resulta que el primer princeps christianus se despidió de este mundo como "hereje", detalle que origina no pocos problemas para los historiadores "ortodoxos", pero que le fue perdonado incluso por el enemigo más acérrimo del arrianismo en Occidente, san Ambrosio, "teniendo en cuenta que había sido el primer emperador que abrazó la fe y la dejó en herencia a sus sucesores, por lo que le incumbe el más alto mérito [magnum meriti]"».
De la mano de tan meritorio personaje comenzó realmente su andadura la Iglesia católica, transformada en una institución de poder temporal que se arrogó la representación exclusiva y ortodoxa del mensaje de Jesús (según lo recogen los  Evangelios que ella misma eligió y manipuló, pero a los que  nunca ha sido fiel).
     Tal como observó con brillante agudeza Alfred Loisy, especialista en estudios bíblicos e historiador de la religiones: «Cristo predicó el reino de Dios, pero vino la Iglesia.»

sábado, 14 de mayo de 2011

MI OTRO LADO MUSICAL

Cuando tenía 16 las “alas de fuego” tocaron mi vida y desde ahí en adelante me convertí en un ser diferente que dedicaría su vida a escuchar y vivir la furia del rock, y soy un roquero ferviente de mi pasión musical y sigo con mucha afición a todas las bandas que producen esta la mejor música del mundo, he ido ya ha tantos conciertos y festivales, he viajado y sufrido por estar en muchos conciertos, ya algunas veces he tenido mi melena perdida por razones no dignas de contar, y soy un metalhead que cada día aprende y se introduce más y más en el mundo del metal.
Pero antes era otro,  crecí en el hábitat natural del homos batracius, rodeado de todos los géneros musicales que pueden existir y que disfrutan escuchar los simples mortales, pero creo que soy uno de los poquísimos metaleros que habitan en mi prestigiado barrio: la JAI, así que durante todo ese tiempo en el que crecí rodeado de estos géneros musicales era obvio que me iba a volver batracio por asociación y antes de que se me ofreciese la pastillita roja para salir de mi MATRIX escuchaba de todo un poco, pero hubieron ciertas canciones que marcaron mi vida y se quedaron dentro de mí y que ahora como buen metacho no es muy concordante mi asociación con esta línea musical, sin embargo, que chuccha, yo soy un gran metalero sin importar que hay otras canciones que me gustan que no son rock, así que te presento mi repertorio bizarro musical, que debo escuchar solo en mis adentros y que ahora he decidido sacar a la luz, al fin y al cabo, todos tenemos un lado que no solemos mostrar:
CHIQUITITA: ABBA



Esta canción viene desde mi niñez y me la ponían para que deje de joder desde que tenía unos 2 años.

MUCHACHA TRISTE: FANTASMAS DEL CARIBE



Hey tu muchacha triste, ven dame un beso, eso , ahhh jaja sin comentarios.

THE REAL SLIM SHADY: EMINEM



Transición niño-púber rodeado de amigos que empezaban y luego serían hoperos…

ROSAS: LA OREJA DE VAN GOGH



Culpa de una hermana mayor dominante del equipo de sonido y de Joya stéreo

MOSCÚ: 



La plena solo me agrada el ritmo…moscu, moscu, hey….

CLARIDAD: MENUDO



Si si ya sé, soy una verg(oyeeeee), pero que se va a hacer….fue una época difícil (14 years old)

17 AÑOS: SEGUNDO ROSERO (O ROCKERO)



A ver, que levante la mano quien no se ha pegado esta canción al menos una vez en la vida y peor si estaba pluto.

SAHIRO: bueno, estos tipos que vienen a ser los metaleros de San Roque, quizá culpables de mi procreación, tiene no solo unita, sino algunitas que se han quedado grabadas dentro de mi memoria, en especial:
SIEMPRE TE VOY A QUERER



TE ACUERDAS DE MI



MI DESTINO ES COMO EL VIENTO



MI LOCO AMOR



VEN JUNTO A MI LADO



SI ME VAS A ABANDONAR (AUNQUE NO SEA DE LOS MANES)



MI COMPAÑERA



ETC, ETC, ECT.

