Estrenando nuevo cuchitril !!!

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domingo, 29 de mayo de 2011

LUZ DEL DOMINGO XVIII

Jesús prohibió explícitamente el clero profesional... pero la Iglesia católica
hizo del sacerdote un asalariado «diferente al resto de los hombres
y especialmente elegido por Dios»

Los fieles católicos llevan siglos creyendo a pies juntillas la doctrina oficial de la Iglesia que presenta al sacerdote como a un hombre diferente a los demás —y mejor que los laicos—, «especialmente elegido por Dios» a través de su vocación, investido personal y permanentemente de sacro y exclusivo poder para oficiar los ritos y sacramentos, y llamado a ser el único mediador posible entre los humanos y Cristo. Pero esta doctrina, tal como sostienen muchos teólogos, entre ellos José Antonio Carmona, ni es de fe, ni tiene sus orígenes más allá del siglo XIII o finales del XII.
La Iglesia primitiva, tal como aparece en el Nuevo Testamento, no tiene sacerdotes. En ninguna de las listas de carismas y ministerios —Rom 12,6-7; I Cor 12,8-10 o Ef 4,7-11— aparece el sacerdocio; jamás se designa como tales a los responsables de las comunidades y menos aún se mencionan templos o santuarios a los que dichos individuos tuviesen que estar adscritos, así como tampoco se expresan leyes , rituales a cumplir ni liturgias para oficiar. Es justo la imagen opuesta a la consagrada por el sacerdocio del Antiguo Testamento; por eso los evangelistas sólo emplean el concepto de  sacerdote para referirse a los levitas de la tradición veterotes-tamentaria (Mc 1,44; 2,26 y Lc 1,5).
La Epístola a los Hebreos (atribuida tradicionalmente a san Pablo, pero cuya autoría está descartada, siendo Apolo, uno de sus colaboradores, el redactor más probable) es el único texto del Nuevo Testamento donde se aplicó a Cristo el concepto de sacerdote —hiereus—, pero se empleó para significar que el modelo de sacerdocio levítico ya no tenía sentido desde entonces. «Tú [Cristo] eres sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec» (Heb 5,6; 7, 15-19), no según el orden de Aarón. Otros versículos (Heb 5,9-10; 7,21-25) dejaron también sentado que Jesús vino a  abolir el sacerdocio levítico —que era tribal y de casta (personal sacro), dedicado al servicio del templo (higar sacro), para ofrecer sacrificios durante las fiestas religiosas (tiempo sacro)— y a establecer una fraternidad universal que rompiera la línea de poder que separaba lo sacro de lo profano.
No deja de ser trágico —por lo absurdo— que en los seminarios de la Iglesia católica, hasta la década de 1960, se haya justificado la figura del sacerdote, «como hombre separado de los demás», y la necesidad de los ritos en el versículo de Hebreos que dice: «Pues todo pontífice tomado de entre los hombres, en favor de los hombres es instituido para las cosas que miran a Dios, para ofrecer ofrendas y sacrificios por los pecados» (Heb 5,1).                                             
El texto reproducido está definiendo lo que era el sacerdocio judaico y se refiere al sumo sacerdote —no al sacerdote común— identificándolo como «tomado» —eso es «señalado» o «escogido»; no «apartado» o «separado» tal como lo tergiversa la Iglesia— de entre la comunidad humana, que era una forma clara de diferenciarlo del sacerdocio de Cristo «instituido no en virtud del precepto de una ley carnal, sino de un poder de vida indestructible» (Heb 7,16). El capítulo acaba derogando este tipo de sacerdocio cultual y estableciendo el «que no necesita, como los pontífices, ofrecer cada día víctimas (...) pues esto lo hizo una sola vez ofreciéndose a sí mismo» (Heb 7,27). Resulta patético que la Iglesia haya justificado el estatus de su clero y la necesidad de los ritos en un texto en el que se afirma precisamente lo contrario, en el que Jesús los declaró abolidos.