JEANETTE: esta otrita, es una mujer con una voz angelical y hasta ahora tiene la capacidad de con su música clamarme en los momentos más estresantes, una amiga sólo oía a esta man, ella fue la culpable de hacerme escuchar “OJOS EN EL SOL” y ahí me frego:
OJOS EN EL SOL



FRENTE A FRENTE



CORAZÓN DE POETA



SOY REBELDE



POR QUÉ TE VAS (esta tiene historia etílica….preguntar luego)



HA LLEGADO UN ANGEL: JUAN GABRIEL



La canción es buena, así el man sea un pobre maricón.

Por último, este panita es un gran cantante y no me da vergüenza decir que estas canciones son dignas de escuchar, cáchenle que incluso tiene una con Bunbury:
De RAPHAEL
YO SOY AQUEL



DIGAN LO QUE DIGAN 



COMO YO TE AMO:



Bien, ya he sacado de mis entrañas ese tumorcito musical que me punzaba, ese lado que no concuerda con lo que soy, pero al diablo, no me juzgues, yo escucho lo que quiero y seguiré siendo parte del metal a pesar de todo.... y si piensas burlarte, cualquier cosita ahí donde usted sabe….

viernes, 13 de mayo de 2011

VIERNES CUCHILLERO :AMOR BAJO EL SOL

AMOR BAJO EL SOL: AZTRA



Naciste del viento y hoy se que volver

Es tu gran anhelo regresare
Fecundo mis fuerzas, mi sangre por ti
Se aferra la tierra hay q resistir

El mar enmudece y el canto se va
Extraño tus labios tu brisa habitar
No soporto el grito de quienes se van
Perdiendo la vida no volverás

Eres mi gran fuerza
Mi vida y razón
Camino de gloria fundado en amor
Recuerda aquel cuento que no tiene fin
Eres cuerpo al viento
Razón para poder vivir

Cielo vació como estanque azul
Infinito inmóvil desierto de amor
Me marca el pasado y marcho hacia ti
Enciendo parajes de oscuro vivir

La luna sonríe muy grande al sentir
Q vuelvo en tu nombre nací para ti
La lluvia acaricia tu vientre gentil
Caricia de sangre de amor bajo el sol

Eres mi gran fuerza
Mi vida y razón
Camino de gloria fundado en amor
Recuerda aquel cuento que no tiene fin
Eres cuerpo al viento
Razón para poder vivir

miércoles, 11 de mayo de 2011

FAMILIAR FEST (made in kitu)

En una de tantas bancadas alcohólicas a las que suelo unirme, junto a aquellos grandes sabios conocedores de las artes etílicas y de las costumbres que las acompañan, es decir, con esos panas que asemejan un grupo de albañiles previa fundidita de loza que se dignan a compartir su sabiduría siempre y cuando esta se difunda en un ambiente de cervezas y música bohemia, me han ayudado a sacar a detalle los elementos que debe tener cualquier reunión, “comidita”, baile y más conocida como fiesta “íntima” en familia que por alguna u otra razón tus cuchos deciden dar, y son pues los elementos que no deben faltar para que esta sea de magnitudes épicas y digna de recordar, y son:
Los invitados:
El carácter familiar es pues quien domina en la fiesta, más no significa que vaya a ser puramente familiar, y nunca debe serlo pues sería aburrida, la connotación familiar abarca a todos los amigos de los hijos del dueño de casa y de los anfitriones así como los vecinos y algunos conocidos, pero siempre va a darse que te llegan 20 primos que ni sabías que tienes, con unos cuantos paracaidistas de rigor, y otros cuantos colados que no conoce nadie(anécdota personal) que dicen ser amigos del gordito, por lo que estimando esos parámetros, si en tu familia son 5 personas, tienes al menos dos tíos por cada lado de tu familia y los adultos pasan de  sus 40 años, date la idea de tener entre 50 a 60 personas invadiendo tu morada.
El local:
El éxito de la fiestita en familia es la de destrozar tu casa pues man, nada como el calor de un hogar conocido para la destrucción que se avecina, ya que es esa confianza que genera un lugar familiar para los invitados la que hace que no se vayan luego de cortar el pastel, y es que no importa si tu casa es grande o mediagüita, ya que en familia todos se acomodan, y se baila hasta en la cocina (otra anécdota personal), solo hay que guardar lo que se ha de romper por algún tipo borracho, y tener vías libres a los baños para las emergencias que ya te contaré.
La hora:
Esto puede ser relativo dependiendo del motivo de la fiesta, por un lado empezar temprano te da más tiempo para disfrutar, es bien sabido que por la noche es donde se saca la madre al piso, se pone alta la música y se pasa mejor, personalmente y en función a mi experiencia, una fiesta que empieza a las 4 o 5 de la tarde, termina más que bien.
El guaro:
Forma parte esencial de la fiesta (un 40%), si bien al principio no es muy aceptado por todos y si vos empiezas a tomar tu mamá te queda viendo con mala cara, es verdad de que luego el éxito de la fiesta depende de la continuidad del mismo, no hay una regla para este, trago es trago y bendito sea, pero es bueno empezar con tragos suaves y con sabor: su cualquier zhumir, o mejor esos preparados con puntas de sabores, luego con el transcurso de la fiesta puedes brindar algo más fuerte: ron y  whisky son excelentes, ahora también piensa que puede ser muy costoso tanto trago bueno, por lo que preparar una sola especie de trago que sea de buen sabor y abundante puede ser la mejor opción, pero no por abaratar vas a brindar sólo puntas de Calacalí porque la gente no toma y las que sí se hacen leña a las 10 de la noche, y aunque es regla común de cualquier borracho en forma no mezclar alcoholes para rendir en la fiesta, al final todo va al mismo hueco, así que todo trago es bienvenido, así que si tienes mucha variedad, la solución es varias jarras y varios servidores (explicación más abajo).
Eso sí, no dejes tu fiesta sin alcohol o esta fracasa, no más cáchale que chuchito convirtió agua en vino para seguir chupando en una boda.
La música:
Siempre hay algo de relleno en la fiesta, que se yo algún brindis y una pequeña conversación, pero luego de eso nadie sabe que mierda hacer, para eso es la música, para que hagan algo, y en este tipo de fiesta no hay una regla a seguir, pero en general hay dos estilos: la música para los jóvenes, y la música para mayores. Es común, y antes de que ya haya campeones ebrios, que los jóvenes son los que dominan la sala convertida en pista de baile, pero no se confundan, que con el paso del tiempo y con las bebidas que van y vienen las situaciones jocosas donde tus tíos salen a bailar con las doñas, y bailan reguetton como si fuese pasacalle no se evitarán, sin embargo cuando entra la tanda de música de cuchitos la sala se llena de toda la camada setentera y dominante, de los que pagan la fiesta y tus estudios. Y ahí vas a ver como tus tías, las que parecían las más calmaditas han sido unas truchas para bailar y ya te imaginas que en su juventud se pegaban su escapada a los bailes de barrio, un consejo: grabarles para posteriores utilidades.
Y es que la música forma parte de un 60% de la fiesta, y su variación es función del transcurso del tiempo, y acompaña a la fiesta más o menos así:
1er set.- luego del brindis o bienvenida, a tempranas horas de la fiesta cuando aún no han llegado todos los invitados, el primer chirrin de las bocinas, interrumpe el silencio incómodo y todos se miran hasta que alguien se manda a la sala a bailar, en seguida se va llenando la pista de parejas conocidas y también es el momento en que la juventud en éxtasis marca su presencia en la fiesta, es cuando debes caerle a alguna mansita que o no conoces, o medio le cachas y aprovechas para timbrar a la pelada, que si pones empeño a lo largo de la fiesta puede resultar desde un simple bacile hasta ser la elegida. Se dan los primeros riegos de alcohol y este set puede interrumpirse un par de veces para descansos hasta que se da la primera interrupción.