En textos neotestamentarios como el Apocalipsis (Ap 1,6; 5,10; 20,6) o la I Epístola de San Pedro (I Pe 2,5) el concepto de hiereus/sacerdote ya no se aplicó limitándolo a determinados ministros sacros de un culto sino que, por el contrario, se le hizo aparecer de modo claro como una potestad propia de todos los bautizados, eso es de cada uno de los miembros de ekklesía o comunidad de creyentes en Cristo.           
Tal como sostiene el teólogo católico Julio Lois, «Cristo, único sacerdote y mediador, no ha llegado a serlo por ritos externos, ni por ofrecimientos de sacrificios rituales, sino por la fidelidad de su vida. En efecto, fue su vida entera el "sacrificio" agradable al Padre y él mismo el sacerdote que la ofreció.Sacerdote y víctima. Se inaugura así una nueva figura sacerdotal, vinculada al sacrificio situado en un nivel personal, exis-tencial. Las nociones de templo, culto, sacrificio... han de ser seriamente reconsideradas para ser asumidas en la iglesia de Jesús. Al ministro cristiano sólo puede atribuírsele un ministerio sacerdotal, si se conecta con ese único sacerdocio de Cristo, y, por ello, y para evitar riesgos de sacralización o de "rejudaización", si se quiere seguir recurriendo a un léxico sacerdotal, parece más conveniente hablar de "ministerio sacerdotal" que de "sacerdocio ministerial" o "sacerdote" sin más».
El desarrollo histórico del cristianismo, sin embargo, fue dejando progresivamente en el olvido la voluntad de Jesús —recogida en textos del Nuevo Testamento como los citados— hasta pervertirla totalmente. Fue, sin duda, por necesidades de organización y coordinación, que todos los grupos cristianos, desde su origen, tuvieron que contar con algún tipo de organización y con personas —conocidas como «apóstoles», «profetas», «maestros» «pastores», «evangelistas» u otras denominaciones— que asumían un papel principal en las diferentes tareas a realizar.
En toda comunidad —ekklesía— derivada de los apóstoles, eso es de cariz judeocristiano, la presidencia del colectivo la retenía un colegio de presbíteros (según el modelo colegial de las sinagogas judías), pero no tardó en aparecer la figura del obispo o episcopoi —vigilante o supervisor— que, al menos durante la primera época, no fue un cargo con atributos diferentes respecto a los diáconos o administradores (Flp 1,1) y los presbíteros (Tit 1,5-7; Act 20,17 y 28; I Pe 5,1-2) y que, por supuesto, estaba aún muy lejos de parecerse al obispo monárquico en que finalmente se transformaría.
En otras comunidades, como las fundadas por Pablo, eran sus colaboradores —los designados genéricamante como synergountes y opioontes— quienes cuidaban de la marcha y necesidades organizacionales del grupo. De todas formas, en su origen, los cargos eclesiales tenían una connotación de servicio a la comunidad, de estar por debajo de ella y no al revés, tal como sucede desde hace siglos.
«Al lado de estos ministerios fundamentales, las Iglesias del siglo III multiplicaron las funciones más modestas, mediante las cuales un buen número de fieles eran asociados a la vida de la comunidad: lectores, documentados desde el siglo II; subdiáconos; "acólitos", asimilados en Occidente a los subdiáconos; exorcistas; porteros; enterradores; y, en las ciudades importantes, catequistas. Estas funciones diversas no constituían una especie de cursus honorum sacerdotal, como más tarde ocurriría; se trataba más bien de confiar tareas concretas a personas cualificadas que las desempeñaban de manera permanente.»