1ª interrupción.- Suele darse por algún cuchito que dice: a ver dj, ya pues ponga algo más bailable (miradas de enojo de los chamos), o también se da por la llegada que siempre es tarde de los jeques del alcohol de la familia, la irrupción de tus primos o tíos borrachos, sí, esos que le dan valor a tu apellido y que hacen que digan cosas como: los cabascango son trago duro. Sí, cuando llegan estos individuos, el asunto da el primer giro, ya que a ellos poco les vale la música, su única intensión es tomar y hacer tomar a la gente, y más aún si es en el set bailable de mayores, estos dos ingredientes juntos dan inicio a las primeras etapas bailable-bebibles, y es donde se generan frases como: ya se hizo verg…, ahora sí. Ahí ya aparecen los primeros servidores (servidor: dícese de aquel pendejo al que le dan una jarra llena de guaro para que reparta a los invitados con un solo vasito, y que por lo común es el primer borracho en la fiesta. Consejo: si ya timbraste tu pelada, aléjate de esa jarra, al menos hasta que el bien mayor se haya cumplido, porque si por shunsho te hacen repartir te vas a chumar y la pelada va a terminar siendo la esposa de tu primo (…otra anécdota personal) ), los servidores se pasean por toda la pista de baile brindando esta ambrosía a los caballeros de la sala ya que todo hombre bebe (obligación) y es optativo para las damas, en cuyo caso el tipo con el que esté bailando bebe doble, ahí se oyen frases como: pero tomará don luchito…., yo tomo pero usted primero, a ver sírvase usted que no le vi…(por eso le chuman al servidor). Y por la pista es común que durante el baile se oiga: qué vivan los novios (así nadie se case), que viva el dueño de casa, que viva el graduado, que viva yo, etc,etc,etc.
Esta fase suele ser extensa y casi no hay pausas musicales, suele haber relevos en las parejas de baile para descansar, aunque el que se sienta por lo general bebe, aquí le sacan la madre a las mujeres ya que bailan hasta que el cuerpo aguante, la sala ya tiene olor a alcohol y humo de cigarro, y los sets musicales varían entre merengues, cumbias, salsa, por ahí le meten un pasacalle y lo que la imaginación del DJ. MARCUS (dj oficial de la familia Ramírez) le permita mezclar, los avances con la pelada que timbraste ya deben superar la barrera de bailar pegado o sino mejor suelta esa presa que no vas a lograr más y dedícate a beber. Esta etapa bella, se suele interrumpir con la atenuación de la música para dar paso al break and food.

Break and food.- esta etapa depende mucho del tipo de fiesta, suele ser un lapso donde se conversa, se agradece, se bromea, se bebe, y es el momento de ir al baño, de salir a tomar aire y comprar tabacos, el momento en el que los adultos se conocen ya que nunca vas a ver a dos cuchitos que no hablen, suelen empezar más o menos con: usted es de los morales de ambatillo…? Y así. Ese es el break, le sigue el food, la hora de manllar, es el momento de reponer energías y hay que comer bien ya que estas reservas son las que determinarán cuanto vas a aguantar, y determinan la diferencia entre borracho amanecido y borracho dormido, todo el mundo sabe que después de comer llega el momento de ahora sí festejar, así que se come a velocidad luz, sin masticar y con apuro, algunitos ya piden fundas y dependiendo del estilo de la fiesta se ve la habilidad de la gente para comer en tarrinas y con cuchara de plástico.
El lado musical de este lapso se ve marcado por el repertorio aburrido, no sé por qué pero en este momento mientras todos comen y se apresuran para volver a darle con todo a la fiesta, te ponen la música más aburrida: es como que el dj tuviese un set solo para la comida, y es un fondo musical que pareciera cantar: que aburrido que estoy, ya quiero bailar con esa man y tal vez cul.. Cuando la mayoría ha terminado y están todos ready for dancing y alguien suele decir: bueno pues, indio comido, indio….(hijueputa), y comienza el 2º set.

2º set.- este set ya no tiene dominio  generacional, se podría llamar un todos contra todos, aquí baila desde el abuelo hasta el guagua bautizado, aquí ya puede haber más de un servidor y varios tipos de tragos rondando la pista, si la pelada que timbraste sigue con vos, es la hora de aplicar 5w2h(averiguar) para obtener éxito, en especial debes marcar territorio, en este set la man baila sólo contigo, no se la prestas a nadie y haces de cuenta que no hay nadie más, el guaro debe trabajar para ti y no en contra tuyo, por cada bebida tuya ella bebe doble, utiliza el famoso gota doble que es simple y efectivo. Volviendo a la música, en este tramo se experimenta la más abierta variedad bailable conocida, y no faltará aquel tío que ya borracho se ponga la corbata en la frente, y quiera bailar regueton e irse hasta abajo, para terminar abajo. Así también joven de mi patria, deberás bailar la joya de la corona, la música que en mi patria no falta en una fiesta, esa música que la ha bailado todo mundo y no lo niegues, desde el pequeño hasta el más grande y es tanta su connotación que se merece su tópico, se trata pues de:

Chicha time.- que levante la mano el ecuatoriano que no lo ha hecho, este set llega sin darse uno cuenta, pero cuando lo notas ya no te puedes escapar, ese ritmo veloz que no bailarías de no ser porque ya estas mareado por el alcohol y todo te parece divertido, te vez de pronto zapateando y coreando cosas como: …déjame lloraaar….. en vida que me quisieras………quechuquechuquechquechullavida….dependiendo del caso algún guaracazo o temas adicionales, este set pasa por la conocida bandita de pueblo que debe ser el momento del baila más asesino que existe, y es que en ese instante saltas tanto chucha que te agotas tanto que tomas alcohol cual jugo de naranja, aquí se forma la ruedita donde todos bailan girando y aplaudiendo y se oye la típica frase que dice: y cómo se goza?.... asíiiii. Y algún metido lleva a dos personas al centro de la misma para bailar, una variante de la ruedita es el gusanito, ojo, aquí otro consejo: si ya estás bien avanzado con la pelada, pero estas medio pluto, agárrale duro ya que en el gusanito puede ser que en algún cruce ni cuenta te das y alguien se la lleva, y tu terminas bailando en una esquina con los borrachos del baile, y la man baila con algún careverga en la otra esquina, y vos le ves desde lejos y tratas de volver pero no te dejan, te chuman y hasta ahí llego el cuento (creo que ya es la tercera anécdota personal). En fin este set puede extenderse mucho, tanto así que hay muchos cambios de pareja, muchos se sientan, otros se cansan hasta que se regresa al estilo musical anterior, pero este set puede repetirse n veces a lo largo de toda la velada.

2º break.- en ocasiones puede darse, es el común momento de partir el pastel y repartir los recuerdos, pararle bola a algún mariachi o cantante de la familia, no dura mucho y puede ser que a veces nunca se dé ya que los dueños de casa están hechos mierda de borrachos.