En los primeros tiempos, sin embargo, la manera en que los creyentes cristianos concebían su relación con los responsables de sus comunidades variaba mucho de un lugar a otro. Así, por ejemplo, a finales del siglo I d.C., Clemente, obispo de Roma, en su I Epístola, tuvo que emplearse a fondo para intentar convencer a los fieles de Corinto no sólo de que no debían prescindir de sus dirigentes sino que, además, era obligación suya el mantenerlos; para sus propósitos, Clemente tuvo que recurrir al modelo de sacerdocio israelita bíblico —el prototipo levítico que Jesús, según el Nuevo Testamento, declaró abolido— para situar en él la raíz desde la que arrancaba la misión y justificación del clero cristiano. Por el contrario, un poco más tarde, hacia el año 110 d.C., otra carta, ésta de Ignacio, obispo de Antioquía, muestra que en aquella iglesia existía el cargo de obispo único y que éste estaba revestido de la máxima autoridad ante la asamblea de fieles y era acreedor de un respeto propio del mismo Dios.         
Desde esos días, sin embargo, fue fortaleciéndose la tendencia a constituir jerarquías eclesiásticas que, hacia finales del siglo II y comienzos del III d.C., acabaron por ser habituales en casi todos lados, estando conformadas por un obispo local y sus respectivos presbíteros o ancianos y diáconos. Los designados por la comunidad para servir en un cargo eclesial eran previamente ordinati a través de una imposición de manos (ordinatio) que les confería el título de ordo.                
El ordo, en realidad, era una institución del Imperio romano—que tenía tres títulos: el ordo senatorum (aplicado a senadores y gobernantes en general), el ordo equitum (usado para los caballeros y notables) y el ordo plebejus (que designaba al pueblo llano, a los plebeyos)— que los responsables cristianos del siglo III d.C. comenzaron a aplicarse a sí mismos para distinguir como ordo a los ministros —que cada vez eran menos minus-ter y más magister— frente al resto de la comunidad, denominada plebs. El concepto de ordo, que equiparaba a los ministros con notables y los situaba por encima de la ekklesía (asamblea de fieles), es absolutamente contrario al espíritu neotestamentario y fue propagado fundamentalmente por san Cipriano (200-258 d.C.), el obispo de Cartago que hizo decapitar Valeriano.
El paso siguiente fue sacralizar a los ministros; para ello, de la mano de san Cipriano, se les comenzó a denominar como "sacerdotes" según el concepto de sacerdocio hebreo del Antiguo Testamento. La consecuencia inmediata fue anular de hecho la revolución social y religiosa que en este aspecto había aportado el Nuevo Testamento y forzar que, en ade4 lante, los sacerdotes cristianos fuesen considerados personas sagradas, consagradas, eso es distintas y separadas del resto de los fieles. En general, el término sacerdote no se aplicó habitualmente a los ministros hasta después del concilio de Nicea (325) y no se impuso mayoritariamente hasta el siglo V; primero se empleó en referencia a los obispos y luego a los presbíteros.                                                                    
Pero tal como ya hemos apuntado, y contrariamente a lo que es creencia general entre la gran mayoría de los católicos, es una evidencia histórica irrefutable la afirmación del dominico y gran teólogo belga Edward Schillebeeckx en el sentido de que «no puede decirse que los obispos, presbíteros y diá-conos han sido instituidos por Cristo. Son una evolución. Es a partir de la segunda mitad del siglo segundo que tenemos el episcopado, el presbiteriado y el diaconado como existen hoy. (...) En los documentos del Vaticano II —ya lo había insinuado el concilio de Trento— no se dice ya que son una institución de Cristo. El concilio de Trento utilizó la expresión por disposición divina, es decir, que habían evolucionado históricamente por la acción de Dios. Trento corrigió la ex-presión por institución divina, prefiriendo la expresión por disposición divina. El Vaticano II ha elegido una tercera expresión: desde antiguo, es decir, desde la antigüedad, porqué de hecho la articulación jerárquica de la Iglesia ha evolucionado siguiendo leyes sociológicas».
Se requiere una desvergüenza formidable para mantener durante veinte siglos que el sacerdocio había sido instituido por Cristo —con el paso intermedio dado en el siglo XVI de considerarlo un «arreglo inspirado por Dios»— y, finalmente, sin sonrojo ninguno, reconocer que no fue más que una mera cuestión administrativa que devino costumbre; una confesión de engaño que, obviamente, pocos han llegado a conocer al margen de los teólogos, ya que la Iglesia católica, ante la masa de fieles, ha seguido arropando a su clero con el sello de la divinidad. En los primeros siglos del cristianismo, la eucaristía, eje litúrgico central de esta fe, podía ser presidida por cualquier varón —y también por mujeres— pero, progresivamente, a partir del siglo V, la costumbre fue cediendo la presidencia de la misa a un ministro profesional, de modo que el ministerio sacerdotal empezó a crecer sobre la estructura socio-administrativa que se denomina a sí misma sucesora de los apóstoles —pero que no se basa en la apostolicidad evangélica— en lugar de hacerlo a partir del acto sacramental básico (la eucaristía).
A pesar de todo, durante el primer milenio aún se mantuvo vigente el principio enunciado por san León Magno: «El que ha de presidir a todos, debe ser elegido por todos», es decir, que sólo la comunidad tenía potestad para elegir y/o deponer a sus líderes religiosos. En los días de san Cipriano de Cartago era comúnmente aceptado que cada comunidad cristiana tenía potestad por derecho divino para elegir a sus propios ministros y, en caso de que se comportaran de manera indigna, también estaban facultados para expulsarles, incluyendo a los mismísimos obispos.
Esta concepción que la primitiva Iglesia cristiana tenía de sí misma —ser «una comunidad de Jesús»— fue ampliamente ratificada durante los siglos siguientes. Así, por ejemplo, resulta fundamental recordar el canon sexto del concilio de Calcedonia (451) que fue bien claro al estipular que «nadie puede ser ordenado de manera absoluta —apolelymenos— ni sacerdote, ni diácono (...) si no se le ha asignado claramente una comunidad local». Eso significaba que cada comunidad cristiana elegía a uno de sus miembros para ejercer como pastor y sólo entonces podía ser ratificado oficialmente median-te la ordenación e imposición de manos; lo contrario, que un sacerdote les viniese impuesto desde el poder institucional como mediador sacro, resultaba absolutamente herético (un sello que, estricto sensu, debe ser aplicado hoy a las fábricas de curas que son los seminarios). En esos días el centro de la Iglesia aún estaba en la comunidad de fieles, pero a partir de los siglos XI y XII los creyentes quedaron absolutamente relegados. El papa Gregorio VII (1073-1085), influido por su pasado como monje de Cluny, reservó el nombramiento de I obispos al Papa y el de sacerdotes a los obispos.            
En el concilio III de Letrán (1179) —que también puso los cimientos de la Inquisición— el papa Alejandro III forzó una interpretación restringida del canon sexto de Calcedonia y cambió el original titulus ecclesiae —nadie puede ser ordenado si no es para una Iglesia concreta que así lo demande previamente— por el beneficium —nadie puede ser ordenado sin un beneficio (salario gestionado por la propia Iglesia) que garantice su sustento—. Con este paso, la Iglesia católica traicionó absolutamente el Evangelio y, al priorizar los criterios económicos y jurídicos sobre los teológicos, daba el paso decisivo para asegurarse la exclusividad en el nombramiento, formación y control del clero.
Poco después, en el concilio IV de Letrán (1215), el papa Inocencio III cerró el círculo al decretar que la eucaristía ya no podía ser celebrada por nadie que no fuese «un sacerdote válida y lícitamente ordenado». Habían nacido así los exclusivistas de lo sacro, y eso incidió muy negativamente en la mentalidad eclesial futura que, entre otros despropósitos, cosificó la eucaristía —despojándola de su verdadero sentido simbólico y comunitario, reduciendo a los fieles a ser meros espectadores y consumidores de un acto ritual que les resultaba ajeno— y añadió al sacerdocio una enfermiza —aunque muy útil para el control social— potestad sacro-mágica, que sirvió para enquistar hasta hoy su dominio abusivo sobre las masas de creyentes inmaduros y/o incultos. Otra consecuencia fue que el clero se llenó de vagos deseosos de vivir sin trabajar —ya que eran mantenidos y no debían ganarse el sustento por ellos mismos corno había hecho la gran mayoría de los sacerdotes anteriores— que abocaron a la Iglesia hasta la etapa de corrupción sin igual de los siglos XIV y XV, desencadenante de la Reforma protestante liderada por Lutero.