Hacersevergatime.- ya pasada la media noche esta es la tónica: muchos se despiden ya sea porque viven lejos, por cansancio o porque deben camellar, los que no se pueden ir pero ya no jalan, se acomodan a dormir en cualquier espacio de la casa, por lo común este grupo esta formado por la niñez de la familia y algunas tías o primas aburridas y cansadas, en este momento la música suena al gusto del DJ y si mismo mismo ya no puedes seguir, es hora de dormir, porque los que se quedan tienen la obligación moral de amanecerse y hacer honor a su casta, si aplicaste 5w2h ya debes haber muchado o estar muchando con tu levante, ya que suele ser que ella se va en este momento así que si no lo lograste ya no insistas más, que el resto de la noche será para el señor alcohol y nadie debe interrumpirlo.
Este lapso musical es siempre una aventura nueva que depende de cada fiesta, por lo general hay un lapso donde los cuchos y en especial las doñas sacan a relucir sus dotes de danzarínas, no ha de ser raro viéndoles a ellas bailar música disco recordando buenos tiempos, luego que alguna de ellas se cae y medio se rompe la cabeza, hay un momento en que alguien quiere hacer de stripper, o es el momento de la música romántica para la única pareja que por ahí está bailando y que por lo general se peleó en la fiesta, puede ser, y este es mi caso especial, en el que tus panas saben que vos eres rocker y le dicen al DJ que te ponga alguito, y el DJ como es una lumbrera musical te pone siempre molinos de viento!!!. Conforme pasa el tiempo la música se ha pasado ya por todas sus variantes, hasta que de pronto suena hecho mierda y no sabes por qué, luego notas que ya no suena bien porque el DJ ya está borracho, así que algún comedido o le reemplaza o le pone un CD de la música que matará la fiesta, es hora de que empiece lo memorable con:

Rockola drinking season.- a chupar se ha dicho, y aquí también, no hay gente que al menos una vez no haya bebido con un pasillito, que con algún Segundito Rosero, Noe Morales, Alci Acosta, Carmencita Lara. Este momento es para tomar cual guarapero de San Juan, la última etapa de la noche se ve marcada con los borrachos cantando a todo pulmón, otros en cambio caídos en combate, hay que tener cuidado con los vomitadores y estar listo siempre para arrojarlos a los baños en el momento preciso, y aquí se cumple por lo general un estándar para medir la calidad de la fiesta, en toda buena fiesta hay: comida, música, mujeres y puñetes!!!
Siempre en el grupito de borrachos está el belicoso que se cree chuck norris, que siempre busca bronca, y que suele ser el que aprovecha que la pareja antes mencionada esta peleada para ver si se bacila a la man, para luego cuando venga el dueño a reclamar lo suyo, saltar cual toro al ruedo y empezar la pelea, siempre hay empujones, los panas que les agarran para que no peleen, las mujeres que lloran y que dicen: yaa juan ya no pelees, ya andate a dormir…ya no le den de tomar más, pero que por lo común nunca termina peleando y si se arma la bronca el tipo es el último en pelear, por lo general no se suelen cruzar más de dos golpes, y siempre está el mejor pana que le dice: a ver chucha, a mi pégame pues, y el bronquista dice: no mijo, si con vos no hay bronca, vos me conoces, vos sabes cómo hip soy yo, hip, uta loco, tu eres mi pana, mi brother…buaaa, y así se olvidan de la pelea.
También está el que se acuerda de la chama a las 3 y media de la mañana, le llama a dedicarle alguna canción borracho, obvio la man no le contesta o se enoja, y al pana le coge el sentimiento y se pone a chillar, y ese llanto se cura con más guaro, por otro lado está el tipo que debía trabajar pero no se fue, así que asustado por que ya amanece toma la llave del carro(porque además siempre viene en carro) y quiere irse, y luego de forcejear, de decir: si estoy bien, de convencer a los panas de que si puede manejar logra irse, a los 20 minutos llama a decir que está preso en el retén y que le vayan a ver, o en su defecto se quedó dormido y se chocó.
Puede ser que en este transcurrir del tiempo el DJ se despierta y dice me voy, hasta las 5 no más era, ahí todos se asustan hasta que le dicen no se vaya, una horita más, y el tipo dice: pero le cuesta 20 más!!!. Sin embargo cuando el sol ha salido, y entre los cuerpos caídos de todos tus familiares contrastan con la imagen de tres individuos, entre ellos tú campeón, bebiendo y mandando a traer otra jaba para pasar el chuchaqui es cuando te das cuenta de que la fiesta valió la pena.


P.D.:
Si alguien tiene una fiestita familiar en proyecto, invitará que ya buen tiempo ha pasado desde mi última fiesta…

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