El famoso concilio de Trento (1545-1563), en su sección 23, refrendó definitivamente esta mistificación del sacerdocio como potestad sagrada, y la llamada escuela francesa de espiritualidad sacerdotal, en el siglo XVII, acabó de crear el concepto de casta del clero actual: sujetos sacros en exclusividad y forzados a vivir segregados del mundo laico. Este movimiento doctrinal, pretendiendo luchar contra los vicios del clero de su época, desarrolló un tipo de vida sacerdotal similar a la monacal (hábitos, horas canónicas, normas de vida estrictas, tonsura, segregación, etc.), e hizo, entre otras cosas, que el celibato del clero pasase a ser considerado como de derecho divino y, por tanto, obligatorio, dando la definitiva vuelta de tuerca al edicto del concilio III de Letrán que lo había considerado una simple medida disciplinar (paso ya muy importante de por sí porque rompía con la tradición dominante en la Iglesia del primer milenio, que tenía al celibato como una opción puramente personal).
El papa Paulo VI, en el concilio Vaticano II, quiso remediar el abuso histórico de la apropiación indebida y exclusiva del sacerdocio por parte del clero, cuando, en la Lumen Gentium, estableció que «todos los bautizados, por la regeneración y unción del Espíritu Santo, son consagrados como casa espiritual y sacerdocio santo. (...) El sacerdocio común de los creyentes y el sacerdocio ministerial o jerárquico, aunque difieren en esencia y no sólo en grado, sin embargo se ordenan el uno al otro, pues uno y otro participan, cada uno a su modo, del único sacerdocio de Cristo».
En síntesis —aunque sea entrar en una clave teológica muy sutil, pero fundamental para todo católico que quiera saber de verdad qué posición ocupa dentro de esta Iglesia autoritaria—, el sacerdocio común (propio de cada bautizado) pertenece a la koinonía o comunión de los fieles, siendo por ello una realidad sustancial, esencial, de la Iglesia de Cristo; mientras que el sacerdocio ministerial, como tal ministerio, pertenece a la diakonía o servicio de la comunidad, no a la esencia de la misma.
En este sentido, el Vaticano II restableció la esencia de que el sacerdocio común, consustancial a cada bautizado, es el fin, mientras que el sacerdocio ministerial es un medio para el común.  El dominio autoritario del sacerdocio ministerial durante el último milenio, tal como le queda claro a cualquier analista, ha sido la base de la tiránica deformación dogmática y estructural de la Iglesia, de la pérdida del sentido eclesial tanto entre el clero como entre los creyentes, y de los intolerables abusos que la institución católica ha ejercido sobre el conjunto de la sociedad en general y sobre el propio clero en particular. Pero tal como salta a la vista, el pontificado de Wojtyla y sus adláteres (Opus Dei y otros grupos altamente reaccionarios) ha luchado a muerte para sepultar de nuevo la realidad que afloró el Vaticano II y ha reinstaurado las falacias trentinas que mantienen todo el poder bajo las sotanas.
En el centro de la Iglesia, contrariamente a lo que marcan los Evangelios, sigue sin estar la figura de Jesús, ya que el puesto central permanece usurpado por el clero (papa, obispos y sacerdotes, cada uno en su respectivo ámbito de reinado eclesial).
La peor cruz de Jesús no fue la de su ejecución por los romanos, ni mucho menos; sin duda le resultaría mucho más trágica y dolorosa la cruz de un clero que tiene la desfachatez de presentarse como continuador de su obra y mediador suyo ante la humanidad.
Justo lo contrario de lo que sucede realmente. Ya a finales del siglo I Clemente distinguía el klerikós del laikós, pero no como dos estratos sociales separados sino como dos funciones dentro de una misma comunidad fraternal; la diferencia radicaba en que los clérigos habían asumido un minis-terio de servicio respecto a los laicos.


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